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Portada de la novela La ley del deseo

La ley del deseo

Cristal se encuentra atrapada en una peligrosa disputa entre Richard y Luciano, dos influyentes hermanos vinculados a la mafia. Richard, un abogado de métodos oscuros, se obsesiona con ella hasta el punto de querer redimirse. Mientras tanto, Luciano vive un romance apasionado que se tambalea ante la reaparición de un antiguo amor. Entre juicios y traiciones, Cristal deberá decidir entre su libertad o la protección de hombres que ven el deseo como un arma letal.
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Capítulo 3

NARRA: RICHARD

No necesito más de dos segundos para sacar conclusiones.

Es suficiente con verla abrir la boca. Con escuchar el primer matiz de su voz. En ese instante lo sé: no tiene lo que se necesita. No aquí. No para este lugar. No para

sobrevivir donde la presión no da tregua y los errores se pagan caro.

No hay temple, tampoco hay precisión y mucho menos ese filo interno que separa a quienes resisten de quienes se quiebran.

Es amable, sí. Demasiado. Su sonrisa está bien dibujada, casi cuidada, como si no

comprendiera todavía dónde se ha metido. Como si no entendiera que esto no es una entrevista cualquiera, ni un trámite más en una lista de intentos fallidos. Esto es una prue ba. Una criba. Una guerra silenciosa.

Y ella entra sonriendo. La observo sin disimulo, cruzado de brazos, dejando que mi mirada la recorra con frialdad clínica. Analizo cada gesto, cada respiración, cada

mínimo movimiento. Su voz tiene una calidez que me irrita. Me exaspera. Me parece fuera de lugar. Aquí no hay espacio para tonos suaves ni para miradas que buscan agradar.

Lo que más me molesta no es ella, Es Luciano. Mi hermano no deja de mirarla.

Apenas disimula su interés. Está inclinado hacia adelante, atento, como si todo el cansancio del día se le hubiera evaporado apenas esa mujer cruzó la puerta. Veo cómo se le tensan los hombros, cómo sus dedos se crispan contra el borde del

escritorio.

¿Desde cuándo le basta con una cara bonita?

Aprieto la mandíbula. Dejo que el silencio pese sobre la sala, deliberadamente.

Quiero ver qué hace. Quiero medir cuánto soporta sin que nadie la sostenga. Los segundos se estiran. Ella no habla. Respira. Mantiene la postura.

Eso me incomoda. –Dígame algo, señorita Liens –rompo al fin el silencio. Mi tono es seco, sin adornos. No suavizo las palabras. No lo haré. –¿Qué conocimientos tiene sobre abogacía?

La observo de cerca ahora, como un bisturí dispuesto a cortar cualquier ilusión antes de que eche raíces.

–Porque, hasta donde entiendo, no terminó sus estudios universitarios –añado. – Y

aquí la mediocridad no tiene lugar. No veo preparación, no veo base, no la veo capaz.

Siento el movimiento de Luciano a mi lado, como se remueve en la silla, como su pierna golpea apenas contra el suelo. Sé que está conteniéndose, lo conozco

demasiado bien, pero no lo hace y realmente le aplaudo mentalmente porque al fin está haciendo las cosas como se deben y no actuando por impulso

Ella parpadea una sola vez, pero no desvía la mirada, no se encoge y mucho menos retrocede. Algo que cualquier otra persona haría antes mi acusación pero esta mujer no lo hace y la verdad me sorprende. –Tiene razón, señor Montalvo –responde.

Su honestidad me descoloca más que una excusa mal armada. Hay un segundo, apenas un segundo, en el que frunzo el ceño.

–No terminé la universidad, pero por falta de voluntad –continúa. – Y no, no tengo conocimientos específicos sobre leyes.

Luciano gira hacia ella, sorprendido, pero yo mantengo el gesto duro.

