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Portada de la novela La Identidad Robada De La Madre

La Identidad Robada De La Madre

Sofía enfrenta una realidad devastadora tras hallar una grave irregularidad en el acta de nacimiento de su hijo Leo. Su esposo Mateo ha permitido que Ximena, una compañera de trabajo, suplante la identidad materna en el registro oficial. El objetivo del engaño era usar los beneficios de Sofía para inscribir a la hija de su colega en un colegio prestigioso. Ante tal traición, ella decide divorciarse y luchar legalmente para que el niño lleve únicamente su apellido.
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Capítulo 2

El aire acondicionado de la oficina del Registro Civil zumbaba de manera monótona, un sonido que hacía que el calor sofocante de la Ciudad de México se sintiera como un recuerdo lejano. Sostenía los papeles de mi hijo recién nacido, Leo, con una mano, mientras con la otra me acomodaba el cabello que se me había pegado a la frente por el sudor del trayecto. El empleado detrás del mostrador me miró con aburrimiento, esperando a que terminara de revisar el acta de nacimiento.

"¿Todo en orden, señora Rivas?"

Asentí sin mirarlo, mis ojos recorriendo las líneas de tinta negra sobre el papel oficial. Leo Herrera Rivas. El nombre de mi hijo. El apellido de su padre, Mateo, y el mío. Todo parecía correcto. Pero entonces, mis ojos se detuvieron en la sección de los padres.

Ahí estaba el nombre de mi esposo, Mateo Herrera. Y debajo, donde debería estar mi nombre, Sofía Rivas, había otro.

Ximena Solís.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones. Parpadeé, pensando que era un error, una mancha de tinta, una alucinación producto del cansancio de las últimas semanas sin dormir. Volví a leer. El nombre seguía ahí, claro como el agua. Ximena Solís. Y no solo eso, en la sección de datos adicionales, aparecía el nombre de su hija, Luna Solís, registrada bajo la misma acta, bajo nuestro mismo domicilio.

El empleado carraspeó, impaciente.

"Señora, ¿hay algún problema?"

Levanté la vista, mi cara seguramente pálida como el papel que sostenía. No pude hablar. El zumbido del aire acondicionado se convirtió en un rugido en mis oídos. Ximena Solís. La colega de Mateo. La chef que trabajaba con él en su nuevo restaurante. La madre soltera a la que Mateo "solo estaba ayudando".

Un torrente de furia helada me recorrió el cuerpo, desplazando la conmoción inicial. De repente, todo cobró sentido. La insistencia de Mateo en registrar al bebé en esta delegación específica. Sus evasivas cuando le preguntaba por los detalles. Y lo más importante, la escuela de élite asociada a mi casa de modas, Rivas Alta Costura. La escuela a la que solo podían asistir los hijos de los empleados o los niños que vivieran dentro del domicilio registrado de la familia.

Ximena había usado a mi hijo. Había usado mi casa, mi dirección, para meter a su hija en una de las mejores escuelas del país. Y Mateo lo había permitido. No, él lo había hecho posible.

"Hay un error", dije finalmente, mi voz sonando extraña, metálica. "Un error muy grave".

Salí de esa oficina sintiendo que caminaba sobre nubes de rabia. En el coche, con el acta de nacimiento arrugada en mi puño, llamé a Mateo. Contestó al tercer tono, con la voz alegre y despreocupada.

"Mi amor, ¿qué tal todo? ¿Ya tenemos oficialmente a un pequeño Herrera Rivas en la familia?"

"¿Por qué está el nombre de Ximena Solís en el acta de nacimiento de mi hijo, Mateo?"

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio culpable.

"Ah, eso. Sofía, no te enojes, puedo explicarlo".

"Estoy esperando".

"Es que... Ximena estaba desesperada. La escuela de Luna es muy importante para su futuro y no tenía cómo inscribirla. Era solo un favor, un papel. Ponerla en el acta como tutora secundaria nos permitía usar nuestra dirección. No significa nada, mi amor. Es solo burocracia".

"¿No significa nada?", repetí, incrédula. "¿Poner a otra mujer en el acta de mi hijo no significa nada? ¿Usar mi casa para sus planes sin siquiera consultarme no significa nada?".

"Estás exagerando, Sofía. Solo quería ayudar. Sabes cómo soy, me gusta apoyar a la gente que lo necesita. Ximena ha pasado por mucho".

"¿Y yo? ¿Yo no necesito nada? ¿No necesito el respeto de mi propio esposo?".

"Claro que sí, pero son cosas diferentes. Esto era una emergencia para ella".

La frialdad con la que despachaba mi dolor me dejó sin aliento. No era solo ingenuidad. Era una falta de respeto tan profunda, tan absoluta, que me sentí como una extraña hablando con un desconocido.

Colgué el teléfono sin despedirme. Mi mente, que había estado nublada por la ira, de repente se aclaró con una determinación helada. Él quería ayudar a otros, ¿verdad? Pues yo iba a ayudarme a mí misma.

Mi siguiente llamada fue a mi abogado, un viejo amigo de la familia.

"Arturo, necesito tu ayuda. Es una emergencia".

Le expliqué la situación con una calma que me sorprendió a mí misma. Cada palabra era un paso, una acción que me devolvía el control que Mateo y Ximena me habían quitado.

"Quiero anular esa acta de nacimiento inmediatamente. Y quiero registrar una nueva".

"Sofía, eso es posible, pero tomará tiempo...", empezó a decir Arturo.

"No me importa. Hazlo. Y en la nueva acta, el niño solo tendrá un apellido. El mío".

Hubo una pausa.

"¿Estás segura, Sofía? Eso significa..."

"Sé lo que significa", lo interrumpí. "Mi hijo se llamará Leo Rivas. Punto".

Esa noche, cuando llegué a casa, la cuna de Leo en medio de la sala me recibió como un recordatorio silencioso de la familia que había soñado. Recordé las noches en que Mateo y yo, sentados en el sofá, discutíamos nombres, imaginando cómo sería nuestro hijo, qué sueños tendría. Él frotaba mi vientre y le susurraba promesas de amor y protección.

Todo se sentía como una mentira.

Subí a nuestra habitación. Sobre su lado de la cama, en la mesita de noche, dejé su reloj favorito y las llaves de su coche. Y junto a ellos, coloqué mi anillo de bodas. No dejé ninguna nota. No había nada más que decir. El silencio de esos objetos era más elocuente que cualquier grito. Era un recordatorio de todo lo que había puesto en esta relación, y una advertencia silenciosa de todo lo que estaba a punto de perder.

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