
La luna del Rechazo
Capítulo 2
El rechazo no era solo una palabra, era una sentencia de muerte. El Alfa Supremo Kael no solo había roto el lazo de la compañera, había usado el poder primario de su linaje para intentar borrar a Lyra de la faz de la tierra. Su magia latente, esa ráfaga plateada que había asustado a Kael, era ahora lo único que la mantenía con vida, luchando desesperadamente contra la aniquilación impuesta por el Alfa.
Corría. No en su forma de lobo; la bestia interior estaba demasiado mutilada por el dolor del rechazo como para manifestarse. Lyra corría en su forma humana, sin aliento y con el corazón convertido en una masa palpitante de hielo y fuego. Cada paso fuera del Fuerte Lunar era una puñalada. El lazo roto gritaba a través de sus nervios como un alambre de púas invisible que se retiraba lentamente.
El bosque, que siempre había sido su refugio, ahora era un laberinto hostil. Los árboles parecían inclinarse, juzgándola. Sentía la presencia de los lobos de la Manada de la Sombra, rastreadores silenciosos que no se atrevían a acercarse por el poder residual que aún la rodeaba, pero que observaban cómo la mancha omega huía. No la perseguían para matarla; la perseguían para asegurarse de que cumpliera la orden: irse y no volver.
Lyra cayó. La rodilla raspó contra una roca, pero no sintió el dolor de la herida superficial, solo la tortura de su interior. Tuvo que arrastrarse. Se arrastró bajo un roble centenario que marcaba, lo sabía, el límite occidental de la Manada de la Sombra. Si cruzaba esa frontera, la magia de Kael no podría rastrearla tan fácilmente.
-No. No me detendré -siseó Lyra, hablando por primera vez desde que pronunció ese fatídico "Aceptado". La voz era ronca, casi irreconocible.
El rechazo venía con una maldición implícita: la pérdida total de la fuerza vital del rechazado. Sin el lazo, la magia interna de un lobo se deterioraba hasta la muerte. Pero Kael no había contado con la fuerza de la furia de Lyra. La lágrima de fuego que había sentido no era una metáfora; era la activación de un poder ancestral, salvaje y no regulado, que ahora estaba en guerra con el veneno del rechazo.
Se deslizó más allá del roble. Cayó al suelo, temblando incontrolablemente. El aire se sentía espeso y el olor a pino daba paso a un aroma salado y metálico, a sangre vieja y tierra húmeda. Se sentía morir, y la parte más racional de su mente le gritaba que se rindiera al sueño eterno.
Entonces, notó que la tierra debajo de ella no era como la de la manada. Estaba fría, más fría de lo normal, y vibraba con una energía distinta, una que no era la calidez de la Diosa Lunar, sino algo más primordial, más antiguo.
Lyra intentó levantarse, pero su cuerpo la traicionó. Cayó en un charco de tierra, y solo la luz plateada de sus ojos, que se encendía y apagaba con cada latido errático de su corazón, demostraba que aún había vida.
Fue entonces cuando lo vio.
No era un lobo, ni un humano.
Una silueta alta se recortaba contra la poca luz de las estrellas. No caminaba, sino que parecía fluir sobre el suelo. No tenía el aroma a pino de la manada; su olor era a piedra mojada, a hierro forjado y a algo indefinidamente antiguo, como el interior de una cueva. Llevaba una capa de pieles oscuras y un bastón nudoso, más parecido a una rama de hueso.
-Una Luna Rota -la voz del extraño era un susurro gutural, como el crujido de la nieve bajo las botas. No mostraba sorpresa, solo una profunda, sombría satisfacción.
Lyra intentó aullar, intentó transformarse, intentó cualquier cosa, pero solo consiguió un jadeo.
El extraño se acercó, sin miedo al aura inestable de Lyra. Sus ojos no eran los de un lobo; eran de un profundo color ámbar, antiguos y penetrantes, con un conocimiento que parecía abarcar siglos.
-El rechazo de un Alfa Supremo es un veneno lento. Te matará en menos de tres días.
-¿Quién... quién eres? -logró arrastrar Lyra.
El hombre se inclinó, su rostro sombrío y arrugado revelando cicatrices geométricas. Tocó la frente de Lyra y ella sintió que el dolor se intensificaba, concentrándose como ácido hirviendo. Lyra gritó, pero el sonido fue absorbido por el bosque.
-Me llaman Fenrir. Soy un puente entre los mundos, el que recoge a los que caen del lazo y a los que se rebelan contra la Diosa. Y tú, niña, tú no eres una caída. Eres una rebelión.