–Pero tengo voluntad de aprender. Como secretaria puedo adaptarme rápido, ser útil. Sé seguir instrucciones porque me he enfrentado a ambientes mucho más difíciles que este –añade, y ahí, justo ahí, noto la primera grieta: sus dedos se crispan sobre la tela de su falda. – Nunca me eché atrás. Jamás. Lo que no sé, lo aprendo. Lo que

ignoro, lo investigo. Si me dan una oportunidad, no van a lamentarlo.

La confianza que muestra, a pesar del nerviosismo que intenta ocultar, me incomoda. No es un discurso ensayado. No suena aprendido. Esa seguridad viene de otro lugar. De un sitio que no aparece en el currículum.

Pero no pienso ceder. –Las oficinas de este estudio son rigurosas –le digo, bajando el tono, arrastrando cada palabra como si pesara . – Aquí no hay tiempo para que alguien "aprenda". No somos una escuela. Necesitamos resultados inmediatos. Eficiencia , precisión, y sobre todo, silencio.

Me inclino apenas hacia adelante. –Nada de risas innecesarias, na da de opiniones fuera de lugar, nada de sensibilidad mal entendida. ¿Lo entiende?

Ella asiente sin titubear. –Sí, señor. Claramente.

Sostiene mi mirada, no la esquiva. Eso me provoca una sensación incómoda en el pecho. Como una presión sorda.

–Bien –digo, incorporándome. – En tres días estaremos llamando a la persona

seleccionada. Si usted no recibe la llamada ... –alzo apenas las cejas– le recomiendo seguir buscando trabajo. Quizá en una cafetería, o en algún lugar donde las sonrisas y las piernas largas importen más que las credenciales.

Luciano se tensa a mi lado. Lo siento incluso sin mirarlo. Su respiración se vuelve más pesada.

Ella se levanta con la misma calma con la que habló. No hay derrota en su gesto. Pero sí veo algo mínimo: un parpadeo más lento, una inhalación profunda, como si se

recompusiera por dentro.

Camina hacia la puerta con pasos contenidos. Medidos. Como si cada movimiento estuviera bajo control.

Pero justo cuando su mano roza el picaporte, se detiene y gira apenas el rostro. –

Tengo entendido que los abogados suelen ser personas diplomáticas –dice en un

tono es punzante, preciso y quirúrgico.–O al menos saben fingirlo frente a sus

clientes. Pero usted ... –me mira de lleno ahora– parece haber olvidado incluso cómo disimular la arrogancia. Entra primero en la habitación y no deja espacio para nada más.

Luciano sonríe y se endereza de golpe. Ella se gira por completo. Y lo que encuentro en su mirada no es altanería. No es súplica.

–Sé que no soy lo que esperaban –continúa. – No tengo un apellido con peso en tribunales. No vengo de una familia con contactos, no aparezco en los círculos sociales correctos y no terminé mi carrera.

Hace una pausa y su mandíbula tiembla apenas, mostrando una grieta mínima, pero la contiene. –Pero he sostenido procesos sola, sin más armas que mis palabras y mi convicción. He llenado formularios para mujeres que lloraban en silencio. He

acompañado a niños que no sabían cómo hablarle al sistema. He escuchado a ancianos que el mundo decidió olvidar.

Luciano aprieta los puños. Lo veo de reojo. Está completamente involucrado.

–He aprendido a mantenerme en pie –añade– incluso cuando todo a mi alrededor

exigía que me derrumbara. Así que, señor Montalvo... –pronuncia mi apellido como si pesara– si usted considera que no estoy a la altura de su prestigioso estudio, le

agradezco por no darme la oportunidad de trabajar con alguien tan arrogante como usted.

Sin más, gira sobre sus talones y sale, haciendo que el portazo resuena como un disparo.

–Contratada –dice Luciano de pronto, con una sonrisa que no intenta ocultar.

Lo miro. –Contratada –repito, casi sin darme cuenta.

Ya que si esa mujer es capaz de enfrentarse a mí así, sin temblar, sin quebrarse,

entonces será capaz de sobrevivir a todo lo que entre por esa puerta y voy a ser

sincero conmigo mismo esa mujer no solo se ganó mi atención, se acaba de convertir en un problema y los problemas nunca me han dejado dormir tranquil o

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