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Portada de la novela La Loterillera

La Loterillera

Esmeralda Flores sobrevive en el humilde barrio Martha Quezada, cargando con el peso de proteger a su madre y hermano de un entorno familiar violento. Obligada a madurar, trabaja como loterillera hasta que su camino se entrelaza con el de Carlos Robles, un joven de la élite social. Este encuentro une dos realidades opuestas en una historia de afectos y traiciones. Esmeralda luchará por la justicia, demostrando que la resiliencia es su mejor arma ante la adversidad.
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Capítulo 3

A las 3:15 pm el timbre sonó anunciando el recreo. Como si el aula cobrara vida, todos se levantaron de golpe, arrastrando pupitres, riendo, hablando a gritos, y salieron rumbo a la tienda del colegio o al patio.

Susana se quedó un momento en su lugar y volteó hacia Esmeralda.

-¿Puedo pasar con vos el tiempo del recreo?

-Sí, está bien -respondió Esmeralda con una sonrisa sincera.

Ambas caminaron hacia el área cerca de la dirección, donde había unas bancas de concreto bajo la sombra de un árbol de almendro. El lugar era tranquilo, con vista a la cancha de básquet donde varios chicos jugaban.

-¿Querés un sándwich? Yo invito -dijo Susana.

-No, tranquila. Yo tengo riales aquí -respondió Esmeralda, sacando unas monedas de su bolsillo.

-¡Ay no! Dejame invitarte esta vez -insistió Susana, y compraron dos sándwiches con jugo.

Sentadas en la banca, comieron despacio. Susana parecía un poco nerviosa, como si estuviera armándose de valor para decir algo.

-Me gustaría que fueras mi amiga -dijo al fin, bajando un poco la mirada.

Esmeralda se sintió sorprendida. No era común que alguien se acercara a ella de esa manera, especialmente sin conocerla mucho.

-Claro... no hay problema. Somos amigas -respondió, con una calidez que brotaba del alma.

-¿Y... puedo hacerte una pregunta? -dijo Susana.

-Sí, preguntá pues.

-¿Qué hacés vos por las mañanas? Digo... para visitarte algún día, pasar más tiempo, no sé, forjar más la amistad.

Esmeralda se quedó un momento callada. No porque tuviera algo que ocultar, sino porque no estaba acostumbrada a que alguien se interesara así en su vida.

-Yo por la mañana paso trabajando -dijo con voz tranquila.

-¿Trabajando en dónde?

-Soy loterilla

Susana abrió los ojos con sorpresa, pero no en forma despectiva, sino más bien con una mezcla de curiosidad y admiración.

-¿Loterillera ? Qué tuani ese trabajo. ¡De verdad!

En ese momento, una figura se acercó caminando con paso seguro. Era Lorena, la compañera más lista del grupo, siempre con la nariz en alto y las notas más altas de la sección. Llevaba su cuaderno abrazado al pecho y una sonrisa burlona.

-No te ajuntés con una loterillera, Susana -dijo con voz altanera-. Ese tipo de personas solo saben andar en la calle y hasta le roban a la gente. Yo que vos, no me enredo.

Susana se quedó pasmada por un segundo. Esmeralda bajó la mirada, sintiendo ese dolor amargo que ya conocía. No era la primera vez que alguien la juzgaba por vender lotería.

Pero Susana reaccionó enseguida, frunciendo el ceño.

-¡Cállate, Lorena! No digás babosadas Mejor viví tu vida y dejá de andar Tula cuecho no te metas en la vida de los demás.

Lorena se fue con una risa burlona, dejando su comentario venenoso en el aire.

-No le hagás caso -dijo Susana, volviéndose hacia Esmeralda-. Yo sé que tu trabajo es bueno. Ser loterillera no es ninguna vergüenza. ¡Es un trabajo digno!

Los ojos de Esmeralda se humedecieron un poco, pero sonrió. No estaba acostumbrada a esa clase de respaldo.

-Muchas gracias, de verdad -dijo con sinceridad.

-¿Y cómo es ser loterillera? Nunca he conocido a alguien que venda lotería...

-Es duro a veces... -empezó a contar Esmeralda-

No es chiche , tenés que caminar bajo el sol, andar gritando todo el día. La gente muchas veces ni te mira, o te tratan mal. Pero hay días buenos. Cuando alguien gana y vuelve a darte las gracias, o cuando vendés un montón, te sentís feliz.

-¿Y desde cuándo trabajás en eso?

-Ni tengo mucho tiempo ... cuando mi papá se fue de la casa.

Susana quedó en silencio. No sabía qué decir. Solo le puso una mano en el hombro.

-Sos bien valiente, Esmeralda. Yo no sé si podría hacer todo lo que hacés.

-Uno aprende -dijo Esmeralda, con una sonrisa melancólica.

