Portada de la novela La maldición de un mujeriego

La maldición de un mujeriego

9.3 / 10.0
En la fantasy novel La maldición de un mujeriego, Dante huye de un estigma familiar hacia la ciudad. Entre los deseos de una bruja y un manual de psiquiatría, debe elegir su destino en esta modern novel. Descubre si cambiará su vida en esta web novel llena de magia y decisiones críticas.
Resumen de La maldición de un mujeriego
Dante escuda su vida promiscua tras un antiguo estigma de linaje. Tras el rechazo de su gente, llega a la urbe y se reencuentra con Jimena, su amor frustrado, y Patricia, su gran amiga. Esta última, ahora poderosa bruja, le concede tres deseos mágicos. Entre hechizos y las lecciones de un manual psiquiátrico, el protagonista enfrentará una encrucijada vital: transformar su cuestionable conducta o rendirse ante su naturaleza indomable.
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La maldición de un mujeriego Capítulo 1

Durante años confundí el amor propio con el orgullo. Pespunteé un cetro con piedras preciosas y me senté en el trono como rey y señor del universo conocido. La estupidez me impidió comprender que el imperio gobernado solo existía en mi cabeza. Fuera de ella vivían humanos reales, no sometidos a mis designios, afectados por mis continuos despropósitos.

Es este el medio encontrado para pedir perdón. Una carta a la que falta el destinatario porque va dirigida a demasiados nombres olvidados, personas a las que dañé.

—Entonces, señor Muñoz, ¿a qué causa usted atribuye su perversión libidinosa? —La doctora Nambindengue clavó en mi rostro su mirada de águila y dibujó en sus labios una mueca.

Si me hubiese resistido a las súplicas de mi madre y no acudido a la consulta de la psiquiatra, estuviese tomando el sol en la cubierta de mi yate o haciendo una de las mías bajo las sábanas de una linda chica. El llanto de Micaela Rodríguez siempre me ha puesto a llorar. A ella debo todo lo bueno que llevo en el alma. Lo malo lo adquirí gracias a los genes de mi padre y también por medios propios.

Por eso ni me rehusé cuando me arrastró a empujones a la clínica mental. Como un cachorro amaestrado, le obedecí. Opté por comportarme antes de echar más leña al fuego y empeorar el ambiente en casa.

Le tiré un S.O.S. con la mirada, apreté los puños, le rocé la pantorrilla con la puntera del zapato e intenté comunicarme con el pensamiento: «Dante, llamando a Micaela. ¡Madre, responde! Dante, llamando a Micaela. Inventa que el fantasma de la abuela te ha revelado la ubicación de un tesoro, o que Donald Trump te ha propuesto matrimonio, o di que nos largamos porque nos da la gana; pero, por favor, haz que esto termine». A nosotros nos ligaba un nexo sentimental más fuerte que las doctrinas del Bloque Feminista. ¿O no?

El ruego chocó contra un imperturbable rostro de cera. Aquella extraña que clavaba en mí una mirada aterradora no era la amorosa mujer que se había desenvuelto como madre y padre en mi crianza, sino un androide reprogramado.

—Más cuidado con mis piernas, Dante. Te comportas igual que un crío.

Su fría respuesta asesinó mis esperanzas. Ya fuese por el influjo hipnótico que ejercía en su cerebro un sitio macabro o por la antipatía que produce un mujeriego en los cromosomas XX, mi única seguidora se había mudado al bando de la comecocos Nambindengue.

Siempre supuse que un personaje con tal clase de nombre debería ser de armas tomar. Sin embargo, nunca esperé que fuese un ella y no un él. A una mujer le era mucho más engorrosa la comprensión de mis… llamémosle preferencias sexuales y así no suena tan mal. Ellas se encasquetan el traje de mosqueteras y gritan: «Una para todas y todas para una» antes de que un hombre tenga la oportunidad de defenderse. 

Luego de que, con una mirada, me aplastó como un animal en peligro de extinción bajo el talón del zapato; la voz se me acuarteló dentro de la boca. Cuanto lograba decir se resumía en un par de suspiros. Créanme que hubiese preferido morir por causas violentas. Es mejor ser enterrado vivo a padecer crueles tormentos. 

—¿Usted podrá dar respuesta a mi interrogante? —emitió un alarido cargado de furia irrefrenable.

Era la cuarta vez que escuchaba la misma letanía. Mi coeficiente intelectual nunca ha sido elevado. He sobrevivido gracias al trabajo de mis manos y no al esfuerzo de mi cerebro. ¿Cómo iba a contestarle si siquiera tenía idea de lo que ella hablaba? Para hacerlo debía buscar en Google el significado de tanto blablablá. «Perversión libidinosa» me sonaba a frase sacada de un diccionario de esperanto.

