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Portada de la novela La Esposa del Teniente Warren

La Esposa del Teniente Warren

Iris soñaba con un futuro brillante, pero para salvar a su familia de la miseria, se ve obligada a casarse con el imponente teniente Robert Warren. Su vida se transforma en una pesadilla cuando halla el cuerpo sin vida de su marido en su despacho. Al ser descubierta en el lugar del crimen, se convierte en la principal sospechosa. Ahora, Iris debe enfrentar una acusación de asesinato que amenaza con arrebatarle su libertad y destruir su existencia.
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Capítulo 2

—¿Has perdido la cabeza, papá? —pregunta Iris, tratando de no perder los estribos, sin éxito.

No solo era una idea descabellada el hecho de tener que casarse con un hombre que era treinta años mayor que ella. Lo que más le sorprendía era que su padre hubiera aceptado semejante locura a cambio de una buena oferta.

—No, hija. Toma asiento y escúchame, tienes que saber de qué se trata todo esto. Robert tiene buenas intenciones contigo y él… —lo interrumpe Iris sin dejarlo hablar.

—¿Ahora le llamas por su primer nombre como si fueran dos mejores amigos? —pregunta, anonadada. —¡No quiero escuchar nada de lo que tengas que decir! No pienso casarme con este señor, no quiero y no lo haré.

Ella lo mira a los ojos, desafiante, mientras él se echa a reír con apuro. Están en una casa ajena, en el despacho de un completo desconocido, discutiendo un tema que le parece tan absurdo como decir que los cerdos vuelan. ¿Qué clase de hombre es Jean, que la ha tratado como un objeto, como una vaca de su ganado, disponiendo con quien la junta y con quien no?

Iris no lo iba a aceptar, no pensaba casarse con ese hombre, no le generaba confianza y no pensaba tolerarlo.

—Cariño, cálmate, creo que tu padre tiene una buena explicación a todo esto —su madre como siempre es la que trae la paz entre ellos.

Quizás eran demasiado parecidos Jean y su hija, tan explosivos, de carácter tan fuerte, que nunca lograban ponerse de acuerdo, porque a ninguno le gustaba ceder. En esta ocasión, no iba a ser posible ya que estaban hablando de unirla a un sujeto que tenía fama de ser terrible e implacable.

—No, mamá. Ni explicaciones, ni nada, yo no quiero oír ni media palabra de lo que tengan que decir. Tengo a penas dieciocho, ¿Cuántos tiene este señor? —señala al susodicho que se ha quedado de pie junto a la puerta, con las manos cruzadas detrás de su espalda ancha, en una posición recta.

Rachel abre la boca para responderle, pero tampoco Iris le da la oportunidad, la noticia le ha caído demasiado mal y no quiere perder el tiempo escuchando razones de algo sin sentido.

—No voy a casarme y no vas a obligarme, así que puedes ahorrarte tu discurso, padre, porque eso no me hará cambiar de opinión.

Como una fiera molesta, sale del despacho en dirección al exterior. No sabe a dónde ir, ni qué hacer, solo quiere irse de ese lugar, de esa enorme casa que no hace más que provocarle escalofríos al pensar que tendría que vivir allí, junto al temido teniente.

Sin detenerse en la fiesta, se lanza a los jardines, en busca de aire fresco. No puede irse a casa porque su bolso está en el auto y no tiene dinero para tomar un taxi. Además, caminar doce kilómetros con tacones de aguja, en una noche oscura y fría, no le llama la atención.

Se quita los zapatos y deja que mis pies disfruten las baldosas frías que marcan un largo camino a lo lardo de todo el jardín.

Iris siempre ha soñado con casarse y hasta ha planeado cómo será su boda, sin embargo, en todas sus ilusiones, el protagonista es un sujeto más o menos de su edad, dulce y que le gusta, no un señor casi en sus cincuenta, con una mirada y un carácter que dan ganas de salir huyendo. De verdad que debe de estar teniendo una pesadilla, porque esto es una locura.

—¿A caso piensas humillar a todo mi jardín? —una voz masculina la sobresalta.

Se gira para ver de quién se trata. Es él, el teniente ha venido detrás de ella y la mira con esos ojos tan azules que dan miedo.

—¿De qué habla, teniente? —pregunta Iris, sin entender.

—Las flores sienten envidia al verla en ese vestido tan hermoso —le sonríe, pero otra vez ella siente una sensación extraña con él.

—¿A qué ha venido? ¿No tiene una fiesta que atender?

Iris ignora su piropo. Sabe que la pregunta ha sonado algo tosca, pero no le importa. Después de la locura del despacho, lo último que quiere es estar a solas con él. No le genera confianza y no le agrada su presencia.

—He venido a asegurarme de que estaba usted bien. La he visto tan exaltada ahí dentro, que no me imaginé de lo que fuera capaz. Tiene un carácter muy fuerte —añade con una sonrisa de tonto, mientras ella lo mira con desconfianza.

Se le acerca hasta quedar a un palmo de Iris y el corazón de Iris late asustado. Tiene miedo de él. No sabe por qué, pero no puede evitarlo.

—Estoy bien, puede marcharse ya —lo despacha sin tener a dónde huir, porque a sus espaldas no hay más que un enorme arbusto.

—Señorita Ryers, debo admitir que usted me encanta. Me ha hechizado desde el momento en que mis ojos se posaron sobre usted y quiero que me conceda el placer de ser mi esposa, para poder honrarla como se lo merece.

Su mirada penetrante otra vez recorre el cuerpo de la muchacha, dejándola cohibida, extrañamente incómoda por su declaración.

—Aprecio mucho su oferta, pero entiéndame —trata de ser educada, porque al final es un desconocido y merece respeto —entre usted y yo la diferencia de edad es mayúscula. ¿Por qué no se busca a alguien acorde a su perfil?

No hay manera de decorar esa parte, pero por suerte, él no lo toma a mal sino que se echa a reír.

—No la he encontrado hasta que te conocí y creo que podemos disfrutar de la vida juntos—ahora la tutea y eso la perturba más. Él se inclina y le oculta un mechón de pelo detrás de la oreja. —Además, no soy de los que se resisten a sus deseos, yo tomo lo que quiero y cuando quiero. Te quiero a ti, Iris.

—Debo irme, teniente Warren, gracias por la invitación y la oferta, pero no voy a aceptar.

Iris hace ademán de marcharse y él se aparta del camino dejándola cruzar.

—Piensa en tus padres, Iris. Imagina que podrás darle la vida que siempre has querido. Que tu madre ya no tendrá carencias en su tratamiento y que tu viejo no tendrá que trabajar tanto. Podrás estudiar sin preocupaciones, nada te hará falta conmigo. Yo puedo darles todo eso y más, si aceptas mi oferta.

Sus palabras la frenan a mitad del camino. No puede negar que suena tentadora la idea, pero el matrimonio era algo demasiado sagrado para ella, así que, girándose para verle, se marcha sin decir media palabra.

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