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Portada de la novela La exesposa del CEO

La exesposa del CEO

Victoria Blake y Ethan Blackwell se separaron tras su divorcio, pero el tiempo vuelve a cruzar sus caminos. Él, convertido en un magnate bajo presión, intenta pactar una alianza con su mayor adversario comercial para salvar su imperio. El asombro lo invade al ver que Victoria dirige esa compañía y aún le reprocha el pasado. Entre tensiones corporativas y heridas abiertas, deberán elegir si reavivan su romance o dejan que el orgullo los venza.
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Capítulo 1

«Ethan

-¿Están seguros de que desean firmar el divorcio? -preguntó el juez frente a nosotros, su mirada severa nos atravesaba como una sentencia inevitable.

Giré la cabeza hacia Victoria. Estaba serena, como si la decisión ya hubiera sido tomada hace mucho tiempo en su mente. Sin vacilar, tomó la pluma con la misma rapidez que lo haría al firmar un contrato millonario, dejando claro que no había vuelta atrás.

-Sí, es lo mejor -afirmó con voz firme, casi impaciente por terminar. Firmó los documentos que marcarían el fin de nuestro matrimonio sin titubear-. Firma, Ethan.

La miré unos segundos, preguntándome si alguna vez volvería a ver en sus ojos el brillo que solían tener cuando me miraba. Pero no había emoción. Solo determinación. Suspiré, aceptando que el tiempo de los "qué pasaría si..." había terminado.

Tomé la pluma con manos temblorosas y, al inclinarme para estampar mi firma, sentí un nudo en el estómago. Con cada trazo, el peso de los años juntos me golpeaba con una intensidad inesperada. Esa firma no solo me separaba de Victoria Blackwell, mi exesposa, sino que cerraba la puerta a todos los recuerdos que compartimos. Ahora volvería a usar su apellido de soltera. La división de bienes se haría en partes iguales, al igual que la de nuestros fracasos. Me pregunto si realmente habíamos sido justos el uno con el otro o simplemente habíamos fracasado en ver lo que cada uno necesitaba.

No éramos una pareja de grandes riquezas ni poseíamos un alto estatus social, pero durante un tiempo habíamos sido inmensamente ricos en amor. Eso, al menos, parecía cierto en algún momento. Recuerdo cuando creía que el amor era suficiente, pero ahora sé que no siempre lo es.

Cuando conocí a Victoria en la universidad, me sentí perdidamente enamorado de ella. Para mí y para el resto del mundo, era la mujer perfecta. Su belleza era deslumbrante, como un atardecer que nunca deja de sorprender. Cada vez que sonreía, iluminaba la habitación; y cuando me miraba, era como si el universo se redujera a ese instante. En esos días, pensaba que teníamos todo bajo control, que el futuro nos pertenecía.

Nos conocimos durante nuestras jornadas de estudio en la biblioteca. Victoria se sumergía en los libros, mientras yo me las ingeniaba para hacerla reír con mis chistes malos. Siempre lograba sacarle una sonrisa, aunque fuera pequeña. Eso me hacía sentir especial. Pero con el tiempo, las risas se volvieron menos frecuentes.

-Con el poder que me confiere el Estado, señor y señora Blackwell, yo los declaro oficialmente divorciados -la voz del juez rompió el silencio, cerrando el capítulo final de nuestra historia juntos.

Victoria y yo nos miramos. Había algo irónico en todo esto. La sensación de alivio en este momento se parecía al júbilo que sentimos el día de nuestra boda. Recuerdo aquel día lluvioso. Era como si el universo nos advirtiera de lo que estaba por venir, pero éramos jóvenes y estúpidos, cegados por el amor. Nos casamos bajo la lluvia, sin importarnos mojar nuestros trajes o arruinar la fiesta. Mientras los invitados corrían a refugiarse, nosotros nos quedamos allí, empapados, pensando que ese momento encapsulaba nuestra felicidad.

Hoy, al escuchar las palabras del juez, "Con el poder que me confiere el Estado...", sentí una especie de alivio similar, pero en una dirección completamente opuesta. Era como si ahora estuviéramos corrigiendo el error que habíamos cometido ese día bajo la lluvia. El final de nuestro matrimonio se sentía, de alguna manera, inevitable desde el principio.

-Al fin me libré de este infierno, Ethan. Espero no volver a verte jamás -dijo Victoria, extendiendo su mano hacia mí, sellando lo que habíamos acordado, el cierre definitivo de nuestro trato.

