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Portada de la novela La magnate

La magnate

Conocida por su carácter implacable, la poderosa empresaria Hariella Hansen ve su mundo transformarse tras un encuentro fortuito. En un ascensor, coincide con Hermes Darner, un joven de origen humilde que la confunde con otra candidata al empleo que él busca. Este error da pie a un romance intenso y apasionado entre ambos. No obstante, su vínculo se verá acechado por una trama de mentiras y traiciones que pondrá en jaque el futuro de su relación.
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Capítulo 3

Las puertas se cerraron y dentro del sitio hubo un silencio que pareció ser eterno, mientras que el elevador empezó a subir.

Hermes miraba a Hariella con disimulo por el rabillo del ojo, podía verle la piel blanca, libre de manchas y el cabello rubio le parecía brillar como si fueran mechones de oro. Ella era tan hermosa y elegante. Jamás en su vida podría llegar a estar con alguien como ella, mucho menos con su introvertida personalidad que no lo ayudaban demasiado.

Hariella recibió un portafolio de parte de Lena y se puso a verlos. Hermes se percató y con eso había encontrado una excusa para romper el hielo.

—¿Se presentará a la entrevista, para la vacante de finanzas? —preguntó Hermes, mirando hacia el frente en la pantalla donde iban apareciendo diferentes números.

Lena arrugó el entrecejo y tragó un poco de saliva; sabía que a Hariella no le gustaba ser interrumpida y menos que le dirigieran la palabra sin que ella otorgara el permiso para hacerlo. Se quedó atónita mirando a su señora.

Hariella notó la mirada fija de su secretaria y alzó su mano izquierda, en señal para que no hiciera nada.

—Tal vez —dijo Hariella, sin ningún interés, mientras seguía viendo los papeles.

Hariella creyó que era un tonto. Aunque todos los hombres lo eran. Ese chico que, era un criminal de la moda, no podía lucir más nerd. Exhaló con disimulo para no descargar su rabia, solo por haber abordado el ascensor presidencial, sin saber que era de uso exclusivo para ella y, en menor medida, de Lena.

—Entonces, debo pedirle perdón —dijo Hermes, haciendo un gesto de confianza, mientras esbozaba una sonrisa-

Eso hizo que Hariella se confundiera más, no tenía la certeza de si ese hombre en verdad no sabía quién era ella y ahora le pedía perdón de la nada. Quizás era un nuevo plan para acercarse a ella y a su enorme riqueza: fingir que no la conocía. Hariella era fría, de carácter fuerte, calculadora y la mejor en los negocios. Pero a pesar de su dura y estricta personalidad, no aborrecía al amor, pero pareciera que era el amor quien se negara a ella. Los hombres, nada más, se le acercaban por su inmensa fortuna. Eso la había hecho crear un muro de hielo en su corazón y no cualquiera podría derrumbar esa endurecida y gélida pared. Evitaba el contacto con otros hombres y también toda conversación que fuera apartada del mundo de los negocios.

«¿Qué es lo que quieres?», pensó Hariella.

—¿Por qué? —preguntó ella.

—Porque yo me quedaré con el puesto de gerente —dijo Hermes con seguridad y sonrió con satisfacción.

La respuesta fue tan inesperada para Hariella, que había logrado causarle gracia y sus provocativos labios, se movieron solos, haciendo que, por un segundo, se le dibujara una efímera sonrisa en su boca, casi imperceptible al ojo humano. No recordaba la última vez que había sonreído, tantos años y hasta ahora volvía a experimentarlo. Eso la hizo pausar su lectura y levantó el rostro. No había detallado bien al chico, ya que le había doblado los ojos cuando había entrado y, cuando habían estado frente, no lo detalló con tanto esmero. Giró su cuello con ligereza y vio a aquel hombre que le hablaba. Parecía muy joven y las gafas le daban un aura de inocencia e intelectualidad.

Hariella analizó el comportamiento de Hermes, había comenzado la conversación; después de que Lena le hubiera entregado el portafolio, más bien parecía algo improvisado y no planeado, pero tenía que comprobarlo.

—¿Conoces a la presidenta de esta empresa? —interrogó Hariella. Si no se había visto antes, era poco probable que él supiera quien era ella. Iba a comprobarlo.

—No —respondió Hermes con confianza. Era claro que buscaría a la CEO de la empresa donde se iba a postular. Pero de ella no aparecían imágenes en internet, ni una sola, solo del edificio administrativo y otros empleados—. No la conozco. En la red no hay fotografías de ella. Supongo que llegaré a conocerla si trabajo aquí.

Hariella comprobó lo que era obvio. No daba entrevistas ni permitía que su identidad circulara en internet. Había comprado una compañía informática y contratado a los mejores profesionales para eliminación del contenido, en el caso de los Paparazzi. Además, su imagen estaba asegurada y sin su consentimiento, emprendería acciones legales contra ella. Sin mencionar que, tenía una amplia gama de contactos y era benefactora de muchos medios de la prensa. Utilizaban su nombre y era ella quien había aprobado su particular apodo: La magnate. Así que, tuvo una idea que le había parecido interesante.

—Ya veo. —Hariella le pasó la carpeta a Lena y adquirió una postura más relajada—. ¿Y qué piensas de ella?

Hermes cerró sus ojos, inhaló y exhaló el aire con delicadeza, como si la pregunta lo hubiera hecho reflexionar sobre algo importante. Acomodó el cuello de su camisa, abrió sus ojos y volteó su mirada hacia Hariella.

—Ella es mi sueño.

