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Portada de la novela LA HIJA DEL EMBAJADOR

LA HIJA DEL EMBAJADOR

Alisa Kolin, hija del embajador ruso en París, vive recluida hasta que el evento Euroyoung altera su destino. Un error de identidad durante un rapto fallido la vincula a Axel Ott, un agente suizo cuya operación se desmorona. Forzados a un matrimonio falso y unidos por heridas del pasado, ambos intentan reconstruir sus vidas entre el peligro y la desconfianza. Pese a los traumas y celos que los acechan, el azar les brinda una opción para sanar y amarse.
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Capítulo 3

3

Alisa aguantó la respiración mientras su madre le apretaba los lazos del corpiño que le obligaba a llevar desde que tenía quince años. La tela era poco elástica y le apretaba las costillas y los pechos, pero no se quejó. Sabía que si se alteraba el dolor que sufriría después, sería mayor.

—Acuérdate de no beber nada . Se te inflará la vejiga y querrás vaciarla y sabes que no puedes hacerlo.

Los ojos de la joven se llenaron de angustia y el bien conocido sentimiento de impotencia se instaló en su interior.

—Sí mamá, solo mojaré los labios, como hago siempre que acudo a algún evento.

—Y tampoco comas la porquería que os servirán. Los entrantes llevan harina y sal, los pasteles azúcar y los postres nata, y ni quiero nombrar la mantequilla —La señora Kolin dio un fuerte apretón a los lazos, provocando que su hija sufriera un repentino ataque de tos—. Y todo lo que es blanco es…

—Dañino —completó Alisa la frase cuando su madre se lo exigió con otro tirón.

—Y no dejes que ningún hombre te toque, ni siquiera la mano. Ya sabemos lo que buscan —le ordenó su madre con voz autoritaria al tiempo que sus manos apretaban el corsé con una rabia desmesurada.

Alisa asintió en silencio, casi sin aliento. Se esforzó en recuperar la compostura, la quietud en el estómago y el soplo apaciguado de los pulmones.

—Mamá, por favor, no aprietes tanto, me cuesta respirar —gimió doblándose sobre sí misma—. No dejaré que nadie me toque.

—Bien que le dejaste a Ian —le recriminó la madre con dureza.

—De eso hace mucho tiempo —se defendió débilmente. No quería avivar la llama del enfado de su madre y el tema Ian sacaría lo peor de ella.

—El tiempo no soluciona las cosas, sino las acciones. Como esta —tensó uno de los tirantes del hombro y lo soltó al instante provocando un latigazo doloroso en la piel de su hija—. Ya he terminado. Ahora, sube a la báscula.

Ante esa orden las rodillas de Alisa comenzaron a temblar. Soltó el aire retenido en los pulmones repasando en su mente los alimentos que había ingerido aquel día: batido de espinacas y piña para desayunar, acelgas con una loncha de pechuga para comer y media manzana verde para merendar. Debería estar en su peso de siempre.

Con esos pensamientos esperanzadores en mente puso un pie sobre la plataforma de cristal y después el otro. Dejó de respirar mientras el panel electrónico se normalizaba y enseñaba su peso: 50 kilos y 200 gramos. La mirada de su madre comenzó a arder.

—¿Y este aumento de peso?

—Solo son 200 gramos, mamá, prometo perderlos cuanto antes.

—Una vez que acabe el evento, tendrás que comenzar a ayunar. Permanecerás, al menos, catorce horas sin ingerir alimentos. No puedo quedarme de brazos cruzados presenciando cómo te conviertes en una foca; me pone de mal humor.

—Solo son 200 gramos, mamá —protestó su hija, al borde de las lágrimas. Una rápida bofetada cruzó su rostro dejándole en la mejilla derecha una mancha color escarlata. Alisa se tocó el pómulo bajando la cabeza. Parpadeó para disipar las lágrimas que habían asomado a sus ojos.

—No me desafíes. Sabes que todo lo que hago, lo hago por tu bien. Aspiro a un futuro brillante para ti, buscaremos como marido a un joven excepcional, con una carrera prometedora por delante. Y para que eso ocurra, debes estar perfecta, en todos los sentidos. De ese modo babu estará complacida, también. Que Dios nos ayude para que de una vez por todas te nombre la heredera de su imperio.

—Lo siento. No volverá a ocurrir —musitó arrepentida, cada vez más consciente de que su madre la intimidaba. No sabía si el miedo que oprimía sus pulmones se debía a sus bofetadas, a su mirada fría y cortante o a su voz chillona y áspera como el látigo del viento polar. O tal vez se debiera a todo aquel conjunto, capaz de helar hasta el lugar más caldeado de la tierra—. ¿Puede ponerme el vestido ya? Es casi la hora. Cristine llegará de un momento a otro.

