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Portada de la novela La Luna de Sofía: Traición y Renacer

La Luna de Sofía: Traición y Renacer

En pleno parto, Sofía sufre la peor de las traiciones: Jorge, su marido, huye con su dinero para hallar a un viejo amor. Sola, arruinada y bajo el desprecio de su entorno, ella encuentra en su hija Luna el motivo para resistir. Lejos de rendirse ante la miseria y el juicio social, Sofía inicia una metamorfosis radical. Impulsada por un deseo de justicia, se propone reconstruir su destino y cobrarle a Jorge cada una de sus ofensas en este drama de superación.
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Capítulo 2

El teléfono sonaba sin parar, una y otra vez.

El ruido rompía la quietud de la casa, una casa que olía a leche de bebé y a desinfectante. Cada timbrazo era una aguja en mi cabeza. Lo dejé sonar hasta que el buzón de voz se activó, y a los pocos segundos, volvía a empezar.

Miré el identificador de llamadas. Era mi suegra de nuevo. Antes de ella, había sido mi propio padre. Y antes de él, un primo de Jorge. Todos con la misma pregunta, la misma urgencia en la voz.

"¿Sofía? ¿Has sabido algo de Jorge?"

"¿No te ha llamado? Estamos desesperados".

"Tienes que hacer algo, contacta a la embajada, ¡mueve tu dinero!"

Dejé el teléfono en la mesita de noche, en silencio. Me giré en la cama, el cuerpo adolorido por un parto de hacía apenas tres días, y miré a la pequeña cuna a mi lado. Mi hija, Luna, dormía con los puñitos cerrados cerca de su cara. Era tan pequeña, tan ajena a todo. Ella era lo único que importaba ahora.

Mi suegra no preguntaba por su nieta recién nacida. Mi padre no preguntaba cómo me sentía después de dar a luz sola. Nadie preguntaba por mí. Todos sus pensamientos, toda su energía, estaban enfocados en Jorge. Mi esposo. El hombre que debería estar aquí, pero no estaba.

Mi calma parecía molestarles. Mi falta de pánico los confundía. No entendían por qué no estaba llorando, gritando, moviendo cielo, mar y tierra para encontrar a su precioso Jorge. No podían entender que para mí, Jorge ya no existía.

La noche en que todo se derrumbó, Jorge estaba pegado a la televisión. Sus ojos no se despegaban de la pantalla. Las noticias mostraban imágenes granuladas de una zona de conflicto en Medio Oriente. Humo, edificios destruidos, gente corriendo. Y en el centro de todo, un titular: "FAMOSA PERIODISTA DE INVESTIGACIÓN, LAURA VEGA, DESAPARECIDA EN ZONA DE COMBATE".

Laura Vega. Su exnovia.

La mujer cuyo nombre había escuchado en susurros borrachos de sus amigos en alguna fiesta. La mujer cuya sombra siempre sentí, aunque él jurara que era cosa del pasado. Ver su rostro en la pantalla, con un casco y un chaleco antibalas, me confirmó todo lo que nunca quise admitir. La forma en que Jorge miraba la televisión, con una mezcla de horror y una extraña devoción, me heló la sangre.

"No puede ser", susurró él, con la cara pálida. "Laura no..."

Se levantó del sofá como si tuviera un resorte. Empezó a caminar de un lado a otro de la sala, con las manos en la cabeza. No me miraba. No veía mi vientre de nueve meses, no notaba mi respiración agitada. Solo existía la imagen de esa mujer en la pantalla.

"Tengo que ir", dijo de repente, mirándome por fin, pero con unos ojos que no me veían a mí, sino a través de mí. "Tengo que encontrarla".

"¿Qué estás diciendo, Jorge? ¿Te has vuelto loco?", le dije, tratando de mantener la calma. "Soy tu esposa, vamos a tener una hija en cualquier momento".

"Tú no lo entiendes, Sofía. Es Laura. Ella está sola allá. Nadie la va a buscar si no voy yo", su voz era una mezcla de desesperación y egoísmo puro.

Empezó a sacar una maleta, a meter ropa sin orden ni concierto. Camisetas, un par de pantalones, su pasaporte. Se movía con una urgencia que nunca le había visto, ni siquiera cuando fundó su exitoso despacho de abogados.

Fue entonces cuando lo sentí. Un dolor agudo en mi vientre, seguido de un calor que me recorrió las piernas. Miré hacia abajo. El piso de madera estaba manchado con un charco. Se me había roto la fuente.

"Jorge", dije, con una voz que apenas me salió. "Estoy de parto".

Él se detuvo un segundo, me miró, vio el charco en el suelo. Vi una fracción de segundo de duda en su cara, pero la obsesión era más fuerte.

"Llama a una ambulancia, Sofía. O a tu madre. Estarás bien", dijo, volviendo a su maleta.

Me apoyé en el marco de la puerta, el dolor haciéndose más intenso.

"Jorge, escúchame bien", dije, y mi voz sonó fría, clara, como el filo de un cuchillo. "Si cruzas esa puerta ahora, no vuelvas. No me busques, no busques a tu hija. Para nosotras, a partir de este momento, estarás muerto".

Él me miró, con su maleta en la mano. Por un instante, pareció que mis palabras lo habían alcanzado. Pero luego su rostro se endureció.

"Cuando vuelva con Laura, lo entenderás todo. Te lo juro", dijo.

Y se fue.

Escuché sus pasos apresurados por el pasillo, la puerta principal abrirse y cerrarse con un golpe seco. El sonido del motor de su coche arrancando y alejándose a toda velocidad.

Me quedé sola, en medio de la sala, con las contracciones empezando a sacudirme el cuerpo. Miré el teléfono, pero no llamé a mi madre ni a la suya. No quería su lástima ni sus reproches. Busqué en mis contactos el número de Elena, la mujer que me ayudaba con la limpieza, una mujer sensata y buena.

"Elena", dije, respirando con dificultad. "Necesito que vengas. Estoy de parto y Jorge... Jorge no está".

Mientras esperaba, me arrastré hasta el baño, limpié el desastre, me puse ropa limpia y preparé la maleta del hospital que Jorge nunca se había molestado en mirar. Lo hice todo sola, con el dolor creciendo y un vacío helado instalándose en mi pecho. En ese momento, mientras cronometraba mis contracciones en el suelo de la sala, juré que Jorge pagaría por esto. No con venganza, sino con la consecuencia absoluta de sus actos.

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