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Portada de la novela La Herencia de Alba

La Herencia de Alba

Santander, 1918. Alba Ansorena, de linaje aristocrático, busca romper con las imposiciones de su clase. El verano se complica con la aparición de su abuela cubana, quien trae consigo secretos familiares ocultos. En plena crisis por la epidemia de gripe, Alba inicia un romance prohibido con Eduardo Arias, un viudo marginado por el escándalo. Mientras la nobleza vive ajena a la miseria, ella deberá elegir entre su estatus o un amor marcado por el misterio.
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Capítulo 1

Chapter 1

El silbato del tren anunció la proximidad a la estación de Santander. Mi madre, que había aguantado el viaje sin perder la correcta postura y sin que se le descolocase un pelo, levantó la mirada de la revista que ojeaba con la indolencia del empedernido viajero. Provenía de una familia de rancio abolengo y esmerada educación en las formas sociales. Había aportado al matrimonio el título del marquesado de Lucientes. Mi padre, como era habitual en él, se hallaba en el vagón restaurante, perdido entre el humo de los habanos y las sucesivas copas mientras debatía con otros caballeros aburridos. Su aportación al matrimonio había sido el dinero que le faltaba a la señorita marquesa. Una unión de conveniencia que no se habían preocupado de ocultarme, tal era el hastío de ambos con la situación. Hasta donde yo sabía ninguno era infiel. Tampoco me había molestado en profundizar sobre sus vidas.

—Alba, arréglate un poco. ¿Cómo te las apañas para arrugar tanto el vestido?

No había censura en la observación, sino verdadera curiosidad. Para mi madre resultaba incomprensible que yo fuera carne de su carne y no hubiera heredado ninguna de sus perfecciones, excepto sus insulsas facciones.

—Estoy deseando llegar y salir de este horno —objeté.

—Una dama no suda, no seas vulgar —corrigió instintivamente, pues había renunciado, hacía años, a que me pareciera a ella.

Desde que nací no tuve mucho contacto con mis padres. Ocupados en bailes, conciertos y cenas sociales, me dejaron en manos de las niñeras y, más adelante, con la institutriz. Fueron años felices en los que doña Amparo, además de instruirme en aritmética, francés, geografía, literatura e historia, me introdujo en el maravilloso mundo de las reivindicaciones femeninas; por supuesto, a espaldas de mis padres. Era una mujer muy culta y con conocimiento de idiomas, así que seguía los avances de las mujeres en la lucha por sus derechos tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Me enseñó el valor de la independencia, la satisfacción de valerse por una misma, de no depender de nadie, y eso me condujo a la inevitable incomprensión y alejamiento del estilo de vida de mis progenitores.

El tren se detuvo y, solo entonces, mi madre, sin prisa pero sin pausa, recogió sus cosas, se colocó diestramente el sombrero y se puso de pie. Yo aguardé y la seguí mientras ella se abría paso por el vagón con gran elegancia: erguida, con movimientos pausados y mirada al frente, como si nada de lo que la rodeara despertara su interés. Por el contrario, yo movía la cabeza en todas las direcciones, empapándome de los detalles, de los vestidos, de las personas que nos rodeaban, de los colores, de las voces y de la vida en definitiva. En el andén nos aguardaba mi padre, quien se había encargado de contratar un mozo de cuerda para que se hiciera cargo del equipaje.

—Basilio ha venido a buscarnos —informó—. Ha ido con el ayuda de cámara para indicarle la carreta que ha alquilado para transportar los baúles. Será mejor que esperemos aquí su regreso, en el coche hará demasiado calor.

Me entretuve observando a la gente que había bajado del tren: unos saludaban a los familiares que habían acudido a recogerlos; otros, con una pequeña maleta, caminaban deprisa hacia el exterior. El rigor y la etiqueta no iban conmigo, así que cedí a mi impulso y salí afuera, ansiosa de sentir la brisa húmeda del norte.

—¡Ups! Disculpe mi torpeza.

El mismo caos que reinaba en el interior se repetía en el exterior, donde los coches y los carruajes se concentraban y se afanaban por aproximarse a la puerta de la estación. Había avanzado distraída, sin mirar por donde iba y me tropecé con un hombre.

—¡Tenga cuidado! —advirtió el caballero a la vez que me cogía de los hombros y me apartaba a un lado.

Un par de caballos, que arrastraban un sencillo y ligero faetón, frenó a nuestro lado. Me sentí como una torpe marioneta.

—¿Está usted bien? —se interesó.

La pregunta era un mero formulismo social puesto que era obvio que, a pesar de mi aturdimiento, no me había sucedido nada.

—Sí, gracias.

Me volví hacia la persona según respondía y me enfrenté a una mirada verde. Se trataba de un hombre alto, de pelo ondulado y oscuro, y muy apuesto.

—¿Está sola o viene alguien a recogerla? —Se preocupó con afabilidad.

—He llegado con mis padres. Esperamos a que nuestro mayordomo resuelva el transporte del equipaje.

