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Portada de la novela La herencia de la Reina

La herencia de la Reina

Tras el fallecimiento de su madre ausente, Valeria hereda la mitad de un vasto imperio de hoteles. Al reclamar su legado, descubre un vínculo oculto con la poderosa familia Valenzuela que cambiará su vida. Con el apoyo de Alejandro, un seductor director ejecutivo, se sumergirá en los misterios de su origen. Sin embargo, la lucha por su fortuna la arrastrará a un difícil triángulo amoroso mientras intenta resolver los enigmas que rodean su pasado familiar.
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Capítulo 3

La noche había caído lentamente sobre la mansión Renier, bañando el gran salón con una luz suave que provenía de los candelabros de cristal. El ambiente, cargado de una sofisticación silenciosa, parecía estar diseñado para impresionar a cualquiera que lo pisara, y Valeria no podía evitar sentirse como una extraña en medio de todo ello. Los muebles antiguos y la decoración refinada de la sala contrastaban con su mundo sencillo, casi humilde. Las paredes, adornadas con retratos de antepasados, parecían observarla con una curiosidad implacable, como si estuvieran preguntándose qué hacía ella allí.

Alejandro la había conducido por la mansión, mostrándole habitaciones, pasillos y jardines, explicándole brevemente la historia de la familia Renier. Sin embargo, Valeria sentía que nada de eso le importaba realmente. Su mente estaba fija en lo que le había dicho el abogado: su madre había sido parte de esa familia. ¿Qué significaba eso? ¿Cómo? No podía entenderlo. De alguna manera, todo lo que había aprendido hasta ese momento sobre su madre, su vida y su abandono se desmoronaba ante ella como un castillo de naipes.

A lo lejos, escuchó risas y conversaciones. Fue entonces cuando Alejandro, con una leve sonrisa, le indicó que la reunión con los miembros de la familia Valenzuela comenzaría en breve. El momento había llegado. La reunión no era solo una formalidad para poner en orden los asuntos legales de la herencia; estaba a punto de conocer a las personas que, al parecer, habían sido parte fundamental de la vida de su madre, aunque Valeria no tenía idea de cómo.

Alejandro la condujo a un salón principal, donde una gran mesa de comedor de roble macizo estaba rodeada por varias figuras elegantes. Los Valenzuela no escatimaban en nada: la ambientación de la habitación, la atención a los detalles, hasta la ropa de los presentes mostraba una elegancia que parecía innata. Valeria no podía evitar sentirse fuera de lugar, con su vestido sencillo y su cabello recogido apresuradamente. Por un momento, deseó que las paredes pudieran tragarse su ansiedad.

Alejandro se adelantó a ella, y, al instante, todos los ojos en la sala se dirigieron hacia ella. Algunos eran miradas curiosas, otras más frías, pero todas parecían evaluarla con una intensidad que la hacía sentir incómoda.

-Señorita Gómez -dijo una mujer de cabello largo y oscuro, que se levantó para estrechar su mano. Su mirada era afable, pero Valeria pudo notar una pizca de desconcierto en sus ojos-. Soy Claudia Valenzuela. Es un placer conocerte finalmente.

Valeria asintió, intentando no dejar que su nerviosismo fuera evidente. Claudia tenía una postura impecable, y la sonrisa que le ofreció era cordial, pero algo en ella le hizo pensar que no estaba siendo completamente sincera. Mientras se saludaban, Valeria pudo ver a otro hombre que permanecía en el fondo, observando en silencio.

-Mi hermano, Hugo -murmuró Claudia, señalando al hombre que no había hablado. Valeria notó que su presencia era aún más dominante que la de Claudia. Hugo Valenzuela era un hombre de unos 40 años, con el cabello perfectamente peinado hacia atrás y un rostro severo que no dejaba entrever ninguna emoción. Su mirada era fría, distante. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

A su lado, Alejandro comenzó a presentarle a otras figuras de la familia, algunos aparentemente más jóvenes, otros mayores, pero todos con una aura de poder y distinción que la hacían sentirse pequeña. En ese momento, Valeria comprendió que estaba en medio de algo mucho más grande de lo que había imaginado.

