
La Estudiante Vengadora
Capítulo 2
Miro el calendario en la pared de mi habitación, la fecha marcada en rojo me quema los ojos: 2 de junio, el día antes de la Selectividad.
El aire es pesado, huele a verano y a la tensión de los exámenes finales.
Pero para mí, huele a sangre y a cenizas.
En mi vida anterior, este fue el día en que todo empezó a derrumbarse.
Intenté con todas mis fuerzas detener a Máximo, mi amigo de la infancia, para que no fuera a esa estúpida fiesta de "graduación anticipada" que Sasha, su nueva y destructiva novia, había organizado.
Yo sabía que ella planeaba drogarlo, arruinar su examen, su futuro, todo.
"Eres una santurrona celosa, Luciana", me gritó él, sus ojos llenos de desprecio.
"No soportas que sea feliz con alguien que no seas tú".
Sus palabras todavía resuenan en mi cabeza, frías y crueles.
A pesar de todo, alerté a sus padres, pero fue demasiado tarde. Aunque Máximo logró llegar al examen, la tragedia ya estaba en marcha.
Sasha, al ver su plan frustrado, se suicidó.
Y Máximo, consumido por el dolor y la culpa, me convirtió en el blanco de su odio.
Me acusó de acoso sexual.
Los medios de comunicación, los vecinos, todos se abalanzaron sobre mí y mi familia como buitres.
Mis padres, gente trabajadora y honrada, no pudieron soportar la humillación pública, la vergüenza.
Se quitaron la vida.
Y yo, sola, destrozada, terminé en la cárcel, donde un ataque de ansiedad me robó el último aliento.
Pero ahora estoy aquí.
De vuelta en mi habitación, el día antes del desastre.
El recuerdo del dolor es tan real que me cuesta respirar, pero una extraña calma se apodera de mí.
Una sonrisa fría se dibuja en mis labios.
Esta vez, no haré nada.
Esta vez, Luciana, no vas a salvar a nadie.
Voy a dejar que Máximo camine solo hacia su propia ruina.
Es su elección, no la mía.
Mi teléfono vibra sobre la mesa. Es un mensaje de Máximo.
"Sasha ha montado una fiesta en una finca para celebrar que acabamos. Va a ser la hostia. No le digas nada a mis viejos, ¿vale? Sabes cómo se ponen".
Leo el mensaje y lo borro.
Me levanto y voy a la cocina, donde mi madre está preparando la cena. El olor a pisto me reconforta.
"¿Nerviosa por mañana, cariño?", me pregunta, secándose las manos en el delantal.
"Un poco", miento, "pero creo que estoy preparada".
Mi padre entra en ese momento, cansado después de un largo día en la obra. Me sonríe.
"Esa es mi chica. Todo el esfuerzo valdrá la pena cuando te veamos entrar en la Complutense".
Los miro, a mis padres, y el amor que siento por ellos es una fuerza física que me ancla a esta nueva oportunidad.
Esta vez, los protegeré.
Aunque eso signifique destruir a la persona que una vez fue mi mejor amigo.
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