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Portada de la novela La esposa sustituta del millonario

La esposa sustituta del millonario

Al descubrir la traición de su prometida, George Castelo decide cambiar su destino. En su camino aparece Marina, una joven desesperada por escapar de una boda impuesta con un hombre mayor. Ambos acuerdan un matrimonio falso: él asegura su herencia y ella obtiene libertad. Sin embargo, lo que inició como un pacto frío se transforma bajo el mismo techo. Entre celos y una atracción creciente, los dos deberán decidir si su amor es real o solo parte del engaño.
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Capítulo 3

Marina.

Me preparé para muchas cosas, entre esas estaban, ser asaltada, quedarme varada en la calle, mecánica, sobrevivir cuando practicamos senderismo, incluso hacer origamis me salían muy bien. Porqué sencillamente vi muchos panoramas en la vida, llegué al punto de que cuando mi padre me propuso ser la esposa de uno de sus socios a quien le debía dinero, dije que sí, pero en mi cabeza ya tenía la idea de escapar. Solo me avisaron con dos semanas de antelación y no pude sacar dinero porque me canceló las tarjetas y el poco dinero que me daba era para gastos diarios.

Mi única opción fue escaparme de la limosina que me llevó a la iglesia. Preparada para muchas cosas, no para recibir una segunda propuesta de matrimonio en menos de una semana.

Pero ahí estaba, con un hombre de mirada color miel proponiendo que fuera su esposa. Mi respuesta estaba dicha, por ello me incorporé para alejarme de alguien extraño que me compró mi primer vestido de novia.

__ Es conveniente para tí - insistió. Mi risa se dejó ver.

__ ¿Conveniente para mí? - en tono mordaz pregunté. - Por si no lo recuerdas acabo de escapar de una boda que no quise. Odio el matrimonio forzado y no quiero casarme con alguien que lo único que sé es su nombre.

__ George Castelo. - contestó. - Es mi nombre, para que te lo grabes bien ya que puedo convencerte de hacerlo.

__ ¡Ay por favor! No seas ridículo. No hay nada en el mundo que logre eso. - me di la vuelta.

__ Tu padre te sigue para que te cases con su socio a quien la deuda suma diez millones solo en capital, está a punto de caer en quiebra y la única posibilidad de no ser un limosnero en unos meses es que el matrimonio Diheston-Torrenegro se realice.- me detuvo. - El tipo busca una esposa para que le dé un heredero, pero yo no quiero un hijo. Solo el matrimonio por dieciocho meses, no habrá nada más que asistir a eventos conmigo, presentarte como mi esposa frente a un abogado que determinará si es real para ceder la herencia que mi abuelo dejó.

__ No me has convencido.

__ Tarde o temprano te vas a cansar de trabajar por seis dólares la hora y ese sueldo no te sostendrá a tí y a tu padre. - me hizo doler el corazón. - Si aceptas el contrato, luego del tiempo estipulado nos divorciamos y puedes olvidarte de mí. Como si nunca haya existido.

__ No, esa es mi respuesta. - mi orgullo siempre me movió y en ese instante también lo hizo. Mi sueño siempre fue salir de todo sola, no porque sintiera que no necesitaba de nadie, si no porque mi hermana lo intentó y no pudo hacer más que casarse para ayudar a mi padre a no perder la única sociedad que lo sostenía. No quería lo mismo para mí.

Trabajé las horas que faltaban. Tan solo quería un baño, dormir en un sitio más cómodo y no molestar a Juliana con mi presencia todo el tiempo. Ella ya tenía suficiente con su esposo borracho que gastaba su sueldo, obligándola a trabajar para no dejar a su pequeña sin lo necesario.

Llevaba una vida muy apretada, aún así no dudó en ayudarme. Para la mañana fui a trabajar unas horas y al terminar en busca de un nuevo trabajo, la tarde la tenía libre, así que ese era mi objetivo, conseguir un turno al menos en otro sitio.

Un restaurante llamó mi atención. Había ido con mi hermana algunas veces, me pareció buena idea.

Aprovechando que no había mucha gente me acerqué. No me fue difícil hablar con el gerente, este accedió a darme unos minutos, era todo lo que necesitaba.

__ ¿Porqué querría trabajar aquí si puede hacerlo en otro sitio? - preguntó con cierta desconfianza. - Hasta donde sé, su familia es de...

