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Portada de la novela La Espía Del Mafioso

La Espía Del Mafioso

La existencia de Hayley Fernández se quiebra tras una injusta condena y el brutal asesinato de su pareja. Consumida por el deseo de justicia, decide cruzar cualquier límite ético para vengarse. Su destino se entrelaza con el de Aleksandr Dmitriev, el despiadado jefe de la mafia rusa apodado Lucifer. Aunque la desconfianza es su ley, una vulnerabilidad secreta amenaza con traicionarlo cuando el amor surge como un peligro mortal entre ambos.
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Capítulo 3

El suculento aroma a pan recién horneado generó que Hayley se despertara de su insondable somnolencia. Ella abría lentamente sus párpados, esperando sentir una pizca de suplicio y molestias producidas por la falta de sueño durmiendo en un incómodo colchón dentro de la prisión. Sin embargo, evocó que se encuentra recostada en su habitación en la casa de la señora Jones, ubicada en Marilebone.

Se levanta, dándose un estirón, todavía asimilando que se trata de un ensueño y no algo realista; una simple mentira de que alguien estaba en prisión cumpliendo con la sentencia. ¿Sería realmente culpable esa persona? ¿O Kayden la había culpado deliberadamente por liberarla a ella?

No sabía con precisión, cuál sería el motivo; aunque ahora lo más significativo es que su vida retornaría a la normalidad.

Agarra su teléfono de la mesita de noche, a fin de ojear sobre algún comunicado referente a la prisión, con respecto a Sasha; no obstante todo parece indicar que está tras las rejas.

A pesar de ello, Hayley todavía se siente mortificada, al saber que aún existen personas en busca de venganza. Desde su salida de la prisión adquirió el hábito que durante todas las noches antes de acostarse, comprobar cada cerradura de ventanas y puertas sean seguras. Sabiendo que actúa de manera paranoica, pero con la certeza de que ese miedo se irá en un tiempo indefinido.

Guarda su teléfono dentro de su bolsillo, para luego bajar por las escaleras hasta la cocina.

Al llegar al recinto encuentra a su madrina preparando unos huevos revueltos. La señora Jones nota la presencia de la chica, dedicándole una afectuosa sonrisa.

—¡Buenos días, cariño! —la saluda, dándole un beso en la mejilla—. ¿Qué tal descansaste?

—Bastante bien —responde Hayley, dando un bostezo—, supongo que ocho años en prisión sufriendo de insomnio te estampa una cicatriz.

Nancy desiste un momento de cocinar, para envolver a Hayley en un acogedor abrazo.

—Lamento que hayas pasado por esa situación —susurra, recostándose en su hombro—. No sabes lo mucho que te extrañábamos.

—Discúlpame a mí por haberlas involucrados —exime, mientras toma algunas rebanadas de pan—, supongo que todavía sigues molesta—comenta, alejándose hacia la tostadora.

La madre de Mía suelta un largo suspiro.

—No, hija —responde, cruzándose de brazos—, pero prométeme que esto no se repetirá jamás. ¿Entendido?—la señora Jones agita la espátula—. No sabes lo que me costó convencer a tus padres, cambiando los hechos. Otra cosa, no más secretos entre nosotras.

—Sí madrina —musita Hayley.

Nancy le sirve una porción de comida a la chica, dejando el resto para ella, luego ambas se sientan a desayunar. Para ella los huevos resultaron esplendidos, porque estar consumiendo durante ocho años la horrenda refracción de la prisión no era algo saludable.

La señora Jones la mira con languidez.

—No pareces contenta.

—¡Por supuesto que lo estoy! —emite Hayley, forzando una sonrisa—. Solamente, es que… esto es ilógico. ¿Sabes? —acota, tomando un sorbo de jugo—. Aunque, no podemos bajar la guardia, porque sé que hay enemigos.

—¿Todavía sigues pensando en eso? —inquiere, degustando un bocado.

Hayley se limpia la boca con la servilleta.

—Tal vez —admite, bajando la mirada—. Tengo miedo de que nos hagan algo.

—No te preocupes —musita dulcemente—. Deja ese miedo en el pasado, disfruta cada momento de tú vida.

Luego de eso, su madrina se ilumina y saca su teléfono, tecleando algunas cosas en su pantalla.

—Y de hecho hoy tengo algunas buenas noticias para ti —aclara ella, con una sonrisa de satisfacción—. Logré comunicarme con tus padres y ellos están felices de que regreses a tú hogar—le muestra el mensaje—. Lo que significa que tú, mi querida niña, tienes que volver a casa con tú familia.

Su semblante cambia radicalmente cuando lee el mensaje que le envió su madre Rebecca, desde España, diciéndole que la apoyaba y que la extrañaba.

—¡Oh! —exclama Hayley, suspirando—. Estas sin son buenas noticias.

—Lo sé, querida —dice ella—. Ahora vivirás la vida a tú manera, sin que nadie te ponga pretextos. Tú nombre ha quedado limpio.

Hayley intenta sonreír, pero de repente siente una punzada. Recordando lo que le había dicho Kayden, el día del juicio.

Ella quería reestablecer su relación con él, había sido una larga espera y este era el momento idóneo para hacerlo.

La chica mira a su madrina, repentinamente decidida a aclarar las cosas con su novio.

—Tengo al importante que hacer —acota ella, levantándose de la mesa.

La señora Nancy la observa con suspicacia.

—¿Y piensas salir así? —pregunta ella, señalándola.

Hayley se percata de que aún lleva puesto su pijama, suelta una carcajada, le pide prestadas las llaves del auto a su madrina y luego sube a su habitación a cambiarse.

