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Portada de la novela La esposa oculta del CEO

La esposa oculta del CEO

Bajo un pacto legal de cinco años, Santiago Arriaga, un despiadado CEO, ha mantenido a Camila como su esposa en secreto. Ella es su único refugio ante la ambición, pero la armonía se rompe cuando él planea un compromiso empresarial con otra mujer. Tras esta traición, Camila opta por abandonar su vida oculta y recuperar su libertad. Ahora, Santiago deberá decidir si protege su imperio financiero o lucha por el amor que siempre intentó negar.
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Capítulo 2

El silencio entre ellos se volvió insoportable. Natalia sostuvo la mirada de Emiliano, negándose a ser la primera en apartar la vista. Durante años, se había acostumbrado a ser invisible en su vida, a fingir que su presencia no importaba. Pero ahora, cuando finalmente había tomado la decisión de marcharse, él se atrevía a detenerla.

-No puedes obligarme a quedarme -dijo ella, sintiendo cómo su propia voz se quebraba levemente al final de la frase.

Los labios de Emiliano se curvaron en una sonrisa carente de humor.

-¿No puedo? -susurró, con un tono tan peligroso que hizo que Natalia sintiera un escalofrío recorrer su piel.

Él no era un hombre que aceptara un no por respuesta.

Sin embargo, Natalia no estaba dispuesta a retroceder.

-Te casaste conmigo por conveniencia, y yo acepté porque en ese momento no tenía otra opción -sus palabras fueron un recordatorio tanto para él como para ella misma-. Pero ya no más, Emiliano. No soy parte de tu mundo. Nunca lo fui.

Los ojos de él se oscurecieron. Dio un paso más, acercándose lo suficiente como para que Natalia sintiera la calidez de su cuerpo irradiando contra el suyo.

-¿De verdad crees que es tan simple? -su voz era baja, peligrosa-. ¿Que puedes tomar tus cosas y salir de mi vida como si nada hubiera pasado?

Natalia respiró hondo, tratando de mantener la compostura.

-Eso es exactamente lo que creo.

Él exhaló con fuerza, pasándose una mano por el cabello, frustrado.

-No lo entiendes, Natalia. No puedo dejarte ir.

Las palabras flotaron en el aire entre ellos, pesadas y significativas.

-¿Por qué? -preguntó ella en un susurro-. ¿Porque te preocupa lo que dirán los medios? ¿Porque arruinaría tu imagen perfecta de CEO intocable?

Emiliano la miró con una intensidad que la hizo temblar.

-Porque eres mía.

Natalia sintió que el aire se le atascaba en la garganta. No por las palabras en sí, sino por la convicción con la que las había dicho.

-No soy una posesión, Emiliano -respondió, con más fuerza de la que realmente sentía-. No puedes simplemente decidir que me quedo aquí como si fuera parte de tus bienes.

Él apretó la mandíbula, mirándola como si quisiera decir algo más, pero al final se limitó a dar un paso atrás.

-No voy a permitir que te vayas -dijo al fin, con un tono que no dejaba espacio a discusión.

Natalia sintió cómo la desesperación la invadía.

-No puedes hacer esto.

Él la observó con una expresión impenetrable.

-Mírame intentarlo.

Natalia pasó el resto de la noche en vela, sentada en el borde de la cama mientras miraba las maletas que no pudo llevarse. En su interior, sabía que no sería tan fácil como solo salir por la puerta.

Emiliano tenía recursos, contactos y un poder que ella nunca podría igualar. Si él decía que no la dejaría ir, significaba que había pensado en cada posible escenario y tenía la manera de evitarlo.

No podía permitirse caer en la desesperación.

Al amanecer, decidió que si no podía huir, al menos no haría las cosas fáciles para él.

Se levantó, se duchó y se vistió con calma, como si nada hubiera pasado. Si Emiliano quería jugar a ese juego, entonces ella encontraría la forma de cambiar las reglas.

Cuando bajó a la sala, lo encontró sentado en el sofá, con una taza de café en una mano y el teléfono en la otra. No parecía haber dormido mucho. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, pero su postura seguía siendo la de un hombre acostumbrado a tener el control.

-Buenos días -dijo él, con una voz tranquila pero calculadora.

Natalia no respondió de inmediato. En su mente, evaluaba sus opciones.

-No pensé que seguirías aquí -comentó finalmente, tomando asiento en uno de los sillones.

Emiliano dejó el teléfono sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en sus rodillas.

-Te dije que no iba a dejarte ir.

Natalia cruzó los brazos.

-Entonces dime, ¿qué se supone que debo hacer? ¿Quedarme aquí como una prisionera mientras anuncias tu compromiso con Luciana Lombardi?

Él frunció el ceño.

-No hay compromiso con Luciana.

-¿Y debo creerte?

Su mirada se endureció.

-Nunca te he mentido, Natalia.

Ella soltó una risa amarga.

-No, solo omites las cosas hasta que me entero por los periódicos.

Él suspiró, pasándose una mano por la mandíbula.

-Sé que no tengo derecho a pedirte que confíes en mí. Pero las cosas no son como crees.

Natalia lo miró fijamente, intentando descifrar qué había detrás de sus palabras.

-Entonces dímelo. Explícame por qué debería quedarme.

Emiliano la observó por unos segundos antes de levantarse y caminar hacia la ventana. Se quedó allí, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en la ciudad.

-Porque lo que hay entre nosotros no ha terminado -dijo finalmente.

El corazón de Natalia se detuvo por un momento.

-¿Y qué es lo que hay entre nosotros, Emiliano?

Él giró apenas el rostro, lo suficiente para que ella pudiera ver la sombra de algo que se asemejaba a vulnerabilidad en su expresión.

-Tú dime.

Natalia sintió una mezcla de rabia y desesperación. Durante cinco años, lo único que había querido era que él la viera, que reconociera lo que realmente significaba para él. Pero ahora que estaba lista para irse, él le lanzaba frases ambiguas que la hacían dudar.

-No juegues conmigo -susurró.

Emiliano se volvió por completo, acercándose a ella con pasos decididos. Cuando estuvo frente a ella, se inclinó ligeramente, obligándola a mirarlo a los ojos.

-Nunca he jugado contigo.

Natalia abrió la boca para responder, pero él la interrumpió.

-Si realmente quieres irte, entonces demuéstramelo. Empaca de nuevo tus maletas y cruza esa puerta. Pero si te detienes aunque sea un segundo, si dudas... entonces me quedaré con esa respuesta.

Natalia sintió un nudo en la garganta. Emiliano sabía exactamente lo que estaba haciendo. Le estaba poniendo una prueba que sabía que ella no estaba lista para superar.

Porque, aunque no quería admitirlo, parte de ella no quería irse.

Y él lo sabía.

Maldita sea.

Él lo sabía.

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