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Portada de la novela La LUNA QUE NUNCA EXISTIÓ

La LUNA QUE NUNCA EXISTIÓ

Nyx Silverwood fue acogida por el alfa Orion bajo una profecía, pero él la traicionó y abandonó al quedar embarazada, tachándola de débil. Tras ser rescatada por Ethan en el Rocío Gris, Nyx se recupera y establece la Manada de la Sombra con el apoyo de Lila y Rafael. En este santuario para los desterrados, ella descubre que el poder real emana de la unidad y la protección mutua, probando que el destino se forja cuidando la vida y no mediante la tiranía.
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Capítulo 3

Me desperté antes del amanecer, con la determinación de ayer aún caliente en mi pecho. Me vestí con la ropa que Lila me había prestado – pantalones gruesos de lana y una camisa de algodón que me quedaba un poco grande – y me fui hacia la cocina, donde ya se oía el sonido del fuego encendido.

Ethan estaba allí, sentado frente a la estufa con una taza de té en la mano, mirando las llamas como si le hablaran. Cuando me vio entrar, levantó la cabeza y sonrió suavemente.

– Pensé que no dormirías mucho – dijo, levantándose para prepararme una taza también. – Lila está recogiendo hierbas temprano, dice que la mañana fresca las hace más efectivas.

Me senté en la mesa de madera, acariciando el borde desgastado con los dedos. Había pasado toda la noche pensando cómo contarle la verdad, y aún así no sabía por dónde empezar.

– Tienes algo que decirme – dijo Ethan, colocándome la taza de té delante de mí. No era una pregunta – era una certeza.

Asentí, tomando una larga sorbo para calmar la garganta. El té era amargo, con un toque de miel que lo hacía llevadero.

– Soy Nyx Silverwood – empecé, mirándolo a los ojos. – Hasta hace dos semanas, era la luna del Bosque de Otoño. Estaba casada con Rafael Blackclaw.

Vi cómo sus cejas se fruncieron un poco – sabía que el nombre de Rafael era conocido en todas las manadas, no siempre por buenas razones.

– Nos casamos porque su padre, el alfa Orion, creyó en una profecía – continué, contándole todo desde el principio: cómo llegué a la manada, cómo conocí a Rafael y a Carmen, cómo fue nuestro matrimonio, cómo me enteré de estar embarazada. No me callé nada – ni la mentira de la profecía, ni que Carmen era su mate predestinada, ni el ataque en el acantilado.

Cuando terminé, Ethan estaba muy serio, con las manos entrelazadas sobre la mesa. El fuego de la estufa crujió en el silencio.

– No puedo creer que un alfa haga algo así – dijo finalmente, con voz baja pero firme. – Abandonar a su luna, atacarla así... y encima con el bebé en el vientre. Eso va en contra de todo lo que significa ser un líder.

– Él nunca me vio como su luna – murmuré, mirando mi taza de té como si pudiera encontrar las palabras allí. – Solo como un deber, un obstáculo entre él y Carmen. Y ella... Carmen era mi única amiga. Me enseñó todo sobre el bosque, me ayudó cuando me sentía sola. Nunca imaginé que me traicionaría así.

Ethan se acercó un poco más, colocando una mano sobre la mía.

– La traición de quienes queremos duele más que cualquier herida física – dijo, con una expresión que mostraba que hablaba por experiencia. – Pero tienes que saber algo, Nyx. Rafael no representa a todos los alfas. Hay quienes creen que el deber con la manada va más allá de las mates o las profecías – miró hacia la ventana, donde ya empezaba a salir el sol –. Mi padre me enseñó que un buen líder se preocupa por cada miembro de su manada, sin importar de dónde vengan o qué dones tengan.

Justo en ese momento entró Lila, con un canasto lleno de hierbas verde oscuro. Al ver nuestras caras, entendió que estábamos hablando de algo serio.

