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Portada de la novela La joven heredera y el impostor

La joven heredera y el impostor

Elías regresa al círculo de los Altamirano con un firme propósito: ejecutar su venganza. Sin embargo, su camino se cruza con el de Victoria, una heredera agobiada por las cargas familiares y un amor secreto. Mientras ambos descubren oscuros misterios, nace entre ellos una conexión tan intensa como peligrosa. Rodeados de traiciones y mentiras, deberán enfrentar verdades que amenazan con destruir su identidad y cambiar sus vidas para siempre.
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Capítulo 3

Elías no sabía si el jardín era realmente grande, o si todo en esa casa tenía la capacidad de parecerlo. Caminaba lento, con las manos en los bolsillos, evitando mirar hacia las ventanas. Aún se sentía un intruso, como si la ropa limpia no bastara para borrar el barro de la noche anterior.

No había nadie a esa hora. La empleada de uniforme gris le había indicado que podía caminar si quería, "mientras no moleste a nadie".

No molestaría a nadie. Él era experto en desaparecer sin moverse.

Se detuvo cerca del muro lateral. Desde allí podía ver parte de la casa: columnas blancas, ventanales altos, un balcón cerrado por enredaderas. Todo demasiado limpio. Todo demasiado lejos.

Giró la cabeza.

Ella estaba ahí.

A pocos metros. Sentada sobre el borde de una fuente apagada. Sola. Como si el jardín entero le perteneciera, pero ella no quisiera reclamarlo.

Vestía de negro, el cabello suelto, sin maquillaje. Tenía una novela abierta sobre las rodillas, pero no leía. Miraba un punto fijo entre los arbustos.

No lo había visto. O lo había visto, pero fingía no hacerlo.

Elías se quedó quieto. Por reflejo. Por instinto. Como si entrar en su campo visual fuera un error. Como si fuera peligroso... o sagrado.

La chica cerró el libro con calma. Alzó la vista.

Los ojos se encontraron.

Un segundo.

Dos.

Ella no dijo nada.

Él tampoco.

Después, como si fuera lo más natural del mundo, se levantó y caminó hacia él.

-¿Tú eres el nuevo?

Elías dudó.

-Supongo.

-¿Qué haces aquí?

-Me dijeron que podía salir.

Ella entrecerró los ojos, sin perder la calma.

-Eso no fue una queja.

El silencio se alargó.

-¿Tienes nombre? -preguntó.

-Elías.

-¿Y apellido?

-No uso apellido.

La respuesta la sorprendió. No por insolente, sino por desnuda.

-Curioso -murmuró, dando un paso más cerca-. Mi padre suele ser reservado, pero no con desconocidos.

Elías no respondió. Bajó la vista, sin inclinar la cabeza.

-Te vi anoche -dijo ella-. Desde arriba. No dormiste.

-¿Y tú sí?

La pregunta salió antes de que pudiera frenarla. Victoria alzó una ceja. No sonrió. Pero tampoco se fue.

-¿Sabes lo que haces aquí?

-No del todo.

-Entonces tenemos algo en común.

Elías parpadeó, desconcertado.

-¿Tú tampoco sabes qué haces aquí?

Victoria le sostuvo la mirada.

-No siempre se escoge el lugar que se habita. A veces uno solo aprende a aguantarlo sin gritar.

Elías no supo qué decir. Esa frase... la había escuchado, o pensado, o sentido antes. Pero en otra lengua. En otro encierro.

Victoria se volvió. Se alejó sin mirar atrás.

Él la observó hasta que desapareció entre los senderos. Como si la sombra que dejaba al irse fuera más real que ella misma.

Fragmento de memoria – No cronológico

Luz de tubo. Silla metálica.

Una niña. Cabello trenzado. Silencio obligado.

Un cuaderno viejo. Una palabra escrita con lápiz.

"Elías".

Alguien la borra con la palma.

-Nadie debe saber tu nombre.

Oficina de Renato – Más tarde

-¿Cómo te has sentido hoy? -pregunta Renato, sin levantar la vista de los papeles.

-Bien -dice Elías.

-¿Ya conociste a alguien de la familia?

-Una chica. No sé si es de la familia.

Renato asiente con un gesto apenas perceptible.

-Victoria. Mi hija. Es difícil no verla.

-No parece querer que la vean.

Renato guarda silencio. Cierra una carpeta con más fuerza de la necesaria.

-Ella es así. No esperes que te hable dos veces.

-No la buscaré.

-Mejor.

Pero el tono de Renato no sonaba a advertencia. Sonaba a advertencia para sí mismo.

Victoria vuelve a su habitación, se encierra. Tira el libro sobre el escritorio, sin cuidado. Se detiene frente al espejo.

-No usa apellido -dice en voz baja, como repitiendo algo que no encaja.

Abre el cajón de su escritorio. Saca una fotografía en blanco y negro. Dos hombres en una fábrica antigua. Uno lleva un overol. El otro, un niño al lado. El rostro del niño está marcado con una cruz hecha a lápiz.

Victoria lo observa, pero no con miedo. Con duda.

Como si algo empezara a descongelarse.

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