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Portada de la novela La Mariposa Rota

La Mariposa Rota

"¿Estás segura, Valeria de unirte al ejército en lugar de ir a la universidad?" , la voz de mi director resonaba, llena de incredulidad. Para mí, la decisión ya estaba tomada, el sacrificio ya se había hecho y no por elección propia. Mi corazón se rompió al ver a Ricardo, mi prometido, entrar con mi hermanastra Camila, suplicándole que retirara mi solicitud. ¿La razón? Mi broche de mariposa, el mismo que Ricardo me regaló por nuestro primer aniversario, lo lucía ahora Camila en su cuello. Tirar mi broche a la basura fue fácil, nada comparado con la indiferencia en sus ojos. Al llegar a casa, la escena se repitió: ellos comiendo, yo relegada al rincón, y luego la bofetada de mi tío al anunciarles que me había inscrito en la academia militar. ¡Querían que trabajara en su taller, lavar su ropa sucia, y usar mi salario para las "medicinas" de Camila! El General Morales, amigo de mi padre, vino a interesarse, pero Camila, con un grito, simuló caerse, acusándome de empujarla. ¡Ella se cortó, a propósito! Me echaron de casa, mis tíos, Ricardo y Camila, la "víctima" en sus brazos. Queme sus recuerdos en una pira, con una amarga liberación. Al verlo, Ricardo me acusó de haber provocado la "depresión" de Camila. ¡Me propuso posponer la boda! Mi tía, con un odio tan visceral que quemaba, me gritó: "¡Nunca serás parte de esta familia! ¡Solo la hija de la desgracia!" Y yo, con una calma que los inquietó, acepté posponer la boda, indefinidamente. No me rendía, me liberaba de una atadura más. "¿Una víbora y un cobarde, verdad?" le dije a Ricardo, sonriendo. A la mañana siguiente, con el corazón roto y la voluntad de hierro, me subí al coche que me llevaría a una nueva vida, dejando atrás una historia de traición y abandono.
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Capítulo 3

Al llegar a la casa que una vez fue su refugio, el olor a carne asada llenó el aire, un aroma festivo que contrastaba brutalmente con el vacío en su estómago y en su alma. En la mesa del comedor, su tía, la madre de Ricardo, servía platos abundantes para él y para Camila, quien ya se había recuperado milagrosamente de su crisis de llanto y ahora sonreía, aceptando un trozo de pastel de chocolate de manos de la tía. Para Valeria, en el extremo de la mesa, solo había un plato con arroz frío y unas cuantas verduras sobrantes del día anterior. Era una rutina, una forma silenciosa y cruel de recordarle su lugar en esa familia.

"Valeria, ven aquí," la llamó su tía con una voz falsamente dulce después de la cena, mientras recogía los platos.

Valeria se acercó a la sala, donde su tío, Ricardo y Camila ya estaban sentados, como un tribunal listo para dictar sentencia.

"Tu primo necesita que lo ayudes en el taller, la temporada alta se acerca y no puede contratar a nadie más, así que dejarás esas tontas ideas de la academia y te pondrás a trabajar para apoyar a la familia."

No era una petición, era una orden, una cadena más para atarla a ese lugar. El taller era un trabajo agotador, de sol a sol, mal pagado, un destino que ellos habían decidido para ella sin consultarle.

"Me inscribí en la Academia Militar," dijo Valeria, su voz apenas un susurro, pero firme.

La bofetada de su tío fue tan rápida y brutal que no tuvo tiempo de reaccionar, el impacto la hizo tambalearse y el sabor metálico de la sangre llenó su boca.

"¡Insolente! ¿Quién te crees que eres para decidir tu vida? ¡Vivirás bajo mi techo y harás lo que yo te diga! ¡Eres una malagradecida, igual que tu madre!" , gritó él, su rostro rojo de ira.

Valeria se llevó una mano a la mejilla, el ardor era intenso, pero más profundo era el dolor de la humillación. A través de la neblina de sus lágrimas, vio a Camila acurrucarse contra Ricardo, fingiendo estar asustada por la violencia, susurrando palabras de consuelo para él, no para Valeria.

"Pobrecita de mí, todo esto es mi culpa," sollozó Camila, su voz temblorosa, "si no fuera por mi enfermedad del corazón, Valeria no estaría tan resentida y no querría huir de nosotros."

Era una mentira maestra, una que había perfeccionado con los años. La supuesta "enfermedad" de Camila siempre aparecía en los momentos más convenientes, una herramienta para manipular y ganar simpatía, y todos en la familia caían en su trampa una y otra vez.

"No te preocupes, mi amor," dijo la tía, abrazando a Camila con ferocidad, mientras lanzaba una mirada de puro odio a Valeria. "Tú no tienes la culpa de nada, es esta malcriada la que no valora lo que tiene."

Luego, se volvió hacia Valeria, su voz goteando veneno.

"Y para que aprendas a valorar, a partir de mañana, además de ayudar en el taller, lavarás toda la ropa de la casa a mano, incluida la de Camila, y tu primo te dará solo una pequeña parte del sueldo, el resto lo usaremos para comprar las medicinas que Camila necesita por el estrés que le provocas."

La opresión era total, asfixiante, le quitaban su futuro, su dinero, su dignidad. Se sentía atrapada en una red pegajosa de la que no podía escapar. Mientras se retiraba a su pequeña y húmeda habitación en el sótano, la única que le habían asignado, una pequeña chispa de rebelión se encendió en su interior. Ellos creían que la habían quebrado, pero solo la estaban forjando. La fecha de ingreso a la academia estaba a solo unas semanas de distancia, y esa era su única luz, su única vía de escape. Se aferró a esa esperanza como un náufrago a una tabla en medio del océano.

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