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Portada de la novela La Medalla Perdida

La Medalla Perdida

Tras una visión sobre la muerte de su hermano Mateo, una joven despierta en el pasado para cambiar su destino. El panorama es desolador: la Medalla al Valor de su padre ha sido robada y el corrupto Licenciado Vargas los asfixia con deudas falsas. En medio de la violencia y el desprecio de Vargas hacia su familia, la esperanza surge con el Comandante Rivera, quien interviene cuando el pequeño denuncia las injusticias sufridas contra su legado.
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Capítulo 3

El shock duró solo un instante. La imagen del rostro herido de Mateo, grabada a fuego en su memoria, la sacó de su parálisis. No podía permitirse el lujo de derrumbarse. No ahora. Si la medalla no estaba, alguien la había tomado. Y solo había una persona que se beneficiaría de su desaparición: el Licenciado Vargas.

Se levantó del suelo, su cuerpo todavía temblando, pero sus ojos brillaban con una nueva determinación. El miedo se había transformado en una rabia fría y afilada.

"¡Mati!" , gritó, su voz más firme de lo que se sentía.

Mateo apareció en la puerta, con la cara todavía mojada y una expresión de alarma. "¿Qué pasa, Sofi? ¿Por qué gritaste?"

"Vístete. Rápido. Nos vamos," ordenó ella, mientras se ponía unos jeans viejos y la primera camiseta que encontró. No había tiempo para explicaciones. Cada segundo contaba.

Mateo la miró, la confusión y el miedo comenzando a nublar su inocencia. Ya no era el niño despreocupado de hacía unos minutos. Podía sentir la tensión que emanaba de su hermana, una corriente eléctrica de pánico contenido.

"¿A dónde vamos? ¿Pasó algo malo?" preguntó, su vocecita temblando.

"Te lo explicaré en el camino. Solo haz lo que te digo, por favor," suplicó Sofía, su tono suavizándose un poco al ver su cara asustada. Se arrodilló frente a él y le tomó las manitas. "Confía en mí, ¿sí? Voy a arreglar esto. Voy a protegerte."

La seriedad en sus ojos convenció a Mateo. Asintió, tragando saliva, y corrió a ponerse los zapatos.

Sofía metió la caja de metal vacía en una bolsa de tela. Era una prueba, aunque fuera una prueba patética. Una prueba de lo que le habían robado.

Salieron de la casa a toda prisa. Sofía agarró la mano de Mateo con fuerza, casi arrastrándolo por las calles polvorientas de su colonia. No se atrevió a mirar hacia la esquina donde había visto a los hombres, pero sentía sus ojos clavados en su espalda.

"Vamos a la oficina del Licenciado Vargas," dijo finalmente, respondiendo a la pregunta no formulada de Mateo. "Necesito recuperar algo que nos pertenece. Algo muy importante de papá."

"¿El Licenciado Vargas? ¿El que sale en los carteles y regala despensas?" preguntó Mateo. Para él, como para muchos en el barrio, Vargas era una figura casi mítica, un hombre poderoso que prometía progreso.

"Ese mismo," respondió Sofía con amargura.

Llegaron al centro del pueblo, donde se alzaba el palacio municipal. Era un edificio de dos pisos, recién pintado de un blanco brillante que contrastaba con la mugre y el abandono de los edificios circundantes. En la fachada, un enorme cartel con la cara sonriente del Licenciado Vargas prometía "Orden y Progreso" . A Sofía le revolvió el estómago.

Entraron al edificio. El interior era frío, impersonal, con suelos de mármol pulido y un aire acondicionado que les heló la piel. Se dirigieron a la oficina de la presidencia municipal, un lugar al que nunca habían tenido razón para ir.

Una secretaria de mediana edad, con el pelo teñido de un rubio chillón y unas uñas acrílicas larguísimas, los miró por encima de sus gafas. Su expresión era una mezcla de aburrimiento y desdén.

"¿Qué se les ofrece?" preguntó, su voz tan artificial como sus uñas.

"Necesito ver al Licenciado Vargas. Es urgente," dijo Sofía, tratando de mantener la calma.

La secretaria soltó una risita. "El Licenciado está muy ocupado. Tiene una agenda muy apretada. Si quieren una audiencia, tienen que llenar una solicitud y esperar. Puede que en un par de meses los reciba."

"No puedo esperar un par de meses. Es sobre mi casa. Y sobre algo que sus hombres robaron," insistió Sofía, su voz subiendo de volumen.

La mención de "sus hombres" hizo que la expresión de la secretaria se endureciera. "Mire, señorita, no sé de qué me está hablando. Aquí no trabaja ningún ladrón. Y si tiene un problema con su propiedad, vaya a la oficina de catastro."

La conversación había atraído la atención de las pocas personas que esperaban en las sillas de plástico alineadas contra la pared. Un par de ancianas, un hombre con sombrero de campesino. Todos los miraban. Sofía podía sentir sus juicios. Otra chiquilla problemática. Seguramente venía a pedir dinero o a causar problemas.

Los susurros comenzaron, apenas audibles pero cortantes como vidrios rotos.

"Mira a esos… siempre los mismos, pidiendo limosna."

"Seguro se metieron en líos y ahora vienen a llorar."

"La hija del soldado, ¿no? Pobrecitos, pero qué problemáticos son."

Sofía sintió que la cara le ardía. La humillación era un sabor amargo en su boca. Mateo se apretó contra su pierna, escondiendo la cara. Él también podía oírlo. Podía sentir las miradas hostiles.

"No nos vamos a ir hasta que lo veamos," dijo Sofía, plantándose frente al escritorio. Su desesperación la hacía audaz.

La secretaria suspiró con exasperación y levantó el teléfono. "Seguridad, tenemos a una persona alterada en la recepción de presidencia. Sí, una muchachita y un niño. Vengan a sacarlos, por favor."

Sofía y Mateo se convirtieron en el centro de un espectáculo no deseado. Los murmullos se hicieron más fuertes, la hostilidad más palpable. Estaban solos, rodeados por un muro de indiferencia y desprecio, en el mismo lugar que se suponía debía protegerlos. La justicia, se dio cuenta Sofía con una claridad dolorosa, no vivía en ese edificio de mármol frío.

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