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Portada de la novela La Loterillera

La Loterillera

Esmeralda Flores sobrevive en el humilde barrio Martha Quezada, cargando con el peso de proteger a su madre y hermano de un entorno familiar violento. Obligada a madurar, trabaja como loterillera hasta que su camino se entrelaza con el de Carlos Robles, un joven de la élite social. Este encuentro une dos realidades opuestas en una historia de afectos y traiciones. Esmeralda luchará por la justicia, demostrando que la resiliencia es su mejor arma ante la adversidad.
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Capítulo 1

Había pasado un mes que Verónica y Alfonso, discutían y la situación era como un volcán a punto de estallar.

En su casa con una construcción sencilla concreto a medio construir con tablas. El techo de zinc crujía con el sol del mediodía, y el piso de embaldosado de cemento se cubría de polvo cada vez que alguien daba un paso fuerte. A un lado, un pequeño corredor sostenía una mecedora vieja que había pertenecido a la madre de Verónica

Las discusiones se habían vuelto rutina. Siempre el mismo tema: el dinero.

Que no alcanzaba para la comida.

Que las deudas, y Alfonso gastando el dinero en la cantina.

Que la escuela de Esmeralda y Andrés necesitaba útiles nuevos.

Que el arroz subió de precio en la pulpería.

Y esa mañana , el calor parecía pegado a la piel como si fuera otro problema más.

Verónica muy angustiada comenzó a reclamarle a Alfonso pidiendole riales para los gastos de la casa.

-Alfonso otra vez te digo , necesito riales para comprar comida además de los gastos de la casa, también necesito comprarle los útiles escolares de los chavalos .

Alfonso harto de la situación explotó

-¡Verónica te digo que no hay riales no tengo para pagar la luz, ! Ni tampoco tengo para pagar el agua , debemos dos recibos ni tampoco para los útiles de los chavalos -gritó Alfonso desde la mesa,

Golpeando con fuerza al vaso que casi se quiebra en la mesa

Verónica respondio molesta

-¡Y qué querés que haga, Alfonso!-respondió ella, cansada, con los brazos cruzados.

-Vos sos el que debería estar trabajando y no pasar todo el tiempo en la cantina bebiendo y gastando lo que ganas en ese guaro.

Ese comentario fue como encenderle fuego a la pólvora. Alfonso se levantó de golpe, la silla rechinó contra el piso y el sonido rebotó en las paredes

-¡ Ideay , no me estés reclamando, mujer! ¡Yo soy el que manda aquí!

Verónica con una expresión de ironía le respondio.

-¡Que vos mandas? Ahh clase hombre que tengo que me ayuda pagar todos los gastos.-

Verónica lo miró a los ojos, sin retroceder y le seguía reclamando.

- El que manda no abandona a su familia. La cabeza del hogar si puede decir que es un hogar, busca cómo darle de comer a su mujer y sus hijos. Y no se va de borracho en la cantina que más bien , le regala todo los riales al que vende guaro ese si está bien feliz . Y la mujer que tiene que se la coman los perros verdad.-

-¡Callate! -grito Alfonso, acercándose.

Esmeralda estaba sentada en un banquito, intentando coser un botón a una camisa vieja. Andrés jugaba en un rincón con un carrito de plástico con mucho miedo porque veía que sus padres están discutiendo muy horrible Esmeralda sintió que algo se iba a salir de control por la discusión.

Y así fue.

En un movimiento rápido, sin pensar, Alfonso muy enojado no pensó dos veces y levantó la mano y le dio un puñetaso a Verónica en la cara. El sonido seco del impacto llenó el silencio.

-¡Mamá! -gritó Esmeralda, soltando la aguja y corriendo hacia ella.

Verónica cayó al piso, tocándose la mejilla roja, con los ojos llenos de lágrimas de dolor y rabia.

Esmeralda llorando se agachó para levantar a Verónica y la abrazo.

Y comenzó a reclamar a Alfonso.

-¡Papá. ¿Que te pasa? ¿ por qué le pegás a mi mamá! ?-

Esmeralda lo encaró, su voz temblaba pero se sentía mucha rabia al ver que su papá golpeaba a su madre pero sus ojos estaban firmes

- ¡Vos no sos nadie para pegarle ni mi abuelo existe que era el único que podría pegarle!

Andrés, con apenas nueve años, estaba encogido en un rincón junto a la mesa, abrazando su carrito, con el llanto atorado.

-Ya hija cálmate - dijo Verónica nerviosa.

-No mama mi papa no tiene el derecho para pegarle, se que hay problemas pero no es excusa que le haya levantado la mano -

Alfonso, en vez de retroceder, gritó más fuerte:

-¡Yo me voy de aquí!

-¡Pues váyase papa! -respondio Esmeralda con furia-. ¡Pero no vuelva a ponerle una mano encima a mi mama!

-Si me voy y ahora ustedes buscarán la manera como resolver los problemas.

-Callese porfavor -dijo Esmeralda

Alfonso replicó.

-Ahh si, pero cuando sientan que el agua le lleguen al cuello , ahí si me van a buscar para pedirme riales.

