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Portada de la novela La Espía Del Mafioso

La Espía Del Mafioso

La existencia de Hayley Fernández se quiebra tras una injusta condena y el brutal asesinato de su pareja. Consumida por el deseo de justicia, decide cruzar cualquier límite ético para vengarse. Su destino se entrelaza con el de Aleksandr Dmitriev, el despiadado jefe de la mafia rusa apodado Lucifer. Aunque la desconfianza es su ley, una vulnerabilidad secreta amenaza con traicionarlo cuando el amor surge como un peligro mortal entre ambos.
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Capítulo 1

Puedes con esto, lo has realizado durante años. Es el mantra que repite Hayley diariamente en las ocupaciones efectuadas dentro de la prisión de New Hall, en Londres.

Ella nunca imaginó encontrarse en un recinto tan prescindido como ese, aseando los baños con un degastado trapeador, que evidentemente podía estar infectado de bacterias; así como el balde con agua fétida que se sitúa a su lado. No obstante, en contra de su apetencia se hallaba en ese lugar, deambulando por los monótonos pasillos durante ocho años consecutivos cumpliendo arbitrariamente un veredicto por una malversación que no cometió.

Sin embargo la joven no estuviese en esa contrariedad, si hubiera empleado el sentido común, antes de interponer su negligencia por encima de las indicaciones propuestas por las Jones el día de San Valentín, quizás Kayden no hubiese sufrido con las consecuencias ocasionadas por ella y tampoco tendría que coexistir a través de un suplico que la consterna.

Procura contener la respiración mientras sumerge el trapeador en la cubeta, para luego exprimirlo con fuerza, deslizándolo sobre el piso corroído. Respira varias veces, intentando mantenerse sosegada. Pero, ese estoicismo se dispersa en un santiamén, cuando escucha un fuerte portazo, generando que exalte la vista.

Una mujer corpulenta, de piel canela cubierta de extravagantes tatuajes, la cual se encuentra sentada encima del lavabo, atravesándola con una mirada sobrecargada de ignominia e animadversión.

—¿Todavía no te adaptas a los oficios, perra? —pronuncia, golpeando la superficie del lavamanos—. Yo podría facilitarte el trabajo. —Aprieta los puños con fuerza.

La contempla mirándola directo a los ojos, apisonando sus dientes pútridos.

—Gracias —responde entredientes—, pero no necesito filantropías.

Hayley se cohíbe, suspirando por haberle contestado. Una indefinible se refleja en su discernimiento, al recapitular los escarmientos que mía le había comentado. Sin embargo, esta mujer, la cual apartemente se llama Rita Dawe ha estado asechándola desde que entró a la correccional, procurando aniquilarla; aunque la suerte la ha acompañado, sabe que en cualquier momento lo logrará.

Rita se constriñe las mugrientas manos, sin desviar la atención de Hayley; y ésta la contempla de reojo, costándole tragar saliva.

—No estoy solicitando proposiciones —esclarece la mujer, retándola con la mirada—. Además, reconoce que eres un maldito escollo en este miserable lugar —recrimina, con tono amenazante—. Aunque pensándolo mejor debería aprovechar la oportunidad para asesinarte, haciendo que parezca un simple incidente.

Una sonrisa malévola aparece en su rostro, mientras desvía la vista hacia su overol naranja, presumiendo una pequeña navaja suiza, lo suficientemente afilada para degollarla como un cordero. La pusilanimidad traspasa a la joven, sin discernir cómo actuar en el momento.

Por favor, deseo que alguien aparezca en este instante. Reza en su mente.

La permanencia dentro del presidio, no ha sido estrechamente indulgente; desde soportar las constantes contiendas entre las reclusas, que ella intenta eludir en cada circunstancia. La comida es una inmundicia, al sólo describirla retuerce los órganos internos, aparte especular que esté contaminada con algún microrganismo o envenenada; no obstante, debía consumirla si quería sobrevivir en ese infierno. Inclusive su compañera de celda, la cual posee un alias peculiar acorde a su personalidad, originando que Hayley durmiese por minutos, al estar consciente que probablemente al día siguiente despertaría con magulladuras en todo su cuerpo o fenecida por causa de una hipotética peripecia.

