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La Historia de los Asesinos

La vida de una madre se desmorona tras perder a su hija, Luna. Ante la frialdad de su marido, Ricardo, y la intrusión de su amante, Isabel, la tragedia familiar escala al confirmarse el deceso de la pequeña. Sin embargo, anomalías en el hospital y una cremación sospechosa revelan una oscura trama de engaños. Decidida a desvelar la verdad tras las pruebas ocultas, ella iniciará una búsqueda de justicia letal contra quienes traicionaron su confianza.
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Capítulo 2

Era viernes por la tarde, un día que normalmente me llenaba de una tranquila alegría anticipando el fin de semana con mi hija, Luna, y mi esposo, Ricardo. Pero esa tarde, el aire se sentía pesado, cargado con una premonición que no podía nombrar. Mis suegros, como solían hacer de vez en cuando, habían venido a buscar a Luna para pasar el fin de semana en su casa. Era una rutina, una forma de que la niña pasara tiempo con sus abuelos, pero algo en su insistencia esta vez me había dejado una extraña sensación de inquietud.

«La traeremos el domingo por la noche, no te preocupes, Ximena», dijo mi suegra, sonriendo con una amabilidad que hoy me parecía forzada.

Vi cómo se llevaban a mi pequeña de cinco años, su manita agitándose en el aire mientras el coche se alejaba. Me quedé en la puerta mucho después de que desaparecieran de la vista, con un nudo formándose en mi estómago.

El sábado pasó con una lentitud tortuosa. Llamé varias veces, pero mis suegros siempre tenían una excusa para no ponerme a Luna al teléfono.

«Está jugando en el jardín, no la molestemos».

«Acaba de dormirse la siesta, pobrecita».

«Está viendo una película, está muy concentrada».

Cada excusa era plausible, pero juntas tejían una red de evasivas que me asfixiaba. Para el domingo por la mañana, la ansiedad se había convertido en un pánico sordo. Ricardo, mi esposo, notó mi estado de agitación y trató de calmarme con una paciencia condescendiente.

«Ximena, por favor, son mis padres. Saben cuidar a su propia nieta. Estás exagerando».

«No es eso, Ricardo. Es solo... un mal presentimiento. Prometieron traerla hoy, quiero que la traigan ya».

Él suspiró, un sonido que conocía demasiado bien. Era el sonido de su fastidio, el preludio de una discusión en la que yo siempre terminaba sintiéndome pequeña e irracional.

«No seas paranoica. La traerán por la noche, como dijeron. Deja de preocuparte por nada».

Recordé una vez, hace años, cuando apenas empezábamos a salir. Tuvimos una discusión terrible porque él había olvidado nuestro aniversario. Lloré, no tanto por la fecha olvidada, sino por la forma en que minimizó mis sentimientos, llamándome «demasiado sensible» y «dramática». Aprendí con el tiempo a tragarme mis emociones para mantener la paz, a convencerme de que tal vez él tenía razón, que yo era la que exageraba. Pero esta vez era diferente. No se trataba de un aniversario olvidado, se trataba de mi hija.

Traté de negociar, de encontrar un punto medio que calmara la tormenta dentro de mí.

«Está bien, pero llámalos. Diles que la traigan después de comer, no por la noche. Por favor, Ricardo».

Él tomó su teléfono de mala gana, marcando el número de sus padres. Pude escuchar la voz apagada de su madre al otro lado de la línea. La conversación fue corta. Ricardo colgó con una expresión de finalidad.

«Mamá dice que ya hicieron planes para llevarla a un parque de diversiones por la tarde. No seas así, Ximena, deja que la niña se divierta. Es bueno para ella».

Luego, añadió casi como un pensamiento secundario, algo que hizo que el hielo en mi estómago se extendiera a todo mi cuerpo.

«Además, Isabel también irá. Ayudará a cuidarla».

Isabel. La hija de la mejor amiga de mi suegra. Una mujer por la que Ricardo siempre había mostrado una admiración que rozaba lo inapropiado. De repente, la inquietud tuvo un nombre y una cara. Me senté en la mesa de la cocina, la comida que había preparado para nosotros ahora me parecía un montón de cenizas. No podía tragar. La traición era un sabor amargo en mi boca, una sospecha terrible que comenzaba a tomar forma en la oscuridad de mi mente. Ricardo no pareció notar mi silencio, ocupado como estaba con su teléfono, probablemente coordinando los detalles del día perfecto de otra persona.

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