__ Estoy comenzando desde abajo, por mis propios medios. Por ello solo quiero un trabajo, no pido trato especial ni nada. - expliqué con seguridad. Hasta a mí me asombró la forma en que la historia hizo conexión con la realidad.

__ Déjeme realizar unas llamadas y en unos momentos, le diré en que puesto podría encajar. - añadió con cierto grado de complejidad. - Si me puede esperar afuera, por favor.

Asentí, saliendo de la oficina en donde todos pasaban rápido. Parecía que le temían al solo nombre pegado en la puerta, aún así preferí no preguntar y caminé unos metros. Recosté mi espalda en la pared, miré la mesas ocupadas repasando el sitio que ahora me pareció irreal estar viendo desde otra perspectiva.

Pasó casi media hora y seguí en espera. Haciéndose raro el que haya sido tanto tiempo.

Unos autos se detuvieron frente al sitio. El corazón se me detuvo cuando esa figura conocida bajó de uno de ellos, quise correr, esconderme, pero no tenía caso. Vio en mi dirección fijamente sacándose las gafas de lectura que se seguro se olvidó quitar, ya que estaba segura que le habían avisado de mi presencia en el sitio.

__ Entra al auto. - determinó serio.

__ No, si sigues con ese empeño en que me case con ese tipo. - retrocedí pero su equipo de seguridad me atemorizó. - Papá, podemos salir de este embrollo de otra forma, no es necesario que me case con alguien que no...

__ Sube al auto, Marina. - sentenció con severidad. - Tuve suficiente con callar rumores. Pagar para que el apellido no quede en el suelo por tu culpa. ¡Nos dejaste en vergüenza!

__ Si me dejas explicarte. - me apresuré. - Si dejas de ver todo por negocios y me escuchas, entenderás que no quiero estar con alguien a quien le tengo terror...tú socio tiene tu misma edad.

__ Por ello necesita ese heredero. Por eso debes pensar en nuestra familia. Por eso debes actuar como lo hizo Susan. - mostró esa cara de hombre negociante que conocí más que a mi padre. - Todos hacemos sacrificios, Marina.

Tocó mi mejilla y una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla. Nunca me escucharía a menos que hiciera lo que quería, no sentía compasión más que por él mismo y darme cuenta de eso dolió.

__ Vamos a casa. - susurró cerca de mi frente. Dejé que mis lágrimas salieran todas antes de negar. Con cautela moví la cabeza de lado a lado.

__ No. - aclaré mi garganta.

__ ¿Qué? - quiso que lo dijera viendo su cara. Un tipo de saco beige pasó a su lado, distraído con un teléfono, quizá la señal del destino y mi única opción, junto a otros dos hombres que hablaban entre ellos.

Si mi destino era siempre el mismo, sería mi decisión como y con quién aceptarlo.

__ No, papá. - inhalé profundo tratando que mi voz no se rompiera. - No haré eso. No me casaré con Angelo Diheston. No quiero caer en lo mismo y hacer tú voluntad porque así como con Susan querrás mandar mi vida aún casada y no quiero. No quiero que decidas como visto, que debo comer y vivir atada a tí, porqué solo me ves como un negocio más.

Me volteó la cara con la mano. Mis lágrimas brotaron mientras mi decisión era tomada, poniendo a temblar mis labios.

__ Pagaré tu deuda. Te juro que lo haré, pero no yendo contigo. - me limpié la cara. - Solo que no te sorprendas si me alejo por completo. No quiero sentir resentimiento por tí.

Me di la vuelta logrando controlar el temblor en mis rodillas. Estaba aceptando un destino que nunca quise, pero a cambio de casarme con un sujeto que me doble la edad, tomé la siguiente opción. Crucé el gran salón en busca de la mesa. Sequé mis ojos, tomé aire al dar con ella.

En el segundo nivel, en uno de los extremos estaba la mesa con los tres hombres que parecieron inmersos en su conversación. Avancé hasta ellos, sus ojos me encontraron y su risa se desvaneció con lentitud.

__ ¿Aún quieres casarte conmigo? - pregunté directamente captando las tres miradas.

Por más que buscara no iba a encontrar una solución a todo buscando trabajo por todos lados. Lo único que había logrado era tener ciento sesenta dólares en mi bolsillo y que mi padre me encontrara, para la próxima de seguro sería el socio de mi padre y a ese si le tuve pánico desde que lo conocí.

No iba a arriesgarme. Quizá me arrepentiría después, pero en era mi única opción.

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