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Portada de la novela La madre de mi novia

La madre de mi novia

Helena Hall, una poderosa empresaria editorial divorciada, lleva años centrada en su carrera y alejada del romance. Su estabilidad se tambalea al conocer a Hoel Dalton, el joven universitario que sale con su hija. Aunque el vínculo familiar supone una barrera, la determinación de Hoel por seducirla desencadena una atracción imparable. Tras descubrirse la realidad de su noviazgo, Helena se entrega a una pasión prohibida que la hará redescubrir el deseo.
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Capítulo 2

Helena fue a la puerta de su mansión, sin saber que detrás de ella, el amor estaba por volver a tocar su vida. El destino siempre tiene nuevas sorpresas, incluso cuando creía que ya ha vivido todo lo que había por vivir.

—Buenas tardes, señora Helena —dijo la mujer mayor. Era Raquel Chanel, quien era de su total confianza y se encargaba de los cuidados de la casa—. Hoy ha llegado pronto. ¿Se encuentra bien?

—Nada de qué preocuparse, Raquel —respondió Helena. Caminó hasta la ventana que daba vista hacia la piscina—. ¿Amigos de Rebeca? —preguntó ella, con tranquilidad. Después de todo, a los jóvenes les gustaba divertirse, por lo que no era nada malo recrearse. Además, estaban en la universidad y era saludable escaparse del estrés académico.

—Sí, llegaron sin avisar y comenzaron una especie de fiesta en la piscina —contestó la señora Raquel, con satisfacción. Respetaba a Helena, más como su hija, y a la señorita Rebeca, como su propia nieta. El cariño que les tenía era genuino y sincero—. Les he preparado algunos bocadillos, para que comieran.

—Sí, eso está bien —dijo Helena, con amabilidad. Eran los anfitriones y debían atender a la visita.

—¿Usted desea comer o beber algo?

—Quisiera un té. Pero antes quiero ducharme —dijo Helena, atendiendo a Raquel—. Prepara un baño de espumas, por favor.

—Como usted guste, señora. Enseguida subo a la recámara —dijo la ama de llaves, la señora Chanel, con total sumisión a Helena. Era mayor, pero le gustaba hablar con honoríficos. Aunque Helena había mencionado que no era necesario, debido a la enorme amabilidad y bondad que ella tenía. Era tan buena y cariñosa, que solo se merecía que le pasaran hechos bonitos en la vida. No creía como el exesposo pudo llegar a engañarla- Solo un tono podría llegar a traicionar a una dama, como la era su hermosa niña—. Con su permiso.

Helena volvió a mirar por la ventana.  Frunció el ceño al observar como Rebeca se daba un enérgico beso con un chico rubio de cuerpo deportivo y que parecía ser el mariscal de campo y el chico malo de la universidad. Sin mencionar la manera en que se abrazaban. Estaban dando un espectáculo en público. Los demás ni se inmutaban ante ellos. Recordaba como había sido su preciosa niña, su bebé. Pero en la actualidad ya era una adolescente con mucho atrevimiento que buscaba explorar nuevas experiencias en la vida. Rebeca ya estaba en la edad en la que hacía esas cosas tan sucias y vulgares. Y pensar, que el día de ayer, todavía era su bebé, a la cual cargaba en sus brazos, y Rebeca se pegaba a ella, como si no existieran más personas en el mundo. Mas, ahora no pasaban juntas y hablaban poco. Soltó la cortina de la ventana, pues le resultaba incómodo ver a su propia hija dándose un beso de esas características con un muchacho de esa manera tan enérgica, hasta detalló como jugueteaban con las lenguas. En el matrimonio sería distinto. Ni siquiera ella, a sus cuarenta y cuatro años, había hecho algo como eso. En verdad, la juventud era una época maravillosa, en la que los jóvenes creían que podían devorar al mundo. Se tocó sus labios y se los acarició con la yema de sus dedos. Ya había olvidado lo que sentía dar un beso. Luego sacó su lengua. ¿Por qué la enrollaban con la una con la otra? ¿Eso no resultaba ser asqueroso y sucio? Entonces, ¿por qué lo hacían? ¿Qué era lo que experimentaban, que tanto les gustaba? Si tan solo tuviera a alguien con el que pudiera intentarlo. Abrió sus parpados y negó con la cabeza. Ya había pasado por esa etapa hace mus años. Esos eran asuntos de los adolescentes, no de una mujer realizada que estaba cerca de llegar a los cincuenta. Se sentó un momento en el sofá, para quitarse las zapatillas y quedarse nada más con sus medias veladas, que le cubrían las piernas. Acarició sus pies, para calmar el ligero dolor que tenía. Respiró hondo. Después avanzó por la sala de estar en dirección a la cocina. Al llegar, agarró un vaso de cristal y lo llenó de agua de la dispensadora. Bebió un trago y suspiró agotada. Continúo tomando, de forma exagerada; ni siquiera tenía la sensación de tener sed. Entonces, el celular en su bolsillo vibró y emitió el sonido de notificación. Al salir de la cocina y al estar llegando al sofá, vio el mensaje de su secretaria, mientras caminaba de vuelta a la sala, con cabeza su apuntando ojos enfocados en la pantalla del móvil, perdiendo campo de visión de su alrededor y del panorama del frente. Ya no tenía zapatos, por lo que no emitía ningún ruido al caminar.

Lexi:

Ya he agendado la cita, será mañana mismo.

Helena:

¿Tan pronto?

Lexi:

Sí, cuando escuchó su nombre la ha priorizado.

Helena moldeó una media sonrisa al notar las intenciones de Lexi. Todavía seguía insistiendo en que saliera con su médico personal.

Helena:

No te hagas ilusiones. Podría ser más triste para ti que para mí.

Lexi:

El dotor Damián es un…

Helena no alcanzó a leer el mensaje, cuando el móvil se deslizó en las manos de sus manos al percibir el golpe contra un obstáculo, que le ganaba en peso. Fue como un temblor que estremeció su realidad. Debido a la tensión que le producía su falda al no poder separar bien sus extremidades y sus pies se deslizaron por la tela de las medias, empezó a caer, sosteniendo por acto reflejo, con lo que había chocado. Sus ojos avellana se expandieron en sorpresa y susto al saber que se iba hacia atrás, sin poder hacer nada para evitarlo. Un moderado golpe se oyó en la sala de estar ante los pesos de dos personas. Y, en un instante, yacía de espaldas al suelo, con un extraño que comprimía a su cuerpo. Entonces, al fin, pudo ver el rostro de la persona con la que había tropezado; era uno de los chicos que eran amigos de su hija. Sin embargo, a él no lo había visto cuando se había asomado por la ventana. ¿De dónde había salido? Sin embargo, tenía una expresión seria y las facciones del rostro resultaban ser muy atractivas. Pero, no solo eso, lo cubría un aura de misterio y madurez, que resultaba raro encontrar en un chico de su edad. Salió de sus pensamientos, y sintió como uno de sus pechos, el seno derecho era comprimido con fuerza. Además, en su entrepierna percibía la dura rodilla del chico, que hacía presión contra su blanda humanidad. Aunque, no importaba quién fuera; la posición en que se encontraban era embarazosa y resultaba comprometedora. Cualquiera que los viera, podría llegar a pensar otra cosa fuera de contexto.

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