-Lo mismo digo, Victoria. Espero no volver a verte nunca más -respondí, tomando su mano. Intenté mantener una sonrisa, aunque la amargura se mezclaba con un extraño sentido de alivio.

Ella no perdió tiempo en salir de la sala del juzgado, caminando apresurada hacia el estacionamiento. Observé cómo su silueta desaparecía a lo lejos, preguntándome si alguna vez habíamos tenido una oportunidad real o si simplemente fuimos dos personas que querían cosas diferentes desde el principio.

Cuando llegué a mi auto, vi a Victoria peleando con el suyo. Era una escena demasiado familiar.

-¿Todo bien, exesposa? -pregunté, intentando mantener el sarcasmo como escudo. Ella se giró para mirarme, con los ojos encendidos por la frustración.

-Esta maldita cosa no arranca -espetó, dándole una patada al neumático.

No pude evitar sonreír ante su típica impaciencia. Le había dicho innumerables veces que llevara su coche a revisión, pero nunca tenía tiempo, o simplemente no quería escuchar.

-Si lo sigues pateando, nunca arrancará -dije, acercándome-. Abre el cofre, déjame echar un vistazo.

Ella suspiró y, aunque lo odiara, abrió el capó. Comencé a revisar el motor y vi que el problema estaba en el arrancador, pegado como siempre.

-Intenta encenderlo -le dije, y el coche rugió con vida. Ella me miró con alivio y resignación.

-Gracias... eres el mejor exesposo -dijo con una pequeña sonrisa.

-Sí, ya me voy. Lleva esta cosa al mecánico, Victoria.

-Lo haré. Adiós, Ethan.

La observé mientras se alejaba, y un extraño vacío se asentaba en mi pecho. No era tristeza, exactamente, pero algo en mí sabía que ese sería el último acto de "ayuda" que compartiríamos. Nuestra historia había terminado.

Suspiré y caminé hacia mi propio coche. El sonido del motor llenó el silencio mientras me dirigía a la casa que una vez compartimos. Aún quedaban algunas cosas por recoger antes de que todo se vendiera y los bienes se dividieran. Una fría transacción que marcaría el final de nuestra vida juntos.

Al llegar, Freddy ya me estaba esperando con una botella de champán en la mano, como si esto fuera motivo de celebración.

-¡Ethan, al fin eres un hombre libre! -dijo con una risa exagerada y un ridículo bailecito.

-Sí, ahora muévete. Tengo que recoger mis cosas -respondí, pasando junto a él.

-Aún no puedo creer que hayas aceptado vender la casa. Era tuya, tú la compraste.

-Freddy, nos casamos con bienes compartidos. Era justo que Victoria se quedara con la mitad de la casa -expliqué mientras él torcía el gesto, pero no dejaba de sonreír.

-Eres demasiado bueno con ella, siempre lo fuiste.

-No, si hubiera sido tan bueno, todavía estaríamos casados.

Freddy intentó responder, pero sus palabras quedaron atrapadas en su garganta cuando notó que Victoria había llegado también, caminando hacia la casa.

-Hola, Freddy -dijo ella con desdén, pasando a su lado sin mirarlo.

Nos miramos en silencio por un segundo antes de seguir adelante. Había algo casi cómico en la situación, dos exesposos recogiendo las piezas de lo que alguna vez fue su hogar.

-¿Qué hacemos con este cuadro? -preguntó uno de los empleados, sosteniendo el retrato de nuestra boda.

Victoria y yo nos quedamos mirando el cuadro. Mostraba un momento que parecía tan simple y feliz, antes de que todo se complicara. Era casi doloroso recordar cuánto habíamos creído en ese amor.

-Bótalo -dijimos al unísono.

Y con eso, cerramos otro pequeño capítulo. Ambos nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones, recogiendo lo que quedaba de nuestras vidas juntos.

Salí de la casa por última vez, sin volver a ver a Victoria. Sabía que ese sería el último recuerdo que tendría de ella.

-¡Vamos a celebrar! -dijo Freddy, ya con planes para mi "nueva libertad"-. Al fin te has librado de la bruja. Esto se tiene que celebrar a lo grande.

-Sí, está bien -respondí, sabiendo que mi vida, por fin, estaba tomando un rumbo diferente.

Conduje hacia mi nuevo departamento, listo para empezar de nuevo. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez, la libertad no era tan amarga como había imaginado.

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