Verónica intentó levantarse, y mientras lo hacía, su rostro ardía por el golpe. Afuera, los gritos ya se escuchaban por todo el pasillo.

Los gritos de escuchaba afuera pero, doña Marina, una vecina de sesenta años que vivía a tres casas, interrumpió la costura que hacía en su corredor y se acercó.

-¡Dios mío, pero qué barbaridad! -murmuró mientras caminaba rápido hacia la puerta.

Camino por el andén y al entrar, se detuvo al ver la escena: Verónica con la mejilla hinchada, Esmeralda parada como una barrera entre su madre y su padre, y Andrés temblando de miedo arrinconado.

-¡Alfonso! -su voz resonó fuerte, como una campana-. ¿Cómo podés pegarle a una mujer no te da vergüenza ? ¡Mírala! Tantos años juntos y lo arruinás todo con un golpe.

Alfonso respondió de mala gana.

-¡Usted no se meta, vieja chismosa! busque que hacer en su casa-

rugió Alfonso, girándose hacia ella.

-Me meto porque hace diez años mi exmarido intentó pegarme, y no me dejé. Lo eché de mi casa, y nunca más volvió -le respondió Marina con la voz firme, sin miedo.

-Esa es su vida vieja chismosa fuera de mi casa.

En el barrio Boer Los padres de Susana se habían mudado ya que vivían en Matagalpa y se trasladaron a Managua por causa de trabajo

-Hija ya que vamos a vivir en Managua voy matricularte en el colegio que te comente por la tarde y tengo que buscar trabajo ya que tú papá consiguió aquí por eso es que nos mudamos

-Esta bien mama ojalá me vaya bien.

-Si mi amor te irá muy bien. Hasta podés encontrar nuevos amigos en ese colegio.

Otra vez en la casa de Verónica

-Me meto porque Verónica es como si fuera mi hija.

-Señora Marina gracias por ayudarme Pero no es el momento.

Doña Marina se le acercó a Verónica, la abrazó fuerte y le dijo en voz baja:

-Hija, no dejes que Alfonso te maltrate. No vale la pena aguantar algo así.

Verónica tragó saliva, respiró hondo y, como si algo dentro de ella hubiera despertado, se armó de valor.

-¡Alfonso, agarrá tus cosas y te me vas! -gritó, señalando la puerta.

Él la miró incrédulo, pero cuando vio que Marina y Esmeralda lo observaban sin miedo, soltó un bufido, fue al cuarto y comenzó a meter ropa en una maleta. El zíper se cerró de golpe, y sus pasos retumbaron mientras cruzaba la sala.

-Van a ver cómo les va sin mí -dijo antes de empujar la puerta y salir.

Esmeralda lo siguió con la mirada, sintiendo una mezcla de tristeza y alivio. Verónica, de pie en medio de la sala, dejó caer el llanto en silencio.

-Es lo mejor, hija -susurró, intentando sonreírle a Esmeralda, aunque sus ojos estaban hinchados.

Andrés corrió a abrazar a su mamá.

-¿Y qué vamos a hacer, mamá? Si mi papá nos ayudaba con la comida... -preguntó con inocencia, mientras apretaba sus brazos alrededor de ella.

Doña Marina, una señora de 60 años con canas en su cabello y lentes que observaba todo en silencio, dio un paso al frente.

-Esmeralda... hija... -dijo con voz suave-. ¿Te gustaría trabajar vendiendo lotería?

Esmeralda parpadeó, sorprendida.

-¿Yo?

-Sí, vos. No lo pensés mucho. Es honrado, y con eso ayudás a tu mamá.

Esmeralda sintió que no había nada que pensar.

-Sí, doña Marina. Claro que voy a trabajar. Necesitamos riales y yo quiero ayudarla.

-Pero hija -intervino Verónica-, tenés que estudiar.

Marina dijo

-No se preocupe, niña Verónica. Esmeralda puede trabajar medio tiempo, por la mañana, y estudiar por la tarde.

-Sí, mamá -dijo Esmeralda, apretando la mano de su madre-. Yo puedo hacerlo.

Verónica respiró hondo, y aunque el dolor en la mejilla seguía ahí, sintió que algo dentro de ella estaba más fuerte que antes.

-Está bien, hija -aceptó finalmente.

Y así, en medio del dolor, la rabia y la incertidumbre, nació la decisión que marcaría el inicio de una nueva etapa en sus vidas.

Una etapa en la que Esmeralda aprendería lo que significaba ganarse el pan día a día, bajo el sol de Managua, con un manojo de billetes de lotería y un corazón lleno de ganas de salir adelante.

En esa misma tarde Esmeralda fue a su cuarto viendo la bujía del techo de su cuarto. Pensaba en su papá, en lo duro que sería madrugar, caminar por las calles al vender loteria con sol o lluvia.

Pero también pensaba en su mamá y en Andrés. No podía fallarles. Apretó los ojos con fuerza y se prometió algo en silencio:

"A partir de mañana, mi vida cambia. Y voy a ser fuerte."

Y así fue como comenzó la historia de Esmeralda, la loterillera más valiente del barrio.

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