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La esposa que destrozaron

La fijación de Jacobo y Antonio por Kassandra los empujó a utilizarla como medio para atormentarme. En un trágico accidente, su elección de salvarla a ella arruinó mi mano y mi futuro en la música. Tras soportar ofensas como la entrega del relicario de mi madre, mi indiferencia los ha inquietado. Mi amor murió en el hospital y ahora solo busco autonomía. No lucharé más por este vínculo; mi meta es huir y garantizar su ruina absoluta por todo el daño causado.
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Capítulo 2

Jacobo la miró fijamente, un destello de confusión en sus ojos.

—¿Qué juego, Alexia?

Antes de que pudiera continuar su actuación, la voz de Kassandra llamó desde la sala.

—Jacobo, cariño, ¿puedes venir? Todavía me palpita el dedo.

Sin dudar un segundo, Jacobo se dio la vuelta y se fue, dejando a Alexia en el suelo.

Los días siguientes fueron una escalada. Jacobo y Antonio se mostraron implacablemente atentos con Kassandra, una actuación constante y brutal para una audiencia de una sola persona. Pero su audiencia ya no estaba mirando. Alexia se había vuelto insensible a ello. El dolor que tan desesperadamente querían ver se había ido, reemplazado por una calma gélida.

La culminación de sus esfuerzos fue la fiesta del vigésimo quinto cumpleaños de Kassandra. Jacobo organizó un evento fastuoso en la mansión, invitando a un centenar de la élite de la ciudad.

El aire zumbaba con susurros.

—Míralo, se desvive por ella.

—Es solo una ejecutiva, pero la trata como a una reina.

—Nunca he visto que trate así a Alexia. Ni una sola vez.

Alexia lo escuchó todo. Se sentó en un rincón apartado, bebiendo una copa de champaña, con una sonrisa amarga en los labios. Era irónico. Se esforzaban tanto por demostrar su amor a través de los celos, pero lo único que hacían era matarlo más rápido. Su amor, si se le podía llamar así, era un arma, y ella estaba cansada de ser su objetivo.

Kassandra era el centro de atención, con una sonrisa de suficiencia en el rostro mientras Jacobo y Antonio la flanqueaban. Jacobo le regaló un Mercedes deportivo nuevo, la llave colgando de una cadena con incrustaciones de diamantes. Antonio le dio un collar de diseño exclusivo.

Mientras celebraban, sus ojos no dejaban de mirar hacia el rincón de Alexia, buscando la reacción que validara sus esfuerzos.

No encontraron nada. Alexia estaba sentada en silencio, su expresión tan quieta como un lago helado.

La mandíbula de Jacobo se tensó. La sonrisa de Antonio se desvaneció. Su fracaso en provocarla agrió su victoria.

Kassandra, sintiendo que su atención decaía, decidió tomar el asunto en sus propias manos. Se pavoneó hasta Alexia.

—Bueno, Alexia, ¿no vas a desearme un feliz cumpleaños? ¿Dónde está mi regalo?

—No tengo uno para ti —dijo Alexia, con voz plana.

El rostro de Kassandra se transformó en un puchero ensayado.

—Oh. Supongo que todavía no estás feliz de que esté aquí. —Sus ojos recorrieron a Alexia, y luego se posaron en el sencillo relicario de oro que llevaba al cuello. Era lo último que la madre de Alexia le había dado antes de morir.

—Qué bonito —dijo Kassandra, su voz goteando codicia—. Lo tomaré como mi regalo.

La mano de Alexia voló instintivamente hacia el relicario.

—No.

—No seas tan egoísta, Alexia —se quejó Kassandra, volviéndose hacia Jacobo, que la había seguido—. Jacobo, no quiere darme un regalo.

El rostro de Jacobo era una máscara fría.

—Alexia, dáselo.

—Era de mi madre —dijo Alexia, su voz temblando por primera vez esa noche—. Es todo lo que me queda de ella.

Antonio se unió a ellos, su pequeño rostro un espejo de la crueldad de su padre.

—Es solo un trozo de metal, mamá. No seas tan tacaña. A Kassandra le gusta.

—¡No es solo metal! —La voz de Alexia se quebró—. Es irremplazable.

La paciencia de Jacobo se agotó. Extendió la mano y le arrancó el colgante del cuello. La cadena le arañó la piel, dejando una línea roja y en carne viva.

—Te compraré cien de ellos —dijo, con voz displicente.

—¡No puedes! —gritó Alexia, su compostura finalmente rota—. ¡No puedes reemplazarla a ella!

Por un momento, Jacobo vaciló. Sus dedos, sosteniendo el relicario, temblaron ligeramente. Pero el momento pasó. La necesidad de demostrar su punto, de verla romperse, era más fuerte.

Se dio la vuelta y le entregó el colgante a una triunfante Kassandra.

—Aquí tienes, cumpleañera.

Antonio aplaudió.

—¿Ves, mamá? Papá quiere más a Kassandra.

Alexia los miró fijamente, su corazón haciéndose añicos. Esto ya no era un juego. Era crueldad pura y sin adulterar.

—¿Están contentos ahora? —susurró—. ¿Es esto lo que querían?

Kassandra, admirando el relicario, "accidentalmente" lo dejó caer de sus dedos. Golpeó el suelo de mármol con un ruido sordo.

—Ups —dijo, con un falso jadeo, antes de pisarlo deliberadamente con su tacón de aguja. El suave oro se arrugó con un crujido nauseabundo, la pequeña foto de la madre de Alexia en su interior, rota.

El tiempo se detuvo. Alexia miró los pedazos rotos de su última conexión con su madre. Un sollozo ahogado escapó de sus labios. Cayó de rodillas, tratando frenéticamente de recoger los restos, un borde afilado cortándole la palma.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Jacobo la agarró del brazo, levantándola—. Es solo un collar. Deja de hacer una escena.

Ella empujó a Kassandra.

—Lo hiciste a propósito.

El metal roto en su mano se clavó más profundamente en su palma, sacando sangre. El dolor físico era un eco sordo de la agonía en su alma.

Jacobo la sujetó, su agarre como de hierro.

—Discúlpate con Kassandra. Ahora.

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