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Portada de la novela La hija de mi esposa, mi tormento

La hija de mi esposa, mi tormento

Tras la muerte de su madre, Valeria queda a cargo de Alejandro, su padrastro. Él es un magnate severo veinte años mayor que no planeaba cuidar de la joven. El carácter rebelde de ella colisiona con la frialdad de este hombre, hasta que un secreto oculto y el dolor compartido transforman su mutua aversión en una atracción tan prohibida como peligrosa. Entre normas rígidas y deseos oscuros, ambos inician un romance que desafía toda lógica y moralidad.
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Capítulo 2

El sonido de mi despertador me pareció una cruel burla. Había pasado gran parte de la noche en vela, atrapada entre recuerdos dolorosos y pensamientos que no quería admitir ni en voz baja.

Abrí los ojos con dificultad y me quedé un momento mirando el techo blanco de la habitación.

No había posters de mis bandas favoritas, ni las luces de navidad que solía colgar en mi cuarto, ni el aroma a café con canela que mi madre solía preparar los domingos. Solo silencio y frío.

Me levanté a regañadientes y me puse unos jeans y una camiseta cualquiera. Mientras cepillaba mi cabello frente al espejo, sentí el nudo en la garganta. Era extraño mirarme y no reconocerme del todo.

Ya no era la misma chica despreocupada que hasta hacía unas semanas hacía planes con su madre para irse de viaje en verano. Ahora era... otra persona.

Una que vivía en una mansión que no sentía suya, bajo el mismo techo que un hombre al que no quería ni ver.

Bajé las escaleras lentamente, con la esperanza de que Alejandro ya hubiera salido. Pero no tuve suerte.

Allí estaba, sentado en la cabecera de la mesa larga de roble, con un periódico en las manos y una taza de café humeante a su lado.

Vestía de traje, como siempre, y parecía sacado de la portada de una revista de negocios. Ni una arruga, ni un gesto fuera de lugar.

-Buenos días -dijo sin apartar la vista de las páginas.

Me dejé caer en una silla, sin intención de fingir cortesía.

-Hola.

La empleada de la casa apareció enseguida, sirviéndome un vaso de jugo y un plato con fruta perfectamente cortada.

Todo demasiado perfecto, demasiado ajeno. Yo quería una simple taza de cereal, como las que me servía mi madre mientras hablábamos de cualquier tontería.

Traté de comer un poco, pero el silencio era tan incómodo que apenas podía pasar bocado. Entonces, Alejandro dobló el periódico con calma y me miró.

-Hoy iremos a la universidad para tu inscripción -dijo con ese tono grave que parecía dictar órdenes más que sugerencias.

Fruncí el ceño.

-¿Qué? ¿A la universidad?

-Sí. He hecho los trámites necesarios. Retomarás tus estudios.

-Yo no necesito que hagas nada por mí -le respondí, dejando el tenedor con fuerza sobre el plato-. No quiero que decidas mi vida.

Alejandro no se inmutó.

-Eres demasiado joven para tomar decisiones importantes. Y ahora estoy a cargo de ti. Terminarás una carrera.

-¡No eres mi padre! -exploté, la voz me salió más fuerte de lo que esperaba.

Él apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos, mirándome fijamente. Sus ojos grises parecían atravesarme.

-No soy tu padre -admitió sin vacilar-, pero soy tu tutor legal. Y como tal, velaré por lo que creo que es lo mejor para ti.

Apreté los puños, luchando contra las lágrimas de frustración. Era como hablar con una pared. Podía gritar, protestar, patalear, y aun así él seguiría firme, imperturbable.

Me levanté de golpe y salí de la mesa sin terminar el desayuno. Lo escuché suspirar detrás de mí, pero no dijo nada más.

---

El campus de la universidad era bullicioso, lleno de estudiantes que corrían de un lado a otro, riendo, charlando, cargando libros. Me sentí fuera de lugar, como si yo no perteneciera allí.

Alejandro caminaba a mi lado, impecable en su traje oscuro, atrayendo miradas curiosas a cada paso. Algunas chicas lo observaban con disimulo, y eso me hizo hervir de rabia por motivos que no quería analizar.

-¿De verdad tenías que traerme tú? -murmuré con fastidio.

-No confío en que hagas las cosas sola -respondió sin mirar.

Rodé los ojos. ¿Quién se creía para tratarme como una niña incapaz?

Entramos al edificio principal, donde nos entregaron mi nuevo horario de clases. Tomé el papel y mis ojos recorrieron la lista de materias... hasta que un nombre me dejó helada.

«Derecho Empresarial II. Profesor: Alejandro Cruz.»

Me dio un escalofrío de golpe. Miré el papel una y otra vez, convencida de que era un error.

-Esto no puede ser... -susurré.

Alejandro arqueó una ceja al notar mi expresión.

-¿Qué sucede?

-¿Qué sucede? -le mostré el horario con las manos temblorosas-. ¡Aquí dice tu nombre!

Él lo miró por encima y asintió con calma.

-Sí. Soy profesor invitado en esta facultad desde hace años.

Lo miré boquiabierta.

-¿Quieres decir que... vas a ser mi profesor?

Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, una sonrisa fría y peligrosa.

-Exacto.

Me quedé paralizada, sintiendo cómo el suelo se desmoronaba bajo mis pies. No solo tendría que soportarlo en casa, imponiéndome reglas y controlando mi vida.

También tendría que verlo todos los días en la universidad, sentado frente a un aula, dictándome órdenes académicas. Era demasiado.

-No pienso asistir a esa clase -dije con rabia.

-No es negociable -respondió con firmeza-. Si quieres avanzar, tendrás que tomarla.

Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser.

---

Ya en casa, encerrada en mi habitación, no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Caminaba de un lado a otro, mordiéndome las uñas, incapaz de calmarme. La idea de tenerlo como profesor me resultaba sofocante.

Me tumbé en la cama y abrí mi cuaderno. Empecé a escribir, un hábito que había heredado de mi madre. «Querido diario», escribí, aunque sabía que no se trataba de un diario real. Solo era un cuaderno en el que vertía mis pensamientos para no ahogarme.

Escribí sobre la rabia que sentía hacia Alejandro, sobre cómo me trataba como a una niña incapaz de decidir. Escribí sobre la universidad, sobre lo atrapada que me sentía. Y entonces, sin querer, escribí sobre sus ojos. Sobre su voz, sobre la forma en que imponía respeto sin necesidad de gritar.

Me detuve horrorizada. Arranqué la hoja y la hice pedazos. No podía permitir ni un pensamiento de ese tipo. Era mi padrastro, el esposo de mi madre muerta. Pensar en él de otra manera era un sacrilegio.

Apagué la luz y me tapé hasta la cabeza con las sábanas. Pero en la oscuridad, su rostro volvió a aparecer en mi mente, serio, frío, observándome como si siempre estuviera allí, incluso cuando no lo veía.

Y lo supe:

Lo que sentía no era solo odio y esa verdad me aterraba más que cualquier otra cosa.

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