Me sonó ridículo que una mujer de veintitrés años viajara con sus padres y me ruboricé. Sin proponérmelo, había descubierto mi estado civil.

—Preste más atención si no quiere morir joven.

Tanto su mirada como la voz se volvieron duras e indiferentes. Turbada por el radical cambio en los modales del atractivo caballero, en lugar de obedecer, me quedé paralizada contemplando cómo subía al faetón y se acomodaba. Vestía un terno de lino de buen sastre que le sentaba muy bien y se movía con la seguridad de quien domina el entorno, como mi madre. Lo vi partir sin que me dedicara una mera ojeada, desentendiéndose de mí.

—Vamos, Alba —me apremió mi madre.

El mayordomo, Basilio, abrió el camino hasta el landó familiar. Me apropié del asiento junto a la ventana para contemplar las calles, las casas y el mar durante el recorrido hasta el Sardinero. Estaba harta de pintar las plantas del jardín Botánico.

Aquí los paisajes eran agrestes y reflejaban la fuerza de la naturaleza indomable sobre los acantilados. Se respiraba amplitud frente a los espacios constreñidos de Madrid.

—Leonardo y María Ángeles ya se encuentran aquí —comentó mi padre—. Basilio me ha dicho que ha llegado una invitación para cenar el sábado en casa de mi madre.

—¡Qué mujer tan imprudente! ¿Por qué habrá vendido el ingenio con todo el dinero que generaba? —cuestionó mi madre.

—Igual está enferma. De ahí las prisas por reunirnos.

—¿Qué edad tiene?

—Sesenta y dos.

El silencio reinó entre mis padres. No hacía falta añadir nada más. Todo estaba dicho. Anhelaban la fortuna que les correspondería a la muerte de la abuela. Más dinero para dilapidar, para vivir sin restricciones, para presumir ante los demás. Con la mirada perdida en el horizonte azul salpicado de barquillas, pensaba en lo que me distanciaba de mis padres: la educación de doña Amparo.

—Si contáramos con más dinero, podríamos adquirir una villa más adecuada. Resulta muy cansado buscar una de alquiler todos los veranos. Este año, si no llega a ser por la enfermedad del conde de Valdemoro, no habríamos podido venir.

—Habrá que aguardar hasta ver qué sucede y cuáles son los planes de mi madre.

—¿Estás inquieto?

—Como para no estarlo. ¿Has olvidado la última vez que pisó Madrid?

—Hay que reconocer que fue bastante beneficioso —constató mi madre con una sonrisa de satisfacción.

—Me dejó en evidencia ante mis propios empleados —reconoció mi padre con un dejo de amargura, más preocupado por el orgullo que por la necesidad.

—Si ha vendido el ingenio, ya no le quedará energía. No te angusties —animó mi madre, pero a mí me pareció detectar cierta tristeza en mi padre.

Escuchar ese tipo de conversaciones, sin ningún recato ni rubor ante mi presencia, revelaba, más que la confianza de que los asuntos familiares no se aireaban en público, la falta de escrúpulos cuando había dinero fácil en perspectiva. Me asombraba que no hicieran nada para ganarlo y, en cambio, mucho para perderlo. El dinero era un medio que llegaba puntualmente de Cuba, como si brotara de la tierra por arte de magia, aunque, por lo que había leído en la prensa, esa idea se acercaba bastante a lo que estaba sucediendo con el precio del azúcar. Lo llamaban la «danza de los millones». Me refugié en el paisaje y en mis planes de independencia, que llevaba adelante con el sigilo de un furtivo. Si sospecharan en lo que ocupaba mi tiempo, no quería pensar en lo que me harían. Por transgredir las normas, un delincuente en la cárcel es lo más cercano que se me ocurría. El coche torció por un lateral del Casino y prosiguió, dejando atrás las fondas y rebasando las casas particulares que se habían construido al amparo del voluminoso edificio de recreo. Se detuvo antes de iniciar el ascenso al Alto de Miranda.

—¿Cuál es? —indagó mi padre asomado a la ventanilla.

—La que está detrás —informó mi madre con un mohín de disgusto—. Y no te quejes; al menos, hemos venido.

—No te preocupes. Estudiaré el asunto de la casa —claudicó mi padre con un gesto cansado.

Mi madre, la interesada marquesa de Lucientes, se deshizo en una sonrisa propia de los vencedores.

La villa resultaba bastante modesta al lado de las casas que estaban diseñando en la actualidad, más ricas en decoración y más grandes, se trataba de un simple un caserón de tres plantas con tejado a dos aguas. Estaba claro que el viejo conde de Valdemoro veraneaba en Santander antes de que rey Alfonso XIII descubriera la ciudad y sus encantos. Las paredes rezumaban humedad y la oscuridad, a causa de la estrechez de las ventanas, imponía al interior un aire triste y lóbrego, acentuado por los paneles de madera en las paredes y las gruesas alfombras que cubrían los suelos. Olía a viejo.

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