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Portada de la novela La Esposa Infiel: Precio del Engaño

La Esposa Infiel: Precio del Engaño

El pequeño Manuel necesita un trasplante renal urgente. Eduardo ofrece el órgano a cambio de una suma millonaria, pero Ricardo se niega a pagar, desatando la furia de su familia. Mientras Laura le suplica de rodillas y la sociedad lo tacha de monstruo despiadado, él soporta el desprecio en silencio. Sin embargo, tras acusaciones de traición, Ricardo revela una verdad demoledora: el niño no es su hijo biológico, pero tampoco pertenece a Laura.
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Capítulo 3

El doctor nos reunió de nuevo. Sus palabras confirmaron nuestros peores temores.

"Hemos buscado en todas las bases de datos nacionales. No hay ningún otro donante compatible. La única opción para Manuel es el riñón de su tío, el señor Eduardo Gómez."

La esperanza, que había sido un hilo delgado, ahora se sentía como una soga al cuello. Cada palabra del médico era un nudo que se apretaba más y más.

Laura no pudo soportarlo. Cayó de rodillas frente a Eduardo, sin importarle la gente que pasaba por el pasillo del hospital.

"Eduardo, te lo ruego", gimió, con la cara bañada en lágrimas. "Sálvalo. Salva a mi hijo. Haré lo que quieras. Te serviré como una esclava por el resto de mi vida, pero por favor, no dejes que muera."

Eduardo la miró desde arriba, con una expresión de falsa pena. Se agachó para levantarla, pero su toque era condescendiente.

"Laura, cuñada, no hagas esto. No es necesario", dijo, aunque sus ojos brillaban con poder. Luego me miró a mí. "Hermano, ya te dije que lo haría gratis. Pero tú te negaste. Ahora, si quieres que reconsidere, mis condiciones originales siguen en pie."

Repitió su lista de demandas, saboreando cada palabra.

"Dos casas. Diez millones de pesos. Y el veinte por ciento de las acciones de mi empresa. Firma los papeles y mañana mismo entro al quirófano."

Mi padre, David, se interpuso entre nosotros. Su rostro era una máscara de furia dirigida enteramente a mí.

"¡Ricardo!", tronó. "Si dejas morir a tu hijo por dinero, te juro por mi vida que dejarás de ser mi hijo. Te desheredo. ¡No quiero volver a verte nunca más!"

"Papá, no entiendes...", comencé a decir.

"¡No hay nada que entender!", me interrumpió. "¡Es tu sangre! ¡Tu hijo! ¡Y tu hermano está dispuesto a salvarlo! ¿Qué clase de monstruo eres?"

Eduardo aprovechó el momento para jugar su papel de víctima.

"Yo no quiero causarle problemas a mi hermano", dijo con voz suave, mirando a nuestro padre. "Pero papá, tú lo sabes. Ricardo tiene todo. Yo apenas tengo para vivir. Si dono un riñón, mi salud quedará comprometida. ¿Quién cuidará de mi familia? ¿Quién me garantizará un futuro? Lo que pido no es avaricia, es seguridad. Es lo justo."

Laura, desesperada, se volvió hacia mí una vez más.

"Ricardo, ¿no lo ves? ¡Es dinero! ¡Puedes ganar más dinero! ¡Pero no puedes recuperar a Manuel! ¡Es nuestro hijo!", suplicó, sacudiéndome por los hombros.

Mi padre asintió, apoyando a Eduardo.

"Y tiene razón. Si le das lo que pide, es tu responsabilidad asegurarte de que él y su familia estén bien por el resto de sus vidas. Es lo mínimo que puedes hacer por el hombre que salvará a tu heredero."

La palabra "heredero" resonó en la habitación, cargada de un significado que solo yo empezaba a comprender.

El doctor, incómodo por la escena familiar, carraspeó.

"Señores, entiendo que es una decisión difícil, pero el tiempo es crucial. Manuel ya ha comenzado con la diálisis. Es un procedimiento doloroso y agotador, especialmente para un niño de su edad. Cada día que pasa sin el trasplante, su cuerpo se debilita más."

Describió las agujas, las máquinas, las horas interminables conectado a un aparato que limpiaba su sangre porque su propio cuerpo ya no podía hacerlo. Cada detalle era una tortura para Laura, que se tapaba los oídos, incapaz de escuchar más.

Todos los ojos se posaron en mí. La presión era inmensa, un peso aplastante de culpa, deber y condena.

Respiré hondo, reuniendo la frialdad que necesitaba para seguir con mi plan.

"Mi respuesta sigue siendo no", dije, mi voz tan firme como el acero. "Si va a morir, que muera. Cada quien tiene su destino, y parece que el de él ya está escrito."

El silencio que siguió fue más ruidoso que cualquier grito. Fue un silencio de horror, de incredulidad absoluta. Había cruzado una línea de la que no había retorno. A sus ojos, ya no era un padre, era un monstruo.

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