Asimismo, es indudable que alguien debió pagarles una pequeña fortuna a los miembros del jurado para que el veredicto fallase en su contra; así como también lo hicieron con la policía, anexándole evidencia falsificada relacionada con crímenes que no cometió. ¿Estarían encubriendo a alguien?

Hayley se traslada a unos de los cubículos, para verter el agua sucia en el inodoro. En el instante, en que proceder a tirar la cadena, percibe la presencia de alguien detrás. Al girarse sobre sus talones, se encuentra con la mirada discrepante de Rita, colocándole la navaja cerca del cuello.

—¿Piensas que podrás deshacerte de mí? —pronuncia chasqueando la lengua—. Estamos solas, nadie te ayudará. Y sí intentas hacer algo. ¡Morirás desangrada!

Sujeta a la joven con una fuerza descomunal, produciéndole cicatrices en sus muñecas. Ella procura zafarse del agarre, pero cada movimiento que ejecuta es inservible.

—¡Por favor, detente! —suplica, sacudiendo su cuerpo para liberarse—. Podemos resolver esto de otra manera.

La mujer frunce los labios, traspasándola con la mirada.

—¿Presumes que soy una insensata? —increpa, incrustándole las uñas en su piel—. ¿O deduce qué podrás convencerme con tus suplicas? —Hace pucheros.

Hayley niega con la cabeza.

—Bien —responde indiferentemente—, te complaceré haciéndolo a tu manera.

En ese momento, Rita la asedia por el cabello, sumergiéndola dentro del retrete. Hayley procura contener la respiración para no ingerir ese impúdico líquido; sin embargo, el agua comienza a filtrarse por su boca y nariz, comenzando a ahogarse, causando que busque la superficie a tientas, aunque la mujer no se lo permite. Aprecia como aprieta su cuello, dejándola sin aliento.

Dawe había trazado un plan maestro, puesto que las condiciones se encargaron de favorecerla; significando que ninguna persona sabía lo que ocurría. Era el momento oportuno para aniquilarla. Y sólo encontrarían el cadáver de ella.

La muchacha continúa retorciéndose con furia para deshacerse de su opresora, actuando. No obstante, sus esfuerzos sólo la desestabilizan, quedándose sin vivacidades. La garganta comienza le comienza a arder.

—¡Basta! —emite, pero las palabras se convierten en insólitas asonancias.

Su cabeza comienza a palpitarle, la risa irascible de Rita produce ecos, mientras la mantiene sumergida en el inodoro. Su atisbo se desenfoca, el cuerpo no le responde y empieza a perder el conocimiento; cierra los ojos al saber que morirá ahogada en cualquier momento.

Después de unos eternos segundos, pasa una de las manos por su cerviz. Ella expulsa bruscamente la cabeza del sanitario, respirando con dificultad. Expele el fluido repulsivo que ha ingerido. Camina a tientas hacia la pared, recostándose en ella, mira hacia el techo esperando recuperar la poca persistencia que le queda.

Unos minutos más tarde, cuando recobra la perspicacia, se levanta del suelo. Continúa con sus oficios; saliendo del cubículo mientras se mantiene alerta ante cualquier eventualidad. Aunque se percata que el baño está vacío. Suspira convaleciente, pese a esto, todavía siente un reconcomio, sobre todo al saber que Rita no descansará hasta asesinarla.

—¿Fernández? —articula una voz conocida.

Hayley divisa la vista hacia la puerta en donde se encuentra la oficial Young. Pensando que Rita la había involucrado en alguna falsedad.

—Tienes que acompañarme —musita la agente, mostrando un semblante hosco.

