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Portada de la novela La Fuga del Adorable Mentiroso

La Fuga del Adorable Mentiroso

El opulento compromiso entre Lucía y Mateo parece un sueño, pero tras la elegancia se esconde una traición devastadora. Mateo, el prometido perfecto, oculta una verdad que podría arruinarlo: Dana y Clara están embarazadas de él. Atrapado en su propia red de engaños durante la celebración, el pánico lo invade mientras intenta desesperadamente no perder a Lucía. La presión crece y su destino pende de un hilo. ¿Podrá escapar de sus actos o sus mentiras lo destruirán?
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Capítulo 2

La noche continuaba su curso en la gala, entre risas, música y copas de champán. Sin embargo, para Mateo, todo parecía suceder en cámara lenta. Cada conversación le sonaba como un eco distante, cada felicitación era un recordatorio de lo frágil que era su posición.

Lucía, ajena a la tormenta interna de su prometido, se deslizaba entre los invitados con una gracia natural, estrechando manos y aceptando elogios. Su sonrisa iluminaba el salón, y Mateo no podía evitar sentir una punzada de culpa al verla tan feliz.

Mientras tanto, en el exterior del club, Clara y Dana habían logrado salir sin llamar demasiado la atención. A pesar del frío que se colaba entre los edificios de Nueva York, Clara apenas lo sentía. Su mente bullía de pensamientos mientras sujetaba su vientre con ambas manos.

-¿Estás bien? -preguntó Dana, que caminaba a su lado con el rostro pálido.

Clara asintió, aunque en realidad no lo estaba.

-No puedo creer que él esté ahí, actuando como si nada -dijo entre dientes, apretando los labios para contener las lágrimas-. Me dan ganas de regresar y gritarle a esa mujer todo lo que sé.

-Y arruinar su noche, ¿para qué? -replicó Dana con una mezcla de cansancio y frustración-. No va a cambiar lo que hizo.

Clara se detuvo en seco, obligando a Dana a hacer lo mismo.

-¿Y qué? ¿Vamos a dejar que se salga con la suya? ¿Que siga jugando con nuestras vidas como si no importara?

Dana bajó la mirada, incómoda. No podía negar que compartía la rabia de Clara, pero también sabía que Mateo tenía una habilidad particular para salir indemne de cualquier situación. Habían sido testigos de ello más veces de las que les gustaría admitir.

-Mira, Clara -dijo finalmente-, entiendo lo que sientes. Pero ahora lo más importante no es Mateo, sino nuestros hijos. No voy a permitir que me arrastre a otro escándalo que termine afectándolos a ellos.

Clara apretó los puños, pero no respondió. Sabía que Dana tenía razón, aunque la idea de dejar a Mateo y seguir adelante con su vida sin consecuencias la carcomía por dentro.

De vuelta en el salón, Mateo intentaba reanudar la conversación con un grupo de inversores que su futuro suegro le había presentado. Sin embargo, su mente no podía concentrarse. Seguía dándole vueltas al hecho de que Clara y Dana habían estado ahí, observándolo.

Cuando finalmente encontró un momento para apartarse, se acercó a Lucía y le susurró al oído:

-Voy a tomar un poco de aire. Regreso en unos minutos.

Lucía le sonrió, sin sospechar nada.

-No tardes.

Mateo salió por una de las puertas laterales y se dirigió al jardín del club. La noche era fría, y el aire fresco le golpeó el rostro, pero no logró calmarlo. Caminó entre los setos perfectamente cuidados, tratando de pensar en una forma de manejar la situación.

Sabía que Clara no se quedaría de brazos cruzados. Había visto la determinación en sus ojos, incluso desde la distancia. Y Dana... bueno, ella siempre había sido más cautelosa, pero también más metódica. Si las dos decidían unir fuerzas, sería cuestión de tiempo antes de que todo saliera a la luz.

"¿Qué puedo hacer?", pensó, mientras se pasaba las manos por el cabello. La única solución que se le ocurría era hablar con ellas, intentar convencerlas de que no ganaban nada con exponerlo. Pero eso implicaba enfrentarlas, y la idea lo aterraba.

A su mente llegó, como un torbellino, el recuerdo de Clara y Melina. La última vez que las vio, Clara estaba sentada en la sala de su casa, con su vientre de seis meses de gemelos y los ojos llenos de lágrimas. Melina, su hija, estaba a su lado, con la preocupación en el rostro.

Los gemelos que venían en camino lo llenaban de una mezcla de alegría y terror. Aunque nunca lo admitiría, había imaginado más de una vez cómo sería tener una familia con Clara, pero todo eso parecía tan lejano ahora, tan imposible.

Mateo sintió un nudo en el estómago. Era injusto que él estuviera allí, en ese elegante club, celebrando su compromiso con Lucía, mientras Clara y Melina enfrentaban el peso de su ausencia. Y las expectativas de Dana, la otra mujer involucrada, tampoco eran fáciles de ignorar. Ambas habían confiado en él, y él las había traicionado.

-Eres un cobarde, Mateo -murmuró para sí mismo, deteniéndose junto a una fuente que brillaba bajo la luz de las lámparas.

Abrió el grifo de la fuente y dejó que el agua fría fluyera entre sus manos antes de llevársela al rostro. Al mirarse en el reflejo del agua, apenas se reconoció. La imagen que devolvía la superficie no era la de un hombre feliz ni triunfante, sino la de alguien que se esforzaba por mantener una mentira.

Sabía que había ocultado demasiadas cosas a Lucía. Aunque le había contado que Dana estaba embarazada, había minimizado la situación, asegurándole que no representaba ningún obstáculo para su relación. Pero nunca mencionó que Melina, su hija, vivía con Clara, ni que esperaba gemelos.

Mateo cerró los ojos con fuerza, tratando de bloquear los pensamientos que lo atormentaban. Pero el peso de sus decisiones lo seguía aplastando, como si cada paso que daba lo acercara más a un abismo del que no podría salir.

Con un suspiro pesado, se secó el rostro con las manos y se obligó a regresar al salón. Lucía lo esperaba, todavía rodeada de invitados que la felicitaban. Mateo se unió a ella, esforzándose por mantener la compostura. Pero en el fondo, sabía que su fachada comenzaba a desmoronarse, y que el precio de sus mentiras sería más alto de lo que jamás había imaginado.

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