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Portada de la novela La Madre de los Hijos del Magnate

La Madre de los Hijos del Magnate

Tras la traición de su pareja, Olivia busca consuelo en un desconocido, quedando embarazada. Aunque intenta abortar, el padre aparece para forzar el nacimiento. Al dar a luz, le quitan a su hijo, pero ella escapa con una segunda bebé cuya existencia todos ignoran. Cinco años después de criar a su hija en secreto, el poderoso magnate regresa a su vida, forzándola a encarar el pasado y los secretos que intentó proteger durante su huida.
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Capítulo 3

Cinco años más tarde...

Primer Aeropuerto Internacional de Miami.

Entre la multitud que salía del aeropuerto, un hombre destacaba como si no perteneciera a ese mundo ruidoso y apresurado. Alto, de figura esbelta pero imponente, vestía camisa negra impecable y pantalones a juego. Unas gafas de sol cubrían sus ojos, y su expresión era tan fría como el acero.

Edward Campbell caminaba con paso firme, su sola presencia alejaba a la gente sin necesidad de decir una palabra. Había pasado cinco días en una cumbre de negocios en Asia, y aunque todo había salido según lo planeado, su humor no era el mejor.

Como si pudiera leerlo, su asistente personal, Saúl, se acercó apresuradamente con el equipaje en mano.

-Señor, el pequeño Lucas no ha comido nada en todo el día... ¿Volvemos primero a la mansión? -preguntó con cautela, midiendo cada palabra como si pisara cristales rotos.

Edward se detuvo en seco.

Giró lentamente el rostro hacia él.

-¿Por qué me lo dices hasta ahora?

Su voz era baja, grave. Saúl sintió un escalofrío recorrerle la espalda y sus piernas temblaron.

Todo el personal de la casa Campbell lo sabía: Lucas, el pequeño heredero, era el tesoro más preciado del Sr. Campbell. Lo había criado con obsesiva dedicación, protegiéndolo de absolutamente todo. Incluso él mismo, Edward, se ablandaba cuando hablaba con el niño. Y ahora... estaba en huelga de hambre.

-L-Lo siento señor... como este viaje era por negocios importantes, temí distraerlo, por eso no me puse en contacto... no esperaba que el pequeño Lucas se negara a comer todo el día... -intentó explicar Saúl, con la voz temblorosa.

Edward se quitó las gafas de sol con lentitud.

Sus ojos, inicialmente de un verde claro, comenzaron a tornarse de un verde profundo, como si una tormenta eléctrica se despertara dentro de ellos. La tensión en el ambiente era tan densa que algunos pasajeros a su alrededor se detuvieron por instinto.

Saúl palideció. Estaba seguro de que había perdido su empleo... y posiblemente algo más.

-¿Cuándo te he dado permiso para tomar decisiones en mi nombre? ¿Hm? -Edward apretó los dientes. Su voz, baja pero cargada de amenaza, hizo que más de uno se apartara del pasillo donde estaban.

-Y-Yo... lo siento... -susurró Saúl, agachando la cabeza.

En ese momento, una pequeña bola de chocolate rodó entre la multitud y se detuvo justo frente al zapato de cuero perfectamente pulido de Edward. Él bajó la mirada con el ceño fruncido y se agachó para recogerla. El envoltorio era de un rosa metálico con estrellitas doradas, claramente de un dulce infantil.

Antes de que pudiera levantarse, una vocecita suave rompió la tensión.

-¡Señor, ese es mi chocolate! -gritó una niña que corría hacia él, sus pequeños rizos oscuros moviéndose con cada paso.

Tenía cuatro o cinco años, y aunque no era muy alta, su presencia era radiante. Se detuvo frente a él, con las mejillas sonrojadas y los ojitos brillando con curiosidad. Edward se quedó en cuclillas, observándola con atención.

La niña levantó la cabeza para mirarlo.

Y en ese instante, algo dentro de Edward se detuvo.

Esos ojos.

Esos ojos verdes idénticos a los suyos.

Tenía los ojos grandes y redondos, tan claros.

Brillaban como ágatas bajo el sol del mediodía, con esa transparencia limpia y pura que solo podía encontrarse en la mirada de una niña que aún no conocía la maldad del mundo.

Edward Campbell se quedó paralizado.

Durante un momento, se olvidó del asistente tembloroso a su lado, de su equipaje, del aeropuerto abarrotado y de su propia rabia contenida.

La niña, con la cabeza ligeramente ladeada y los rizos oscuros desordenados por el viento, lo observaba con total naturalidad. No había miedo en su mirada. Solo curiosidad... y una ternura que le hizo dar un salto al corazón.

Era la primera vez que veía a esta pequeña. Estaba completamente seguro.

Y sin embargo...

¿Por qué sentía que ya la conocía?

-Señor -dijo ella con voz suave y clara, alargando su manita diminuta-, si quiere comer el chocolate, tiene que comprarlo usted mismo.

Edward parpadeó, aún en cuclillas, procesando lo que había dicho.

-Solo tengo tres chocolates... -continuó con seriedad infantil-, así que no tengo extras para darte.

Sus palabras eran dulces, suaves, completamente inocentes, pero golpearon algo dentro de él.

Algo que no comprendía.

Algo que nunca le pasaba.

Edward, el hombre más frío y temido de Miami, sintió cómo su expresión se suavizaba sin que pudiera evitarlo. Una sensación cálida le recorrió el pecho, derritiendo su escudo emocional como si aquella niña hubiera encontrado una grieta en su armadura.

¿Qué me pasa? pensó. ¿Por qué... me siento así?

-¿Te gusta esta marca de chocolate? -preguntó él, con voz insólitamente suave, mientras le devolvía la bolita rosa con estrellitas doradas.

Emma Jones asintió con entusiasmo. Sus ojos se iluminaron más aún, y al sonreír, mostró dos pequeños y marcados dientes de tigre que la hacían parecer una pequeña versión de un ángel travieso.

-¡Sí! ¡Me encanta! -exclamó ella-. ¿A ti también te gusta esta marca de chocolate?

Edward se sorprendió al descubrirse sonriendo.

Su asistente, Saúl, que los observaba desde un par de pasos detrás, estaba completamente atónito.

¿El Sr. Campbell... en cuclillas?

¿El Sr. Campbell... hablando suavemente con una niña que no era Lucas?

Eso era simplemente absurdo.

Edward Campbell odiaba a los niños. Excepto por Lucas, nunca se había acercado a ninguno. Ni siquiera los miraba. Pero ahora... parecía estar hipnotizado por esta niña desconocida.

-Puede que sí... -respondió Edward con un suspiro involuntario, sin apartar la vista de su rostro.

Una extraña sensación latía en su pecho. No era dolor. Era algo... más profundo. Algo que se parecía demasiado a un recuerdo escondido.

Los ojos de la niña... eran como los suyos.

Demasiado.

Y eso, en el mundo de Edward Campbell, era una alarma.

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