– Ya terminé de recoger – dijo, colocando el canasto en la encimera. – ¿Qué pasa?

Ethan le contó lo que yo acababa de decirle, y vi cómo la cara de Lila se tensaba con rabia – no una rabia furiosa, sino una rabia calmada y decidida, como la de alguien que ha visto demasiadas injusticias.

– Ese muchacho se ha dejado llevar por el poder – dijo, sacando algunas hierbas del canasto para ponerlas a secar. – Su padre fue un buen alfa, pero parece que Rafael no aprendió nada de él.

– Quiero volver – dije, y mis palabras sonaron más seguras de lo que me sentía. – No para pedir perdón, ni para tratar de ser su luna de nuevo. Quiero mostrarles que no soy la débil niña que trajeron a la manada hace años. Quiero hacerles pagar por lo que me hicieron, por lo que hicieron con mi bebé.

Ethan se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente.

– Y ¿cómo piensas hacerlo? – preguntó. – Rafael tiene toda la manada de su lado, y Carmen ahora es su luna. No podrás enfrentarlos sola.

– Sé que no puedo hacerlo sola – respondí, tomando aire profundo. – Pero tengo algo que ellos no esperan. Mi don – le expliqué cómo podía esconderme completamente, cómo me convertía en sombra, cómo nadie podía verme ni oler me cuando quería. – Puedo entrar y salir del Bosque de Otoño sin que nadie se dé cuenta. Puedo reunir información, descubrir sus debilidades.

Lila frunció el ceño, pensativa.

– Tu don es raro – dijo, acercándose a mí y tomándome la mano para examinarla. – Mi abuela hablaba de gente como tú – llamaba a los "hijos de la noche" – decía que tenían una conexión con la oscuridad, con las sombras. Que podían hacer cosas que los lobos normales no podían.

– ¿Y crees que puedo usar ese don para hacer algo? – pregunté, con esperanza en la voz.

Ethan se puso de pie y empezó a dar vueltas por la cocina, como hacía cuando estaba pensando en algo importante.

– Tienes dos opciones – dijo finalmente, deteniéndose frente a mí. – La primera es irte lejos, empezar una nueva vida en alguna manada que te acepte tal como eres. Olvidarte del Bosque de Otoño y de todo lo que pasó allí.

– No puedo hacer eso – dije inmediatamente. – No puedo dejar que ellos se queden felices mientras yo me escondo. Mi bebé merece que se haga justicia.

Ethan asintió, como esperando esa respuesta.

– La segunda opción es construir algo propio – continuó. – Hay lobos en muchas manadas que no están contentos con cómo se gobierna, que sienten que los dejan de lado. Hay quienes huyen de sus territorios porque no encajan, porque tienen dones diferentes como tú. Podríamos crear una nueva manada – una manada donde no importe si tienes loba interior o no, donde todos sean iguales.

Miré a Lila, quien me sonreía con aprobación.

– Mi abuela siempre dijo que vendría un día en que las viejas reglas ya no sirvieran – dijo. – Un día en que la fuerza no fuera lo único que importaba.

– Pero ¿cómo empezar? – pregunté. – ¿Quién querría unirse a una manada liderada por alguien que no es ni alfa ni tiene loba interior?

Ethan se acercó y me colocó una mano en el hombro.

– Eres más fuerte de lo que crees, Nyx – dijo. – Y tu don es un poder que muchos alfas desearían tener. No necesitas ser un lobo para liderar – miró hacia la puerta, donde se veía el bosque empezando a despertar –. Mañana saldremos hacia el norte. Hay una zona entre los territorios del Rocío Gris y Otoño que está deshabitada. Allí podemos empezar a construir. Y poco a poco, iremos buscando a quienes necesiten un lugar donde pertenecer.

– Y el Bosque de Otoño – pregunté, con voz baja. – ¿Qué hacemos con ellos?