Hayley conduce hasta la casa de los Evans, la familia materna de Kayden. Esperaba llegar buenos términos con él. Sabía que debía de tomar una sabia decisión, y lo que menos quería es destrozarle el corazón, después de lo que había hecho por ella, de alguna manera tenía que devolverle el favor.

Minutos después…

Hayley se estaciona a pocos metros de la casa, sintiéndose ansiosa por aparecer sin avisar. Mientras hacia la entrada principal, recordando los maravillosos momentos que habían disfrutado hace ocho años atrás. Es extraño volver a ese lugar después de tanto tiempo, los mismos setos lucen igual que siempre, la misma fachada sólo que ahora está pintada en un color diferente, así como lo eran ellos actualmente.

Ella respira varias veces, pulsando el timbre, deseando en su mente que la madre o abuela de Kayden no le abriesen la puerta. Hayley está apenada, tal vez la señora Evans no quería verla ni pintura. El nerviosismo le invadía cada parte de su cuerpo. Luego, de un instante, la puerta se abre lentamente, dejando al ver un hombre que lleva puesta una chaqueta azul marino y su cabello rubio cenizo revuelto.

—Hola Kayden —saluda ella sonrojándose.

—¡Hayley! —exclama él, haciendo que sus ojos grises se tornen más brillantes—. Me alegra de verte—se dirige hacia la chica para besarla.

Ella lo abraza cálidamente.

—Lo siento tanto, Kayden —se disculpa, colocando sus manos en los pómulos de él.

—¿Por qué te disculpas? —inquiere, sonriendo—. Eso me corresponde a mí, esto lo debí de hacer hace años atrás, no estos momentos—la toma por la cintura—. Quizás, no hubiese cumplido esa injusta condena, manchando tu nombre.

—No es necesario que te disculpes —expone ella, besándolo en la mejilla—, sé que estabas esperando el momento indicado para realizar el contraataque. Estoy agradecida de que me hayas liberado de ese infierno.

El ruso la toma por las manos, apretándoselas.

—Tengo algo importante que decirte —le susurra—. Anoche tuve una larga plática con Mía.

—¿Qué hiciste qué? —exclama la chica, expandiendo los ojos.

—Hayley, escúchame. No tiene caso que sigamos ocultando nuestros sentimientos —especifica él, mirándola directo a los ojos—. Necesitaba aclararle la situación entre nosotros.

—No debiste de hacer eso, sin consultármelo —le reprocha ella, alejándose del chico.

—Lo sé, pero no quería que Mía malinterpretará las cosas —señala, mirándola desconcertado—. He esperado ansiosamente mucho tiempo para estar a tu lado—se acerca a ella, tomando su barbilla—. No sabes lo mucho que me he culpado todo este tiempo, por no tenerte cerca, mi amor.

Una lágrima rueda por la mejilla de ella.

—Te amo Kayden —susurra ella, sollozando en sus brazos.

—También te amo, Hayley Fernández —musita él, oliendo sus cabellos—. Quisiera que empezáramos una nueva vida, dejando atrás todo aquello que nos aqueja—especifica, imaginándose el escenario perfecto—. Podíamos vivir en algún lugar alejado, en donde reine la paz y la armonía.

Hayley suelta una carcajada, por la forma en que Kayden se expresa detallando sus vidas perfecta.

—Me encantaría empezar una nueva etapa contigo —concreta la chica—, ya estoy harta de que siempre se las ingenien para arrebatarnos la felicidad y las personas importantes en nuestras vidas.

—Estoy de acuerdo contigo —reafirma él, besándola suavemente.

Jamás se había imaginado, que Kayden era el típico chico misterioso, adinerado e irritable por la cual la mayoría de las chicas suspiraban, se fijaría en ella. Pero, su suerte fue la contraria, y en ese momento se encuentran juntos después de tantos años. Hayley recordó lo que le había mostrado su madrina.

—Tengo algo que decirte —comenta la chica, soltando un suspiro.

—Al fin nos encontramos, traidor —pronuncia la voz de un hombre, parado en la entrada apuntándolos con un arma.

Varios hombres lo acompañan, también armados.

—¿Quién demonios eres tú? ¿Y qué haces en mi casa? —espeta el rubio, mirándolos enfadado.

—Tienes una deuda pendiente conmigo —responde, acercándose a ellos—, así que gozaré verte morir, imbécil.

—¡No tengo idea de qué me hablas! —sisea Kayden, frunciendo el ceño—. Pero déjame decirte que no les tengo miedo—expresa, sacando una pistola de su pretina.

El hombre suelta una carcajada, sacudiendo la cabeza.

—¿Crees que me asustas porque seas un Smirnov? —lo reta, fulminándolo con la mirada—. Por cierto, esa linda zorra que tienes a tu lado, es hermosa. De seguro al jefe le gustará—señala a Hayley.

—¡No te permitiré que te acerques a ella! —se altera el rubio—. Resolvamos este asunto entre hombres.

—¿Estás seguro, Smirnov? —lo desafía, sin apartar la mirada de la chica—, en ese caso lo haremos a tu manera.

El hombre apunta a Kayden, haciéndole señas a uno de los matones para que le dispare a Hayley. La persona asiente con la cabeza, cumpliendo su orden. Le propina un disparo a la chica, cayendo inmediatamente malherida al suelo.

—¡Kayden! —exclama, retorciéndose de dolor.

—¡Me las pagarás, maldito bastardo! —grita Kayden, asesinando a varios de los hombres.

Sin embargo, uno le propina un disparo en la frente, causándole la muerte instantánea.

—Eres hombre muerto Smirnov —le susurra, al mismo tiempo que atiza varios disparos más—. Y tú querida, morirás desangrada. Nadie vendrá por ti.

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