
La Hija Adoptiva Encuentra a Su Familia
Capítulo 2
El recuerdo de mi vida pasada era una herida que no cerraba, una pesadilla que se repetía en mis sueños. Morí en ese escenario, humillada y con el corazón roto, viendo cómo mi "hermana" adoptiva, Catalina, recibía los aplausos que me pertenecían, todo gracias al "sistema de intercambio de pasos de baile" que nuestros padres adoptivos nos implantaron. Me usaron como una herramienta, una fuente de talento para su hija biológica. Pero en esta vida, el telón se levantaría para una obra diferente, una donde yo escribiría el final. He renacido, y esta vez, el dolor sería para ellos.
Hoy era el día de la audición final para la beca internacional de la prestigiosa Academia de Danza "Alma Gitana". El aire en el teatro estaba cargado de tensión, los susurros de los otros aspirantes eran como un zumbido constante. Yo estaba en el centro del escenario, bajo la luz cegadora de los reflectores, sintiendo todas las miradas sobre mí.
El maestro Antonio, el director de la academia, me miraba con expectación desde la primera fila.
Tomé una respiración profunda, no para calmar mis nervios, sino para saborear el momento. Miré directamente a mi familia adoptiva, sentada junto al director. Ricardo, mi padre adoptivo, tenía una expresión calculadora, Elena, mi madre adoptiva, forzaba una sonrisa de apoyo que no llegaba a sus ojos fríos, y a su lado, Catalina, mi hermana adoptiva, me miraba con una mezcla de envidia y suficiencia, segura de su victoria.
Antes de que la música comenzara, me incliné hacia el micrófono en el borde del escenario. Mi voz, clara y firme, resonó en el silencio del teatro.
"Mi éxito es inevitable."
Un murmullo recorrió la audiencia. Vi la confusión en el rostro del maestro Antonio, el destello de ira en los ojos de Ricardo y la sonrisa burlona de Catalina, que seguramente pensó que me había vuelto loca por la presión.
Elena aplaudió suavemente, un gesto para las apariencias.
"¡Qué confianza, querida! ¡Así se habla!"
Su voz sonaba dulce, pero yo conocía el veneno que escondía. Para ellos, mi confianza era solo una prueba más de mi arrogancia, una que disfrutarían aplastar.
La música comenzó a sonar, las cuerdas de la guitarra flamenca llenaron el aire. Pero en lugar de ejecutar la compleja coreografía que había practicado hasta el agotamiento, mis movimientos fueron deliberadamente torpes, descoordinados, una parodia de la bailarina que era. El sistema de intercambio, ese chip que conectaba nuestros sistemas nerviosos, estaba activo. Cada uno de mis errores, cada paso en falso, cada giro fallido, se estaba transfiriendo directamente a Catalina. Ella, que esperaba recibir mi talento, estaba recibiendo mi fracaso calculado. Y yo, a cambio, estaba recibiendo su mediocre pero pasable ejecución.
Mientras "bailaba mal", mi mente no estaba en el escenario, sino en la semana anterior, en una oficina de lujo en el centro de la ciudad. Frente a mí estaba sentado Miguel Reyes, un exitoso empresario del mundo del espectáculo, pero más importante, mi hermano biológico. Él me había encontrado, me había contado la verdad sobre mi origen: soy hija de los Reyes, una legendaria estirpe de bailaores de flamenco.
"Sofía, hemos sufrido mucho buscándote," me dijo con una voz llena de una calidez que nunca había conocido. "Esa gente te robó no solo tu infancia, sino tu legado. Pero ya se acabó. Vamos a recuperar todo lo que es tuyo."
Firmé el contrato que me puso enfrente sin dudarlo. No era un contrato de representación artística, era un pacto de guerra. Con los recursos de mi verdadera familia, el plan para exponer a los Méndez estaba en marcha.
Cuando terminé mi "desastrosa" audición, hubo un silencio incómodo. Me retiré del escenario sin mirar a nadie, manteniendo una expresión neutra.
En el coche de vuelta a casa, el ambiente era pesado. Catalina no podía contener su alegría maliciosa.
"Vaya, hermanita, ¿qué fue eso? ¿Te comieron los nervios?"
Sacó su celular y empezó a leer en voz alta los comentarios de la transmisión en vivo de la academia.
"'¿Esa es Sofía Méndez? Pensé que era la mejor, qué decepción.' 'Jajaja, parece que la presión pudo con ella.' 'Catalina seguro que lo hará mucho mejor, ella sí tiene temple.'"
Se reía con cada comentario, su voz era un chirrido desagradable.
Ricardo conducía con la mandíbula apretada. "Espero que tu desastre no afecte la percepción que los jueces tienen de nuestra familia, Sofía."
"No te preocupes, papá," dijo Catalina, pasándole un brazo por los hombros a Elena. "Yo salvaré el honor de la familia. Con los pasos que he estado 'aprendiendo' de Sofía, esa beca es mía."
Ahí estaba. La confesión. El "aprendizaje". Así llamaban al robo. Recuerdo perfectamente el día que me implantaron el chip. Tenía apenas diez años. Me dijeron que era una "vitamina especial" para mejorar mi baile. Me sentí mareada y confundida. Después, Elena me sentó en su regazo, su abrazo era frío como el hielo.
"Escúchame bien, Sofía," susurró en mi oído. "Tu único propósito en esta casa es ayudar a Catalina. Tu talento es para ella. Si ella brilla, nosotros brillamos. Si tú intentas opacarla, te haremos la vida imposible. ¿Entendido?"
Ese día entendí que yo no era una hija, era una inversión. Una herramienta viviente.
Catalina interrumpió mis recuerdos, su voz llena de una falsa preocupación.
"Por cierto, Sofía, vi que Alejandro, el hijo de los socios de papá, te estaba mirando mucho. Ni se te ocurra acercártele. Él está fuera de tu alcance. Concéntrate en lo tuyo, aunque hoy demostraste que ni para eso sirves."
Elena asintió, añadiendo su propia dosis de veneno.
"Tu hermana tiene razón. No queremos distracciones. Mañana anuncian los resultados de la beca. Prepárate para aplaudirle a Catalina. Será un gran día para la familia."
Un gran día, sin duda. Pero no para su familia. Para la mía. La verdadera. Sonreí para mis adentros. La función apenas estaba por comenzar.
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