– Ellos se darán cuenta de lo que estamos construyendo – respondió Ethan, con una sonrisa que mostraba seguridad. – Y cuando lo hagan, tendrán que decidir si siguen con sus viejas reglas o si quieren cambiar. Pero hasta entonces, nos concentraremos en construir algo mejor. Algo justo.

Ese día empezó nuestro trabajo. Lila me enseñó más sobre las hierbas – no solo las que curan heridas, sino también las que pueden poner a dormir, las que pueden hacer que alguien pierda el olfato temporalmente, las que pueden usarse para marcar territorios sin dañar el suelo. Ethan me enseñó sobre estrategia, sobre cómo leer los movimientos de otras manadas, sobre cómo encontrar los lugares más seguros para construir nuestras casas.

Y yo... yo les enseñé a mis nuevos amigos cómo moverse por la oscuridad, cómo esconderse cuando era necesario, cómo usar las sombras como aliadas. Descubrí que mi don era más poderoso de lo que creía – podía no solo esconderme a mí misma, sino también a otras personas si me concentraba lo suficiente. Podía hacer que las sombras se movieran como si tuvieran vida propia, podía crear caminos ocultos en medio del bosque.

Pasaron semanas, y poco a poco empezaron a llegar otros lobos a nuestro territorio. Primeros uno, luego dos, luego más – todos con historias similares a la mía, todos que no encajaban en las manadas tradicionales. Había un joven que no podía transformarse completamente, una mujer que podía sentir el futuro en los sueños, un niño pequeño cuyos poderes aún no se habían desarrollado pero que tenía una conexión especial con los animales del bosque.

Los llamamos la Manada de la Sombra – un lugar donde todos eran bienvenidos, donde los dones diferentes eran vistos como fortalezas y no como debilidades. Yo no era la alfa – Ethan seguía liderándonos en eso – pero me dieron un título nuevo: la Guardiana de las Sombras. Mi trabajo era proteger a la manada, espiar los movimientos de otras manadas y asegurarnos de que nadie nos encontrara sin que nosotros quisiéramos.

Un día, mientras patrullaba cerca de los límites del Bosque de Otoño, me escondí entre los árboles para observar. Vi a algunos lobos patrullando – reconocí a unos cuantos, incluso a uno que había sido mi amigo antes de casarme con Rafael. Eran más nerviosos de lo normal, mirando alrededor como si esperaran un ataque.

Y luego vi a Carmen. Estaba caminando por el sendero principal, con el pelo rojizo recogido y un vestido de colores brillantes. Iba acompañada por dos lobos grandes que parecían ser sus guardaespaldas. Vi cómo se tocaba el vientre con ternura, cómo sonreía cuando uno de los guardaespaldas le decía algo.

Ella estaba embarazada.

Sentí cómo una ola de rabia y tristeza me recorría el cuerpo, pero la controlé. No era el momento de actuar – todavía no. Pero sabía que el tiempo llegaría. Sabía que pronto tendría que enfrentarlos, tendría que hacerles ver que la niña que habían tirado por un acantilado ahora tenía un lugar propio, un lugar donde pertenecía.

Me fui silenciosamente por el sendero oculto que había creado, volviendo hacia la Manada de la Sombra. Allí estaban esperándome – Ethan, Lila y todos los demás – con comida caliente y brazos abiertos.

Ese día entendí que no necesitaba ser la luna del Bosque de Otoño. Ya era algo más importante: era parte de algo nuevo, algo que yo misma estaba ayudando a construir. Y cuando el momento llegara, estaría lista para enfrentar a Rafael y a Carmen. Estaría lista para mostrarles que la luna que nunca existió ahora brillaba con su propia luz.

A la semana siguiente, recibimos noticias del Bosque de Otoño: Rafael había anunciado que Carmen esperaba un hijo, que sería el heredero más poderoso de la historia de la manada. Decían que la profecía se había cumplido al fin. Pero yo sabía la verdad – y pronto, todos lo sabrían.

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