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Portada de la novela La Esposa del Candidato a la Presidencia

La Esposa del Candidato a la Presidencia

La cónyuge de un influyente senador con aspiraciones presidenciales descubre que su vida matrimonial es una farsa lejos del ideal soñado. En su momento más crítico, el destino la cruza con Elian Davis, un antiguo militar que carga con oscuros traumas de su pasado. Sin una explicación lógica, este hombre queda profundamente impactado por ella, la mujer del político más importante de Gales, desatando un vínculo inesperado en un entorno de intriga.
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Capítulo 7

Elian.

Entramos al sitio, y el olor sólo hace que mi estómago se mueva en dirección a todas las cosas deliciosas que no puedo comprar.

—Deme seis pasteles de tamaño mediano; el mío de limón con frambuesa, y los demás pues… ¿eres alérgico a algo?

—¿Cómo…?

—Que si eres alérgico a algo…

—¿Son cinco para mí? —cuestiono sintiéndome más que apenado.

—Ajam… —Achina sus ojos con severidad—. Y te los vas a comer todos.

¿Cómo le digo que no?

—Bien…

—Los demás entonces que sean especialidad de la casa.

¿De dónde salió esta mujer?

Tomamos asiento después de que tengo que mirar a otro lado para no ver cómo por primera vez una mujer, además de menor que yo, divertida, encantadora y sensual, tiene que pagar para calmar mis ansias de… de comer.

De comer comida, sí.

—Y no, tu perfume no es lo único que me ha mantenido a tu lado.

Ámbar se muerde el labio mientras alza sus cejas de forma coqueta y el ambiente vuelve a tornarse tenso.

—¿Qué otra cosa te ha…?

—¿Has hecho esto antes? —Mi cuerpo comienza a entrar en más confianza porque el lugar en donde estamos es más privado, de hecho solo hay un par de personas de la clientela además de nosotros, así que coloco mis codos en la mesa de madera, y me echo un poco hacia al frente, mirándola.

—¿Qué cosa…?

—Encontrarte con un extraño, tener una conexión evidente con él mientras se emborrachan con agua, invitarlo a comer…

Veo sus mejillas sonrojarse y de nuevo el calor me rebasa el pecho porque me gusta la idea de ser yo el que también cause estas cosas.

—¿La verdad? —exhala mirando sus manos—. Es la primera vez… —Sonrío—. Incluso es la primera vez que intento coquetear con alguien sintiéndome tan segura de que… Oh Dios.

Se tapa la boca de inmediato y por milésima vez en la noche me carcajeo.

Es tan encantadora.

—Sea quien sea que te haya roto el corazón, no tiene ni la más mínima idea de lo que vales —expreso.

—No me conoces Elian… no todo es lo que parece ser.

—Yo no soy lo que parece que soy, Ámbar, y aun así estamos aquí.

—¿Y cómo sabes si no me he dado cuenta de quién eres en realidad? —cuestiona.

—Porque no te he dicho casi nada mí.

—De acuerdo, admito que yo sí me he pasado de la línea. —Finge usar un cierre con su boca haciéndome sonreír.

—Me has dicho que has coqueteado conmigo y eso quiere decir que te gusto. ¿Eso es “pasarse de la línea"? —le pregunto.

Boom, boom, boom.

Me inclino y tengo mis labios de un momento a otro sobre los suyos, apoderándose de ellos, de su olor, de su textura, de su sabor, con tanta lentitud pero con tanta fuerza que nos deja sin aliento.

Jadeamos.

Boom, boom, boom. Pum pum pum.  Hay dos corazones.

Ambos nos separamos cuando necesitamos aire.

Me doy cuenta que me he inclinado por completo hasta ella, como un puto psicópata, así que me dejo caer en la silla sintiendo que alucino y que soy un idiota.

Ambos vemos a nuestro alrededor, nadie nos ha visto.

Nos vemos a los ojos.

Boom, pum, boom, pum.

—¿Entonces te gusta el verano?  —pregunta ella.

—Sí… —respondo y asiento más rápido de lo que pienso—. ¿Y a ti?

—Nunca he podido disfrutarlo como se debe pero… supongo que cuando lo haga voy a amarlo —comenta.

Silencio.

Y ambos sin mover un músculo en nuestro lugar.

Yo rasco mi pequeña barba en un intento de hacer algo que no sea verla a la cara, y de reojo puedo ver cómo frota la cartera de mano que lleva consigo, mirándola fijamente.

—Lo siento —se me escapa, y puedo ver una mueca en su rostro al verme—. Lo siento, me dejé llevar, yo no… yo no suelo actuar así no sé por qué… ¿qué piensas tú?

Una chica dice nuestro número de pedido y ella se levanta dándome una mirada nerviosa. Lo menos que quiero ahora es tener una vista de ella completa porque voy a tener que dejar todo, haciéndole un desplante y quedándome también sin comer, así que me llevo las manos a la cara frotándola hasta que los platos suenan contra la mesa.

Acabo de besar a una mujer que tiene el corazón herido, como si un beso mío pudiese tener la cura a sus males. Muy idiota de mi parte.

—Provecho.

—Igual —le deseo.

De nuevo silencio. Bueno, a excepción de mi estómago que se encarga de hacerle saber a todos los presentes que no había comido desde las nueve de la mañana mientras ya me he devorado tres pasteles.

—Y no te querías comer los cinco —dice en tono jocoso después de un rato.

Mis mejillas se sienten calientes.

—No he tenido un buen día… de hecho… todo comenzó a mejorar después de que te vi…

Me callo porque me regaño mentalmente por mi confianza hacia esta mujer, la cual he alejado de forma inesperada de mí.

—Opino lo mismo —expresa con tanta calidez que me abruma—. Y respecto a lo que pasó… no te preocupes tanto, después de todo, son pocas las veces que alguien me pide permiso para hacer algo que evidentemente no dejarán de hacer si me niego.

Dejo de comer y comienzo a negar con la cabeza.

—Yo jamás te obligaría a…

Ámbar chasquea la lengua y vuelve a pasarse los dedos por la frente levantando su cabello.

—No lo digo por ti, es… son cosas que se han juntado en los últimos meses y… nada. De verdad que no tiene que ver contigo, has sido una muy buena compañía esta noche, y… —La veo mirar hacia otro lado de forma nerviosa—. Lo mejor es que después de todo lo que hemos hablado no sabes quién soy, y yo tampoco sé… —Me mira; veo sus ojos lentamente dilatarse arriba de sus ojeras tristes—. Quién eres…

—¿Entonces qué se supone que debemos hacer?

Ella me mira con sorpresa, por alguna razón. No quiero presionarla, sonar demandante o proponer algo que la rubia termine aceptando solo porque le parece buena idea para distraer su herido corazón.

Pero por mi parte, a estas alturas, después de ese beso, me vale una verga cómo va a amanecer mi corazón mañana.

—Yo… —La veo dudar. Mi corazón palpita aterrado. No puede ser que después de que me he convencido de faltar a mi decisión, todo resulte mal—. Quiero por primera vez desde hace mucho tiempo tomar las decisiones que quiero y siento.

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