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Portada de la novela LA ENFERMERA DEL MAFIOSO

LA ENFERMERA DEL MAFIOSO

Tras sobrevivir a una traición devastadora, Angelo De Santi, el despiadado líder de un clan criminal, dirige su imperio desde la convalecencia. En su mundo de sombras entra Cassandra Morales, una enfermera dedicada que acepta el peligroso encargo para salvar a su hermana. Obligada por la precariedad y rodeada por la violencia de la mafia, ella deberá asistir al hombre que todos temen, uniendo sus vidas en un destino marcado por el poder.
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Capítulo 1

Cassandra Morales

Cassandra Morales no recordaba un momento exacto en el que hubiera dejado de ser solo una hija.

No hubo un día concreto, ni una conversación solemne, ni una despedida de la infancia, solo un cansancio que llegó temprano... y se quedó.

El sol aún no terminaba de levantarse cuando ella ya estaba en el campo, con las manos hundidas en la tierra húmeda. El frío de la madrugada se mezclaba con el olor a barro fresco, y la neblina baja le mojaba los tobillos como si el suelo respirara. Cassandra trabajaba en silencio, con el cabello oscuro recogido en una trenza gruesa que le caía por la espalda, firme como todo en ella.

Sus brazos, de piel morena clara, estaban marcados por años de trabajo que no le correspondían a una mujer de su edad, pero que había asumido sin quejarse. Cada movimiento era preciso. No había rabia en su forma de trabajar, tampoco resignación. Había responsabilidad.

-Cassandra -llamó su madre desde el porche-. Vas a romperte la espalda antes de que el día empiece.

-Todavía no -respondió ella sin mirarla-. A la tierra no le gusta que la dejen a medias.

Su madre suspiró. Siempre lo hacía cuando Cassandra hablaba así, como si ya supiera más de la vida de lo que le correspondía.

Dentro de la casa, la abuela estaba sentada cerca de la ventana, envuelta en un chal viejo. Tenía las manos torcidas por los años, pero los ojos seguían vivos, atentos.

-Esa niña nació con el alma cansada -murmuró la abuela cuando Cassandra entró a lavarse las manos-Igual que tu padre.

Cassandra levantó la mirada.

-No empieces, abuela.

-No empiezo -respondió ella con una media sonrisa-Solo digo verdades que nadie quiere escuchar.

La abuela había sido la primera en darse cuenta. Cuando el padre murió, cuando el dinero empezó a faltar, cuando la madre se quebró en silencios largos... Cassandra no preguntó qué hacer. Hizo.

Cocinó, trabajó, cuidó y cuando Clara enfermó, no dudó ni un segundo.

Fue al cuarto del fondo, como todas las mañanas. El aire allí era distinto: lavanda, alcohol, pastillas y algo frágil. Clara estaba despierta, sentada en la cama, envuelta en una sudadera demasiado grande que hacía que pareciera aún más pequeña.

-Buenos días, mi guerrera -dijo Cassandra, y su voz se suavizó sin pedir permiso.

-Buenos días, mandona -respondió Clara con una sonrisa cansada-. ¿Ya te vas otra vez?

-Siempre me estoy yendo -contestó Cassandra, sentándose a su lado-. Pero siempre vuelvo.

Le tomó las manos con cuidado. Eran frías.

-¿Te duele algo hoy?

-Un poco... pero no mucho.

Cassandra sabía mentir.

También sabía cuándo alguien le mentía.

-Hoy me toca turno largo -dijo-. Pero te traigo ese dulce que te gusta. El de coco.

Clara dudó.

-¿Hablaste con el doctor... sobre lo otro?

Cassandra bajó la mirada un segundo. Solo uno.

-No todavía -admitió-. Pero lo haré. Estoy juntando todo. Dinero, papeles... lo que haga falta.

-Es muy caro, Cass.

-Nada es más caro que perderte.

Clara apoyó la frente en su hombro.

-No te canses de mí.

Cassandra cerró los ojos.

-Yo me cansé de muchas cosas en esta vida -susurró-De ti no.

El Hospital San Blas ya estaba despierto cuando Cassandra llegó. Pasillos llenos, voces superpuestas, el olor permanente a desinfectante que se metía en la ropa y no salía nunca del todo. Se ajustó la bata con la misma determinación con la que se ajustaba la vida.

-Morales, ¿otra vez tú? -le gritó un enfermero- ¿No te pagan por dormir?

-Todavía no -respondió ella-Avísame cuando empiecen.

En la habitación 402, el señor Ruiz la recibió con un gruñido.

-Por fin -dijo-Esa otra casi me mata con la sopa.