La conversación comenzó con tópicos triviales sobre la herencia, las propiedades y la cadena de hoteles, pero Valeria no podía concentrarse. Su mente seguía dando vueltas a la misma pregunta: ¿Cómo había estado vinculada su madre con esta familia? Sus ojos se desviaban hacia las paredes, los cuadros de antepasados, preguntándose si su madre había estado allí, en ese mismo lugar, en esas mismas habitaciones, sin que ella lo supiera. ¿Por qué la había dejado? ¿Por qué no le había hablado de ellos?

Fue entonces cuando escuchó a Hugo Valenzuela hablar, y su tono de voz la sacó de su ensimismamiento.

-Nos sorprende mucho que la señora Gómez no le haya informado de su verdadera herencia -dijo, mirando a Valeria con una expresión seria-. Aunque la familia siempre fue reservada, nunca imaginamos que la joven nunca hubiera sido consciente de sus orígenes. Es una lástima, realmente.

Valeria sintió un nudo en el estómago. Algo en sus palabras le sonó a reproche, y no pudo evitar preguntarse si su madre había tenido la oportunidad de contarle sobre su legado, pero había decidido callar. ¿Por qué ocultarles algo tan importante?

-Lo cierto es que los Valenzuela han sido una familia unida en sus negocios, pero a veces, ciertos asuntos personales se complican. Es lamentable que Alicia no haya sido capaz de transmitirte la importancia de lo que ahora te pertenece -continuó Hugo, con un tono que mostraba más indiferencia que empatía.

Valeria no sabía si lo que sentía era rabia o confusión. La idea de que su madre no le hubiera contado nada sobre su pasado, sobre sus conexiones con esa familia, la hacía sentirse traicionada.

Claudia, al notar la tensión en el aire, intervino rápidamente para suavizar el ambiente.

-Pero estamos aquí para ayudarte a entender todo esto, Valeria. Alejandro ha estado muy involucrado en los negocios de la familia, y se asegurará de que todo se maneje de manera adecuada. Estoy segura de que te ayudará a integrarte rápidamente.

Valeria miró a Alejandro, que había estado en silencio observando el intercambio. Sus ojos oscuros se posaron sobre ella por un momento, y Valeria pudo ver una mezcla de preocupación y comprensión en su rostro. Quizás él también entendía lo que se sentía estar atrapada en un lugar donde no te pertenecía, en un mundo lleno de reglas que no habías elegido.

-Estoy aquí para lo que necesites, Valeria -dijo finalmente Alejandro, su voz suave pero firme-. Mi familia, aunque un tanto distante, tiene sus razones para mantener ciertos secretos. Pero ahora que eres parte de todo esto, yo me aseguraré de que tengas la información que necesitas. Podemos ir paso a paso, no tienes que preocuparte.

Esas palabras, aunque reconfortantes, no lograron disipar la tormenta de dudas que Valeria tenía en su interior. ¿Por qué ahora? ¿Por qué ella? Y, sobre todo, ¿qué significaba todo esto para su futuro? ¿Podría encajar en un mundo tan ajeno al suyo?

La conversación continuó, pero Valeria ya no escuchaba. Todo lo que pasaba por su mente era la imagen de su madre, su vida oculta, los secretos que probablemente nunca podrían ser desvelados.

Al final de la reunión, Hugo Valenzuela se levantó, indicándoles que la cena estaba lista. A pesar de su frialdad, la familia se mostró bastante cordial. Alejandro se acercó a Valeria cuando todos comenzaron a levantarse.

-No te preocupes, Valeria. Todo esto tomará tiempo. Pero lo importante ahora es que estás aquí, y que vas a empezar a entender lo que está en juego.

Valeria asintió sin decir nada, sus pensamientos aún atrapados en la maraña de secretos familiares. Mientras caminaba hacia el comedor, la sensación de estar fuera de lugar se hacía cada vez más fuerte. Sabía que la única manera de encontrar respuestas era adentrarse más en ese mundo, un mundo que, por más que lo intentara, no podía comprender del todo.

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