Fenrir retiró la mano y la miró, evaluándola.
-La furia por el rechazo despertó tu sangre, un poder que la Diosa no esperaba. Por eso aún vives. Pero ese poder es un arma de doble filo. Te consumirá si no se forja. Tienes un regalo que Kael Blackwood teme, pero te falta la voluntad para usarlo.
-Él... él me humilló -dijo Lyra, y la rabia hizo más fácil hablar que el dolor.
-El orgullo de un Alfa es la debilidad más grande. Y Kael es el más orgulloso de todos. Te creyó inferior. Te despojó de tu destino. ¿Qué harás tú al respecto? ¿Morirás miserablemente aquí, en el polvo? ¿O usarás la ceniza de tu lazo roto para incendiar su reino?
Lyra tosía, pero las palabras de Fenrir eran un salvavidas, aunque estuviera hecho de alambre de espino. Morir era fácil. Sobrevivir y ver el arrepentimiento en los ojos de Kael... eso era la venganza.
-Sobreviviré -prometió Lyra.
Fenrir sonrió, un gesto que no alcanzaba sus ojos.
-Sobrevivir es para los omegas. Tú no sobrevivirás, Lyra. Tú serás forjada. Serás el filo de mi venganza, la tormenta que Kael conjuró sin saberlo. Yo te ofrezco el camino, la agonía para convertirte en lo que el destino no te permitió ser.
-¿Qué... qué tengo que hacer?
-Olvídate de la luna, de la manada, de la misericordia -dijo Fenrir. Su voz se volvió más fuerte, casi un mandato ritual-. Renunciarás a todo lo que fuiste. Usaremos el veneno del rechazo como el combustible de tu nueva magia. Pero será un tormento que hará que el dolor de Kael parezca el arañazo de un cachorro. Si fallas, si te rindes al dolor, morirás y tu alma será consumida por la propia manada. ¿Aceptas el precio?
Lyra pensó en Kael, en la frialdad en sus ojos grises, en la humillación ante el Consejo. El dolor interno era una promesa: si volvía a ver a ese hombre sin poder, moriría en el acto.
-Acepto el tormento.
Fenrir asintió con una satisfacción casi macabra. Alzó su bastón de hueso y lo clavó en la tierra junto a Lyra.
-Entonces, Luna Rota. Que comience la forja.
Fenrir comenzó a cantar. No era una melodía, sino una serie de chasquidos, silbidos y gruñidos en un lenguaje que Lyra nunca había escuchado. El aire se enfrió drásticamente. El olor a hierro se hizo abrumador.
De la tierra, donde el bastón se había clavado, brotaron raíces negras y retorcidas, envueltas en una escarcha violenta. Estas raíces se arrastraron, buscando el cuerpo de Lyra. Fenrir no la ayudó; solo observó con los ojos ámbar fijos.
Las raíces se enroscaron alrededor de las muñecas y los tobillos de Lyra, y luego alrededor de su torso. No la sujetaron con fuerza bruta, sino con una magia de confinamiento. Su cuerpo se levantó ligeramente del suelo.
-El veneno debe ser extraído -explicó Fenrir sin dejar de cantar-. Tu alma está contaminada con la maldición del Alfa. Pero tu nueva magia es fuerte, Lyra. La usaremos para quemar esa maldición.
Una de las raíces, más fina y afilada, se deslizó hacia su pecho. Lyra sintió un terror instintivo.
-Esto dolerá más que el rechazo -prometió Fenrir.
La raíz se clavó justo donde el lazo de compañero había sido arrancado, en su corazón.
Un grito silencioso de agonía escapó de Lyra. No pudo emitir sonido; el dolor era tan absoluto que se tragó el aire y la voz. El frío plateado de su propia magia se encendió, y se encontró luchando no solo contra el dolor, sino contra la fuerza primigenia de las raíces de Fenrir.
Fenrir sonrió de nuevo, mientras la luz plateada y la oscuridad de las raíces se enfrentaban sobre el cuerpo de Lyra, en una batalla por su alma.
-Así es como la debilidad se convierte en fuerza. Recuerda este dolor, Luna Rota. Hazlo tuyo. Convierte el rechazo en el fuego que consumirá el mundo de Kael. Si sobrevives esta noche, serás la Tempestad que él no vio venir.
La noche se cerró sobre Lyra, ahogada en el tormento y el primer juramento de venganza que hizo temblar el suelo bajo la Manada de la Sombra, a kilómetros de distancia. Lyra ya no era la omega rechazada. Era la forja.
La Luna Rota había encontrado a su herrero.
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