—¿Qu… qué hecho? —balbucea flameando de la pesadumbre—. No hice absolutamente nada de lo que pretenden acusarme. —Se defiende, bajando la mirada.

La vigilante frunce el ceño, desconcertada.

—No sé de qué hablas —acota colocando los manos en su cintura—, pero tu abogada necesita hablar contigo urgente y te está esperando.

Hayley la ojea desdeñosamente, negándose a conceptuar lo que comentó la oficial. ¿Cuál abogada? Indudablemente la confundió con otra encarcelada, porque su representante es el señor Stevens ¿Habían realizado un cambio a última instancia? ¿Para qué? Para decirle lo mismo que los anteriores juristas o incluso peor.

—¡Fernández! ¡Qué esperas! —grita Young, sacándola de su ensimismamiento—. No esperaré todo el día.

Sale del baño, siendo escoltada por la guardia hacia la zona de reunión con sus mediadores. Ambas atraviesan varias puertas, hasta encontrarse en una habitación con una ventanilla de vidrio.

—Hola. ¿Eres Hayley Fernández?

La joven sólo asiente.

—Me llamo Verónica Matthew, tú nueva abogada —afirma entrelazando sus manos—. Estoy aquí por un asunto importante.

El cariz de la joven cambia radicalmente, reflexionando que la defensora no porta consigo indulgentes comunicados.

—¿Qué está ocurriendo? —pregunta irascible, mirándola directo a los ojos.

No obstante, la señora Matthew se limita a responder su exhortación, encogiéndose de hombros. Una reminiscencia desabrida reaparece en su boca, mordiéndose el interior de su mejilla para contener las apetencias de llorar.

—Discúlpame, pero es algo delicado —determina, lanzando una exhalación—. Sólo te diré que me acompañaras.

Hayley ensancha los ojos, recreando contextos ficticios en su percepción.

—¿De qué está hablando? ¿A dónde me llevará? —demanda, anhelando un argumento congruente—. ¡No pienso acudir a ningún lado! ¡Necesito obtener respuestas! —replica, alejándose de la ventanilla.

La señora Matthew pretende perseverar la apacibilidad, esta circunstancia se le empieza a complicar.

—Iremos al juzgado —aclara, observándola impacientemente.

Hayley retrocede para encararla, sospechando que su extraordinario encuentro traerá tenacidades contraproducentes para ella.

—¿A la magistratura? —repite sin comprender—. ¿Para qué? Para decirme que adicionaron un nuevo perjurio a mí expediente.

El tiempo empezaba a agotarse para la señora Matthew, y todavía no lograba convencer a la muchacha. Sabía que debía darle respuestas a sus incógnitas, pero no había prórroga para eso.

—Hablaremos en otro lugar —comenta de manera precavida—, te aseguro que será un procedimiento rápido, y además responderé a todas tus inquietudes. —asevera, propiciándole una pizca de esperanza—. Por favor, te suplico que accedas, no compliques el asunto. ¿De acuerdo? Aprovechemos la circunstancia.

Termina aceptando, porque no tiene sentido discutir. Un grupo de oficiales la escoltan por un largo pasillo que conducen a las afueras de la prisión. Esa inmensa sensación de estar en contacto con el exterior, para deleitarse por unos segundos con los rayos solares, que hacía mucho que no disfrutaba.

Aunque miles de cuestionamientos se dispersan por su intelecto relacionadas con ese ininteligible momento; la cual una hacia énfasis en que sería trasladada a otra mazmorra. Las agentes la introdujeron dentro de una camioneta que las esperaba.

La defensora se monta en el asiento de copiloto. Hayley observa como la penitenciaría se queda atrás mientras el vehículo avanza hasta la magistratura. La muchacha discernía que cuando llegasen a su destino, Matthew tenía el deber de suministrarle la información necesaria.

Presentía que la libertad llegaría en cualquier instante.

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