Ahora me doy cuenta de que debí pedir permiso para ir al baño. Además de ganar algunos minutos de libertad, hubiese consultado el Internet. Una sabionda explicación dejaría a la bruja con la boca abierta. 

Lo que podría haber sido, nunca sucedió. No es lo mismo pensar en frío que hacerlo con la sangre caliente y la piel de gallina.

—Y bien, señor Muñoz, ¿responderá o pasamos a un punto que le haga sentir cómodo?

A través de sus gestos y comentarios se notaba la clara aversión hacia mí. La situación era espeluznante y amenazaba con ponerse peor.

—Un momento, por favor. ¿Formularía su interrogante de otra manera?

Humedecí mis labios con el borde de la lengua y suspiré a pulmón lleno. El aire me salió hasta por los ojos.

La doctora esbozó la mueca de oreja a oreja. Si antes de hablar ya le parecía un idiota, después de despegar los labios fui pasado al grupo de los legítimos imbéciles, aquellos que portan el gen de la estupidez en su ADN.

—¿Señor Muñoz?

—Puede llamarme Dante.

Mi nombre en su boca sonaba a abominación, pero escucharle mentar mi apellido era como presenciar el pase de lista en la puerta del infierno. Apreté los puños y bosquejé la sonrisa con que solía conquistar a mi maestra de quinto grado hace medio millón de años.

Mi madre carraspeó y sacó las manos de los bolsillos de su pantalón. Con gusto me hubiese propinado un buen escándalo.

Clavé la mirada en ella y le rogué con ojos de carnero degollado. Descubrimiento funesto: la telepatía no funciona. Al menos, no cuando está de por medio un asunto de faldas. ¡Conexión fallida! Su mente estaba fuera del área de cobertura.

—Haga referencia a algún suceso de su niñez o adolescencia que le haya incitado a transformarse en un depredador furioso. Piense en un motivo capaz de generar sus deseos carnales más violentos y convertirle en un cazador sin escrúpulos, un vicioso del sexo con tendencias libertinas, un ser sin sentimientos que toma los cuerpos de jóvenes indefensas y quebranta sus almas —explicó Nambindengue con una dosis extra de cinismo y siete de amargura.

Los músculos de su rostro se tensaron en una expresión furibunda. El aire se cargó de violencia, de aborrecimiento y de deseos de venganza.

Aunque quise correr en dirección a la puerta, el brazo de Micaela posado en el mío pesaba diez toneladas y me clavaba a la silla. Le había prometido acudir a terapia, y una promesa a una madre siempre ha de ser cumplida. No podía esfumarme y dejar a la doctora con los colmillos afilados y sin probar la sangre de su víctima. Ya que me había ofrecido en sacrificio atado de pies y manos, no me quedaba otra salida que contar los segundos que faltaban para que la sesión se diese por concluida.

—¿No escuchas a la señora? ¡Avancemos! —se quejó Micaela clavándome en los ojos un vistazo rabioso. Era su forma educada de recordarme que, pese a que era mi cuenta bancaria la que pagaba la conversación más cara de la historia de la humanidad, mi actitud le hacía lucir como la madre de un gigantesco imbécil—. Llevas cerca de diez minutos callado. ¿Acaso no sabes que el tiempo es oro?

¡A mí me lo iba a decir! Fui yo quien se dejó los riñones en la carretera para pagar el cheque de Nambindengue y financiar mi sentencia de muerte.

Podría haberle sostenido la mirada y rogar una vez más, pero no valía la pena alimentarme con falsas esperanzas. Si iba a ser descuerado vivo, mantendría la dignidad.

Mi cabeza se tornó demasiado pesada. Las paredes se me acercaron y giraron en un frenesí desordenado. Poco a poco, sombras grises nublaron mis ojos. Apenas podía respirar.

Puse a funcionar mis diminutas neuronas. Cuando estaban en apuros se pasmaban. Pero, por más que lo intenté, no encontré una respuesta que satisficiera la curiosidad de la doctora y me hiciese quedar bien parado.

Según mi madre, mi debilidad por el sexo femenino había sido una herencia recibida de la familia de papá. Él, a su vez, lo atribuyó a un período prolongado de lactancia materna. Acorde a mi antigua maestra de la catequesis, se debía a las largas piernas rasuradas de mi profesora de preescolar. Mientras los pueblerinos de Calabazas se gastaban el tiempo en discusiones y el cura de la parroquia se volvía loco buscando una explicación coherente, yo tenía clara la génesis del asunto; pero me daba vergüenza confesarla.

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Tabla de contenidos de La maldición de un mujeriego

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