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Portada de la novela La llamada

La llamada

Eir, una joven de origen nórdico, porta el legado sagrado de los sanadores bajo la bendición de la diosa Eira. En su misma aldea reside Ragnar, un guerrero ejemplar cuya fuerza emana del favor divino de Odín y Tyr. Mientras ella se dedica al arte de la curación, el destino de él está forjado por los dioses de la guerra y la sabiduría. Juntos representan dos caras del poder celestial en un entorno marcado por los conflictos y la épica vikinga.
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Capítulo 3

— ¡Vamos Eir! — Grita una joven quien se acerca a ella y la toma del brazo. — ¡No te detengas!

Ambas ríen y se carcajean, mi corazón no deja de acelerarse y más al escucharla reírse. Hoy he encontrado a la mujer que se convertirá en mi esposa y la madre de mis hijos, de eso no hay duda alguna. Eir vuelve a centrar su atención en seguir bailando y disfrutando de la fiesta, mientras yo la observo divertirse, no quiero apartarme de ella ni un segundo, en especial porque ya muchos guerreros están ebrios y podrían querer sobrepasarse con ella.

La fiesta termina, pero muchos siguen bebiendo, entre ellos Clemens junto con sus hijos, su esposa e hijas ya se han ido a descansar al igual que yo. Definitivamente dormiré muy bien sabiendo quien es la dueña de esa cabellera roja y de saber que por fin voy a sentar cabeza, para gran alivio de mis padres y de todo el pueblo.

Al día siguiente me despierto, siento que todo lo que vi ayer fue una mera ilusión, pero de recordar la mirada de Eir, hace que mi corazón se vuelva a acelerar y un escalofrío recorre toda mi espalda, es la primera vez en muchos años que me siento ansioso por ver a alguien. Me siento en la orilla de mi cama y coloco mi cabeza entre mis manos, apoyando mis codos sobre mis piernas, se me ha acelerado la respiración.

Alguien entra a mi habitación, atisbo la mirada y veo a Norna, nuestra esclava, parada frente a mí, luego se acerca y hace una pequeña reverencia. Ella se arrodilla cerca de mí y empieza a pasar sus manos por mis piernas, enseguida levanto la mirada hacia ella, colocando mis manos sobre las de Norna, apartándolas.

—Hoy no— Le digo en tono serio y frío. —Prepara mi ropa, tengo cosas que hacer.

—Muy bien, amo Ragnar— Se levanta de su lugar y empieza a buscar mi ropa.

Me levanto de mi lugar y camino hacia el cuarto de baño. Apenas me termino de arreglar, salgo de mi casa y mientras camino, me acomodo una de mis muñequeras de piel de oso, pero al no fijarme por donde iba, he chocado con alguien, haciendo que caiga al suelo. La joven ha soltado un quejido de dolor.

Enseguida la ayudo a pararse y a recoger lo que se le ha caído, es la primera vez en mi vida que me siento tan nervioso por hablar con alguien, pero supongo que es normal, ya que la chica me atrae. Eir agradece la ayuda prestada y se disculpa por no haberse fijado por donde iba, pero en realidad fui yo quien ha provocado su caída hacia el suelo.

—Ha sido culpa mía.

Nos miramos a los ojos por unos instantes y me sonríe de oreja a oreja, dejando ver con claridad su inocencia en su bello rostro, nuestras manos se rozan levemente para después quitarme lo que tenía en ella. No me había percatado de que tenía uno de sus frascos entre mis manos. Doy un paso atrás y veo que entre sus brazos tiene muchas cosas, no me impresiona que le cueste trabajo andar, le dije que si necesitaba ayuda, pero me dijo que no quería molestarme, así que tomé los frascos que sostenía con dificultad y le dije que la seguía, Eir no se mostraba muy convencida de mi ayuda, pero al ver que no iba a ceder, aceptó que la acompañara.

Gran parte de mi día me la paso siguiéndola, yendo y viniendo por toda la aldea, entregando los pedidos que tenía, muchos se sorprenden por mi presencia, pero ella no le da mayor importancia, diciendo que será por única ocasión que el hijo del jefe la acompañe... al menos eso es lo que ella cree. Al parecer, ella se encarga de hacer los recados en la aldea y se nota que la gente le tiene mucho cariño y aprecio, ya que le hablan con bastante ternura. De momentos, noto que ella me mira por el rabillo de su ojo, le noto nerviosa o quizás sea mi imaginación.

Ha entregado el último frasco y un suspiro de alivio se le escapa, luego recarga su espalda sobre uno de los árboles que están ahí, nos ha tocado caminar hasta la casa de nuestra sacerdotisa, Agneta. Ella vive bastante lejos de la aldea, dice que es normal que esto se dé entre los sacerdotes de las aldeas, ya que necesitan estar más conectados con la naturaleza para poder tener un mejor enlace con los dioses.

Eir se sienta en el suelo y contempla el cielo, mientras yo la contemplo a ella. Igual que muchas mujeres, su cuerpo es muy pequeño a comparación del mío, de hecho, ella me llega hasta la cintura, ladeo un poco la cabeza y veo que su cuerpo es bastante delgado, pero sus atributos son muy generosos.... demasiado, diría yo.

— ¿Sucede algo? — Su tierna voz llega a mis oídos.

—Eres la mujer más bajita que he visto, muchas me llegan hasta arriba de la cintura o hasta la mitad de mi abdomen, pero tú, apenas me llegas a la cintura.

La expresión de su rostro es tan suave y maternal, Eir será una excelente madre, de eso no hay duda y tampoco hay duda de que yo sea el padre de sus hijos, espero que los de la aldea no estén muy acostumbrados a que ella les haga sus recados, porque cuando se case conmigo va a estar muy ocupada.

Ella se ríe entre dientes y se levanta del suelo, luego se pone enfrente de mí y compara nuestras estaturas, mirándola desde arriba, no puedo evitar ver sus enormes pechos, que sobresalen un poco de su camisa, pero Eir no se ha dado cuenta, ya que sigue entretenida, menos mal, no quiero que piense que hago esto muy a menudo, porque no es verdad.

—Sí, tienes razón— Levanta la mirada hacia mí. —Eres exageradamente alto— Suelta una pequeña risita burlona.

—En efecto, mido dos metros.

— ¡Entonces eres hijo de gigantes! — Exclama con fuerza, sus risas son muy risueñas, ella se da media vuelta, regresando a su lugar.

Verla mejor de espaldas, me doy cuenta de que tiene caderas anchas y un trasero muy bien formado, tiene el cuerpo perfecto para traer hijos al mundo, bueno, mejor dicho, para traer a mis hijos al mundo. Vuelve a sentarse en el suelo y estira las piernas, soltando un gemido de placer.

—Me impresiona que no hayan aceptado una dote por ti.

Mis palabras la toman por sorpresa, ya que ha abierto los ojos de par en par y ha respingado su espalda, luego me voltea a ver, dedicándome una pequeña sonrisa. Sus manos vagan por su impresionante cabellera roja, haciendo para atrás su cabello.

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