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Portada de la novela La Madre Abogada, Esfuerzo Para Su Hija

La Madre Abogada, Esfuerzo Para Su Hija

Tras un accidente y mentiras sobre mi salud mental, Ricardo me quitó a nuestra hija, Luna. Al saber que su amante la maltrata, mi angustia se vuelve rabia. Fui una inmigrante despreciada en un matrimonio de interés, pero el odio de mi exmarido ha encendido mi voluntad. No aceptaré su fortuna ni perderé a mi niña. Como abogada tenaz, reconstruiré mi camino y enfrentaré su inmenso poder para rescatar a Luna de ese entorno cruel y recuperar mi vida.
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Capítulo 3

El sonido de la puerta cerrándose fue definitivo, un golpe sordo que sentenció el final de la visita y el principio de una nueva pesadilla. Sofía se quedó paralizada, mirando la madera pulida que ahora la separaba de su hija. La pequeña mano de Luna, extendida hacia ella, estaba grabada a fuego en su mente.

"Mami…"

La palabra resonaba en el silencio, una y otra vez.

Se giró lentamente para enfrentarse a Ricardo. Él ya se estaba ajustando el nudo de la corbata, como si acabara de terminar una reunión de negocios sin importancia. No había ni una pizca de empatía en su rostro.

"¿Por qué?" , susurró Sofía, la voz rota. "¿Por qué le haces esto a ella? ¿A mí?"

Ricardo suspiró, un sonido de pura impaciencia.

"Sofía, no empecemos. Te permití venir por lástima, pero está claro que fue un error. No estás bien. Sigues siendo un problema."

"El problema es esa mujer a la que dejas cuidar de mi hija. ¡Es cruel! ¿No lo ves?"

"Veo a mi amiga de la infancia, una mujer de buena familia, que ha tenido la amabilidad de hacerse cargo de una situación… complicada" , respondió él, con frialdad. "Una situación que tú creaste con tu descuido."

La acusación la golpeó como un puñetazo en el estómago. El accidente. Siempre volvía al accidente. Su memoria era un rompecabezas incompleto, pero sabía, en lo más profundo de su ser, que no había sido su culpa. Sin embargo, Ricardo había tejido una narrativa tan convincente que a veces hasta ella misma dudaba.

"No fue mi culpa" , dijo, aunque sonaba débil incluso para sus propios oídos.

Ricardo se rio, una risa sin humor.

"Claro que no. Nunca es culpa tuya. Eres la víctima perpetua. La pobre inmigrante que salvé de la miseria, la esposa indefensa."

Cada palabra era un dardo envenenado. Y entonces, en medio de su dolor y confusión, algo hizo clic. La forma en que él la miraba, no con amor o decepción, sino con el cálculo frío de un contable revisando una mala inversión. La mención de su origen, de haberla "salvado" .

Todo se aclaró con una certeza brutal y dolorosa.

Nunca había sido amor. Ni siquiera afecto. Había sido una transacción. Él necesitaba una esposa joven, bonita y, sobre todo, manejable, una que viniera sin las complicaciones de una familia poderosa que pudiera desafiarlo. Una inmigrante con un padre enfermo era la candidata perfecta. Ella le daba una imagen de hombre de familia generoso y él le daba estabilidad económica. Un trato. Y ahora, el trato se había estropeado. Ella estaba dañada. Su hija estaba dañada. Ya no eran activos, eran pasivos.

"Fue un negocio para ti, ¿verdad?" , dijo Sofía, su voz extrañamente calmada. "Todo esto. Nuestro matrimonio. Yo."

Ricardo se sorprendió por su repentina lucidez. Dejó de ajustarse la corbata y la miró directamente a los ojos por primera vez.

"No seas ridícula."

"No. Ya no más" , dijo Sofía, sintiendo cómo una nueva fuerza, nacida de la más pura desesperación, recorría sus venas. "Se acabó, Ricardo. Quiero el divorcio."

La palabra colgó en el aire entre ellos. La expresión de Ricardo pasó de la molestia a la furia en un instante.

"¿Tú quieres el divorcio? ¿En qué posición crees que estás para exigir algo? No tienes nada. No eres nadie sin mí."

Justo en ese momento, Valentina volvió a entrar en la habitación, con la misma sonrisa satisfecha.

"Ya está tranquila. Un poco de disciplina es todo lo que necesita" , dijo, dirigiéndose a Ricardo como si Sofía no existiera.

Verla allí, tan arrogante, tan segura de su poder, fue la gota que colmó el vaso. La rabia que había estado hirviendo a fuego lento en el interior de Sofía finalmente explotó. Antes de poder pensarlo, cruzó la habitación y le dio una bofetada a Valentina con toda la fuerza que pudo reunir.

El sonido resonó en la habitación. La cabeza de Valentina se giró bruscamente y una marca roja comenzó a aparecer en su mejilla pálida. Sus ojos se abrieron de par en par, llenos de incredulidad y rabia.

"¡Maldita loca!" , chilló.

Ricardo reaccionó al instante. Agarró a Sofía por los brazos y la apartó bruscamente, empujándola contra la pared. Acunó el rostro de Valentina con una ternura que nunca le había mostrado a ella.

"¿Estás bien, mi amor?" , le susurró a Valentina.

La palabra "amor" fue la confirmación final, la última pieza del rompecabezas. Eran amantes. Todo este tiempo, habían sido amantes. La traición era más profunda y oscura de lo que jamás había imaginado.

Ricardo se volvió hacia Sofía, con los ojos ardiendo de odio.

"Lárgate de mi casa. Ahora. Y no vuelvas a acercarte a mí, a Valentina o a mi hija. ¿Entendido? Voy a llamar a seguridad."

"Es mi hija también" , replicó Sofía, con la voz temblando pero firme.

"Legalmente, quizás. Pero eres una madre incapacitada. Ningún juez te daría la custodia en tu estado. Lo sabes."

Mientras bajaba las escaleras, escoltada por la mirada triunfante de Valentina y la fría indiferencia de Ricardo, se cruzó con Doña Elena, la madre de Ricardo, que subía. La matriarca la miró de arriba abajo con desdén.

"Esperaba más de ti, Sofía. Más gratitud. Más discreción."

Sofía se detuvo. Miró a la mujer mayor, el origen de toda la frialdad y el cálculo de la familia De la Torre.

"Su hijo está destruyendo a mi hija. Y usted no hace nada."

Doña Elena se encogió de hombros, un gesto elegante y cruel.

"Ricardo sabe lo que hace. Siempre lo ha sabido. Tú solo eras una solución temporal a un problema. El problema es que las soluciones temporales a veces se vuelven permanentes."

Con esas palabras, Doña Elena continuó su camino escaleras arriba, sin mirar atrás. Sofía salió de la mansión y el sol de la tarde le dio en la cara, pero no sintió su calor. Por dentro, estaba helada. Sabía que esto no era un final. Era el comienzo de una guerra.

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