El timbre volvió a sonar, interrumpiendo la conversación. Ambas se levantaron y caminaron de regreso al aula

Era sábado por la tarde y el calor de Managua comenzaba a ceder, dejando un aire tibio y agradable que se colaba por las ventanas abiertas de la casa

El sol se escondía entre los tejados y los últimos rayos doraban las paredes del pequeño cuarto de Esmeralda.

Verónica, su madre, acababa de terminar de barrer el porche cuando vio llegar a Susana Morales con una mochila rosada colgada al hombro.

-Buenas tardes, doña Verónica -saludó con una sonrisa-. ¿Puedo pasar?

-¡Claro, mi amor! Pasá. Esmeralda te está esperando en su cuarto. Me alegra que hayan decidido hacer esa pijamada -dijo la mujer, dejando la escoba en un rincón-. Solo les pido algo...

-¿Qué cosa? -preguntó Susana mientras entraba.

-Que no se me desvelen toda la noche, por favor. Pasen bonito, pero ya a las doce, a dormir. El cuerpo también necesita descanso.

-Está bien, señora. Prometido -respondió Susana, obediente.

En el cuarto, Esmeralda la esperaba con entusiasmo. Había preparado dos colchones en el suelo, unas colchas limpias, y en una esquina tenía una cajita con esmaltes, lápices labiales, sombras de colores y hasta unas bandas para el cabello.

-¡Al fin llegaste! -dijo emocionada Esmeralda-. Mirá todo lo que tenemos para esta noche: maquillaje, música, y hasta una película.

-¡Qué emoción! Nunca había hecho una pijamada con alguien -respondió Susana mientras dejaba su mochila en una silla.

Ambas se pusieron cómodas, se cambiaron a sus pijamas: Esmeralda con una camiseta vieja de caricaturas y shorts; Susana con una pijama de algodón rosada con estampados de mariposas.

La noche fue tomando su propio ritmo. Primero se sentaron frente al pequeño espejo que tenía Esmeralda, y comenzaron a maquillarse. Entre risas y experimentos con delineadores torcidos, sombras mal combinadas y pestañas que no se dejaban rizar, se sentían completamente libres.

-¡Mirá cómo me dejaste las cejas, parecen orugas! -dijo Esmeralda, estallando en carcajadas.

-¡Ay, perdón! Ahorita lo arreglo -decía Susana, muerta de risa también-. Pero vos me dejaste como payaso con ese labial rojo.

-¡Estamos bellas, aunque sea en chiste!

Luego pusieron música en la pequeña radio portátil que tenía Esmeralda. Sonaban baladas románticas de los años 90, de esas que hablaban de amores imposibles, besos robados y corazones rotos. Cantaron algunas canciones entre susurros y otras a todo pulmón, como si fueran parte de un grupo musical.

A eso de las 9:45 pm, Esmeralda sacó una bolsa con pan de coco y una botella de fresco de tamarindo. Se sentaron en el colchón, desmaquillándose un poco mientras ponían una película romántica en la televisión vieja que tenían en el cuarto.

La película era de esas que contaban historias de amor entre clases sociales distintas. Una chica pobre y un chico rico se enamoraban, pero sus familias no querían que estuvieran juntos. Las chicas la vieron con atención, comentando cada escena, riendo, a veces incluso diciendo "¡no puede ser!" cuando ocurría algo dramático.

Alrededor de las 10:30 pm, cuando la película terminó y la habitación quedó en penumbra, con solo la luz tenue de la lámpara en la esquina, comenzaron a hablar.

-Esme -dijo Susana, acostada de lado, con la cabeza apoyada en una almohada-. ¿A vos te gusta algún muchacho? ¿Ya sea del colegio o de aquí del barrio?

Esmeralda se quedó pensando, mirando el techo.

-Pues la verdad... no me gusta nadie -dijo al fin, con voz tranquila.

-¿Cómo así? ¡Si vos sos una muchacha bonita! Tenés los ojos negros bien lindos, tu cabello largo, sos morena, sencilla, y tenés un carisma que muchas quisieran. ¡No creo que aún no tengas a alguien que te hable bonito!

-En serio, Susana. No tengo a nadie. Nadie me habla con intenciones románticas... y sinceramente, no me da tiempo para pensar en eso.

-¿Pero no te gustaría tener a alguien que te acompañe al parque, al cine, que te diga cosas lindas?

-Sí me gustaría... pero por ahora tengo la escuela y mi trabajo. No hay espacio para algo más. Vender lotería en las mañanas no es fácil, y después venir al colegio y luego llegar a casa a ayudar a mi mamá... A veces no sé ni cómo sigo en pie.

Susana se quedó en silencio. Luego suspiró.

-Es que me da tristeza. Sos buena persona, y merecés amor, compañía.

-Gracias, Susi. ¿Y vos? ¿Te gusta alguien?

-Del colegio no. Aunque hay un chico en la calle donde vivo que me parece bonito... pero tiene novia.

Al decir esto, Susana bajó la mirada, jugando con la tela de la sábana. Su voz se quebró un poquito.

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