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Portada de la novela La Maldición del Zapateado

La Maldición del Zapateado

Triunfar en el Concurso Nacional de Flamenco de Sevilla es una sentencia fatal. Scarlett Hewitt participa con un único fin: vengar a su hermana Sasha, quien murió tras ganar el certamen. Al coronarse vencedora, Scarlett señala al culpable ante las cámaras, pero su madre confiesa inesperadamente los crímenes. Todo empeora cuando el detective Sullivan halla ADN de Scarlett en un cadáver previo. Señalada por la sociedad, ella huye para limpiar su nombre.
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Capítulo 3

Mi cuerpo se movía con una precisión nacida de tres años de obsesión. Cada giro, cada zapateado, cada movimiento de mis brazos no era solo baile, era un grito de guerra. No bailaba para el público ni para los jueces, bailaba para el asesino que sabía que me estaba observando.

Recordaba a Sasha en este mismo escenario. Su pasión, su fuego. Ella creía en la pureza del arte, en la belleza del flamenco. No entendía que este escenario estaba manchado de sangre.

"Ella era demasiado buena para este mundo", me dijo una vez un viejo guitarrista que la conocía. "Tenía un alma que no podía soportar la fealdad".

Quizás tenía razón. Sasha descubrió algo terrible, algo que la rompió por dentro. Su última llamada no fue una advertencia, fue una súplica desesperada. Quería protegerme de la verdad que la había matado.

Pero yo no era como ella. Mi alma no era pura. Estaba llena de rabia y sed de venganza.

Terminé mi actuación con un silencio atronador. El público tardó un segundo en reaccionar, y luego estalló en un aplauso ensordecedor. Los jueces levantaron sus pizarras.

Diez. Diez. Diez. Diez. Diez.

Una puntuación perfecta. La más alta en la historia del concurso.

Gané.

La conmoción se extendió por el teatro como una onda expansiva. La gente me miraba con una mezcla de admiración y horror. Era la nueva campeona, la nueva víctima designada. Podía ver el titular del día siguiente: "La tragedia se repite: Scarlett Hewitt sigue los pasos de su hermana".

No les daría esa satisfacción.

Corrí a mi camerino, cerré la puerta y saqué mi teléfono. Encendí la cámara y comencé una transmisión en vivo. Mi rostro, cubierto de sudor y maquillaje, llenó la pantalla.

"Para todos los que están viendo esto", dije, mi voz firme a pesar de los latidos de mi corazón. "Mi nombre es Scarlett Hewitt, y acabo de ganar el Concurso Nacional de Flamenco".

El número de espectadores se disparó. Miles, luego decenas de miles.

"Saben lo que dicen que viene después. Otro 'suicidio'. Pero les digo ahora mismo, es una mentira. Todas son mentiras".

Sostuve la nota de Sasha frente a la cámara.

"Esta es la nota de suicidio de mi hermana. La policía dice que es auténtica. Pero hay un error. Una palabra. 'Hermanita'. Sasha nunca me llamó así. Esto es una falsificación. Mi hermana no se suicidó. Fue asesinada. Y el asesino ha estado matando a los ganadores durante años".

Los comentarios explotaron en la pantalla. Incredulidad, apoyo, acusaciones.

"Sé que me estás viendo", dije, mirando directamente a la lente. "Sé que vendrás a por mí. Te estoy esperando. Quiero que todo el mundo vea tu cara cuando intentes matarme".

Un ruido sordo detrás de mí.

Me giré.

Una figura alta, vestida completamente de negro con la máscara y el sombrero de "El Zorro", estaba de pie en la sombra. En su mano, un abanico de acero brillaba, sus bordes afilados como cuchillas.

Los comentarios en mi teléfono se volvieron un caos. "¡Detrás de ti!", "¡Cuidado!", "¡Oh, Dios mío!".

La figura se movió hacia mí.

La puerta de mi camerino se abrió de golpe. El Detective Sullivan y varios oficiales irrumpieron en la habitación.

"¡Policía! ¡No se mueva!", gritó Sullivan.

Pero no le apuntaban al enmascarado.

Me apuntaban a mí.

La figura enmascarada se quitó la máscara.

Era mi madre.

"Yo lo hice", dijo Annabel, su voz rota. "Yo los maté a todos. Arréstenme".

Mi mundo se detuvo. La transmisión en vivo se cortó.

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