Los párpados de Hariella se ensancharon ante la sorpresa de la respuesta que ese joven le había dado. Ya, en menos de un minuto, la había sorprendido dos veces y eso la inquietaba, y a la vez, le llamaba la atención. “Ella es mi sueño”. ¿Qué significaba eso? Si le había dicho que no la conocía, entonces, ¿cómo una desconocida podría ser su sueño? Cada palabra lo hacía más raro y extraño.

—¿A qué te refieres? —indagó Hariella, queriendo saber la explicación sobre lo que le había respondido.

Hariella también dobló la cabeza hacia Hermes y, por primera vez, sus miradas se encontraron. No le gustaba que nadie le dirigiera la vista, pero las palabras tan devotas de ese chico le otorgarían un pequeño permiso de mirarla directo. Cuando él había entrado. Había doblado la vista.

Hermes vio la piel blanca y las mejillas rosadas de Hariella, el cabello rubio que parecía hebras de seda dorada y los ojos azules, que eran más claros que los de él, como el bello color del extenso cielo.

«Un ángel», pensó Hermes, comparando la belleza de Hariella con la de un ser sobrenatural.

El rostro juvenil y semblante de mujer mayor, le concedían un encanto demasiado poderoso. Hermes no estaba acostumbrado a tratar con tantas muchachas y menos con una que, para él, era demasiado hermosa. Había visto universitarias lindas, pero el ángel que ahora veían sus ojos no tenía comparación alguna.

«Un ángel precioso», se corrigió Hermes en su cabeza.

Hermes sintió un fuerte golpe en su pecho, como si su corazón le hubiera dado un vigoroso puño. Las mejillas se le calentaron, pero a pesar de eso, él no desviaría la mirada, quizás no tendría otra oportunidad similar a esta y él no sería descortés para apartar la vista primero.

Hariella veía a través de las gafas de Herme. Los lentes parecían tornarse de morado y celste. Pero eso no le impedía ver los ojos azules, oscuros, que la observaban de vuelta. El muchacho parecía ser más joven que ella y era más alto, por lo que su cuello estaba inclinado en un ángulo ascendente. La pareció valiente que él no desviara la mirada, así que fue ella quien lo hizo.

—Bueno, creo que lo que yo piense de la presidenta no es relevante para nadie y menos para ella —dijo Hermes—. No la conozco, pero lo que quiero decir, es que quisiera ser como ella. La presidenta es increíble y admirable, por el cargo que ocupa… Una mujer que es capaz de dirigir y liderar una empresa tan grande como esta y lograr que tenga tanto éxito, sin duda, es alguien sorprendente y quizás, ni en mis sueños, podría alcanzarla.

—El nombre de la presidenta ejecutiva y directora general es Hariella Hansen y, estoy segura, de que, escuchar esas palabras, le hubieran agradado —dijo ella, siendo consciente de que él no sabía su identidad, después de haber quedada maravillada con la respuesta del muchacho.

—Sí, su nombre es hermoso —comentó Hermes con emoción—. Altar de Dios o León de Dios. En este caso, Leona, ¿no?

Hariella apretó los labios dado que sabía cuál era el significado de su nombre. Leona, nunca nadie le había dicho eso.

—Tal vez su carácter sea de así de temible e insoportable, como la del felino —dijo ella de manera neutra.

—Tal vez. A ella le quedaría bien —contestó Hermes con complicidad—. Es la gran señora.

—Sí —dijo Hariella—. Bien, pero debo preguntarte: ¿tienes problemas de vista?

—No, no —dijo Hermes con apuro y se quitó los lentes—. Puedo ver bien sin ellos, son antirreflejos para proteger mi vista de las luces del computador, celulares y de las luces ultravioleta.

—¿Puedes prestármelos? —preguntó ella, alzando su brazo derecho.

—Claro, aquí tienes. —Hermes se los entregó y se quedó observándola mientras ella se los colocaba.

Hariella notó el cambio, apenas se los puso. Veía menos opaco y la entrada de luz a sus ojos disminuyó. Volvió entonces la vista hacia Hermes y quedó extrañada. El muchacho parecía haberse hecho más atractivo sin sus gafas. Pero decidió seguir como si nada, no debía demostrar que la había sorprendido.

—¿Qué tal me veo? —preguntó ella, moviendo su cabeza de arriba hacia abajo.

—Mejor que a mí, te ves igual de bonita.

—¿Tú crees? —preguntó ella de forma retórica, sin molestarse por la adulación del chico.

—Por supuesto, a ti te quedaría hermosa cualquier cosa que te coloques —dijo Hermes, comenzando el coqueteo con esa hermosa rubia.

Lena se pellizcó uno de sus cachetes. Esto que pasaba debía ser un sueño, sí, eso era. Entonces, ¿por qué escuchaba el parloteo de su jefa y del despistado muchacho que no era digno de ella? Aunque pocas personas la conocían, no le generaba confianza. Quizás solo fingía y quería atrapar en sus malvadas redes a su señora, eso no lo permitiría.

La puerta del ascensor se abrió, pues ya Hermes había llegado al piso en el que tenía que presentar la entrevista.

—¿No vendrá? Este es el piso de recursos humanos —dijo Hermes, avisando, al ver que ninguna de las dos, había avanzado para bajarse, luego de que Hariella le devolviera los lentes.

—Tenemos que hacer algo primero. Puedes ir tranquilo a tu entrevista —dijo Hariella, mirando con fijeza a Hermes.

—Entonces, que tenga un buen día —dijo Hermes, despidiéndose.

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