Victoria Kolin frunció los labios y su hermoso rostro se tensó.

—No me gusta esta chica. Todo el día ingiriendo calorías.

—Por favor, mamá, Cristine es mi mejor amiga. La única que tengo —se apresuró Alisa a defenderla.

—Las amigas no sirven para nada. Uno llega al mundo solo y se marcha del mismo modo —sentenció Victoria malhumorada—. Tranquila, no me mires con esos ojos de cervatilla asustada, no te prohibiré que sigas con esta amistad…porque te conviene. Es la heredera de un gran imperio y eso la convierte en un contacto digno a tener en cuenta. ¿Sabes lo importante que es disponer de buenos contactos, verdad?

En cuanto Alisa asintió, se acercó al armario y sacó el vestido de su hija. Lo analizó con ojo crítico durante un largo secundo y revisó la cremallera lateral para asegurarse de que no cedería ni se abriría en un descuido.

Al cabo de un rato, concluyó la tarea e instó a Alisa a levantar los brazos y le deslizó el vestido por su cuerpo. Se trataba de un modelo de alta costura de Armani, de corte conservador, bastante holgado en la cintura y casi sin adornos. Era largo y voluminoso y pesaba muchísimo.

Alisa se contempló en el espejo rectangular bordeado por un marco dorado que ocupaba gran parte de la pared de la estancia. El look propuesto por su madre no la favorecía en absoluto, la hacía parecer desvalida y mayor. Su rostro lucía muy pálido en contraste con aquella tela oscura y rígida y sus ojos, de un cálido color miel, se veían demasiado grandes.

Una ráfaga de golpes en la puerta las sobresaltó.

—¿Quién se atreve a llamar de ese modo? —se extrañó la señora Kolin, mientras se encaminaba a la puerta. En cuanto la abrió, Cristine entró como una tromba de agua. Llevaba el impresionante vestido de Valentino medio desabrochado y los ojos enrojecidos por el llanto.

—¡Estoy acabada! —anunció al borde de la desesperación en cuanto puso un pie en la estancia—. No puedo llevar el vestido de mi madre porque…no me cabe —su voz se quebró y una lluvia de lamentos salió de sus labios—. Los nervios provocados por el evento de esta noche me han consumido y he comido más de la cuenta. ¿Qué voy a hacer ahora?

—Las calorías son veneno, ¿cuántas veces lo habré dicho ya? —la regañó Victoria disgustada—. Vamos, deja de lamentarte y ponte de pie. Aprieta el abdomen todo lo que puedas, intentaré abrochar las hebillas laterales.

Cristine apretó los labios asintiendo con una mezcla de ilusión y miedo. Abrió el puño dejando a la vista una servilleta arrugada impregnada de amargas lágrimas de desesperación. Se sonó la nariz con ella pero al advertir la mirada severa de la madre de su amiga, volvió a cerrar el puño, escondiéndola. Se irguió, cuadrando los hombros, y comprimiendo el abdomen todo lo que pudo. Fue en vano. La tela del vestido bordada con pedrería era poco flexible y por lo tanto, resultó imposible acoplarse a sus costados.

—Ni modo. Debemos encontrar otro vestido para ti —sentenció Victoria con la cara enrojecida por el esfuerzo—. Este no te entra aunque ayunes un mes entero. Cosa, que por cierto, deberías hacer lo antes posible.

—¡No! —volvió Cristine a dejarse llevar por la desesperación y el llanto—. Si no lo llevo esta noche le estaré fallando a mi madre. Fue su deseo que me lo pusiera en mi primer baile Euroyoung. Estoy aguardando este momento desde que tengo uso de razón. Por favor, ayúdeme.

—Tu madre…lo entendería —trató Alisa de calmarla. Se situó a su lado y le tomó las manos para animarla—. Vamos a tu habitación, estoy segura de que habrá algún otro vestido para ti.

—No tengo otro compuesto de fiesta —confesó Cristine negando con energía la cabeza. De pronto, su rictus se relajó y una media sonrisa iluminó su rostro—. ¿Y si intercambiamos los vestidos? El tuyo es muy holgado, seguro que me viene. De ese modo, mataremos dos pájaros de un tiro. El vestido de mi madre irá al baile, estoy segura de que ella, desde donde sea que esté, se alegrará. Sabe que te considero mi hermana. Y yo tendré solucionado mi problema.

—Alisa no puede llevar tu vestido…es muy escotado —se negó en rotundo la señora Kolin.

Cristine estalló en un llanto tan desgarrador que no pudo ser calmado hasta que enfundó su cuerpo en el vestido negro de Armani. La apretaba un poco también, pero al menos pudieron subir la cremallera.

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