-Usted exagera -contestó Cassandra mientras revisaba el suero-Pero si sigue así, lo voy a dejar con ella a propósito.

El anciano rió.

-Eres un peligro, niña.

-Lo sé.

Fuera, en el pasillo, Sandra la esperaba.

-Siempre igual -dijo con desdén-Todos te quieren.

-No me quieren -respondió Cassandra sin detenerse-Confían, es distinto.

Sandra apretó los labios.

-Algún día te vas a caer de ese pedestal.

Cassandra se giró, tranquila.

-Cuando pase, avísame, mientras tanto, hay pacientes esperando.

Más tarde, una mujer anciana le tomó la mano con fuerza.

-Gracias por quedarte conmigo anoche -dijo entre lágrimas-Pensé que me iba a morir sola.

Cassandra se agachó frente a ella.

-Aquí nadie se muere solo -respondió-No si yo estoy cerca.

Al final del turno, en el vestuario vacío, Cassandra se dejó caer en la banca. El cuerpo le dolía, pero el dolor ya no la asustaba. Sacó el celular y miró la foto de Clara.

-Necesito algo más -susurró-Y voy a encontrarlo.

No sabía que su nombre estaba a punto de cruzar una puerta peligrosa.

***

El consultorio del doctor Olivares olía a café viejo y papeles acumulados. Cassandra conocía ese olor. Lo había respirado demasiadas veces como para asociarlo con buenas noticias.

-Siéntate, Cassandra -dijo el médico, señalando la silla frente a su escritorio.

Ella obedeció, pero no apoyó la espalda. Nunca lo hacía cuando estaba nerviosa.

El doctor hojeaba el expediente de Clara con el ceño fruncido, pasando páginas que Cassandra ya sabía de memoria, fechas, resultados y cifras que no decían nada cuando el miedo te apretaba el pecho.

-Los últimos análisis no son malos -dijo al fin-, pero tampoco son lo que nos gustaría ver.

Cassandra entrelazó los dedos con fuerza.

-Doctor... -empezó, y se obligó a no bajar la voz-Usted me dijo que había un tratamiento nuevo, más agresivo, pero con mejores probabilidades.

Olivares suspiró, quitándose los lentes.

-Lo hay, pero no depende solo de mí.

-Dígame qué tengo que hacer -insistió- Papeles, estudios, turnos extra... lo que sea.

El doctor la miró con una mezcla de cansancio y lástima contenida.

-Cassandra, los pacientes con leucemia se cuentan por cientos -dijo-. Las listas de espera son largas. Muy largas. Hay niños, hay casos críticos... no es cuestión de merecerlo o no.

Ella tragó saliva.

-Mi hermana también es crítica.

-Lo sé -respondió él-Y por eso estoy haciendo todo lo que puedo.

Cassandra apoyó las manos sobre el escritorio, inclinándose hacia adelante.

-No es suficiente -dijo en voz baja, pero firme- Yo la veo cada día, sé cuándo sonríe para no preocuparnos, sé cuándo finge que no le duele.

El doctor guardó silencio.

-Si hubiera una opción privada... -continuó Cassandra-. Una clínica, un tratamiento externo... yo trabajaría el doble, el triple. Puedo pagar en cuotas. Puedo-

-Cassandra -la interrumpió Olivares-No tienes ese dinero, y aunque lo tuvieras, esas clínicas no aceptan a cualquiera.

Ella cerró los ojos un segundo. Solo uno.

-Entonces dígame qué puedo hacer -susurró-Porque quedarme esperando no es una opción.

El médico dudó. Miró hacia la puerta, luego bajó la voz.

-Hay rumores -dijo-. Nada oficial.

Cassandra alzó la vista de inmediato.

-¿Qué rumores?

-Hay pacientes privados -respondió-Muy poderosos buscando atención médica especializada, discreta, pagan cifras que no se ven en el sistema público.

El corazón de Cassandra dio un golpe seco.

-¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

-Nada -contestó el doctor rápido-O tal vez mucho. Todavía no lo sé.

-Doctor...

-No es algo que yo pueda ofrecerte -aclaró- Solo... ten cuidado con lo que deseas. Ese tipo de trabajos no vienen sin un precio.

Cassandra se levantó despacio.

-Todo en mi vida tiene un precio -dijo-Solo estoy intentando elegir cuál puedo pagar sin perder a mi hermana.

El doctor la observó salir, sabiendo que acababa de sembrar algo que ya no podría controlar.

Esa noche, de regreso a casa, Cassandra se detuvo frente a la habitación de Clara antes de dormir. La observó respirar, lenta, frágil.

-Voy a encontrar una salida -susurró-Te lo prometo.

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