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Portada de la novela La embarazada del CEO

La embarazada del CEO

Un encuentro inesperado dejó a la protagonista embarazada de Maximillian, un influyente CEO que la desprecia y la considera solo un medio para obtener un heredero. A pesar de su amor por él, ella sabe que el empresario planea usar su poder para quitarle al bebé y apartarla de su camino para siempre. Decidida a proteger su vínculo maternal, planea una huida desesperada antes de que el hombre que ama le arrebate lo que más valora en el mundo.
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Capítulo 2

Braşov, Rumanía.

13 de diciembre de 2020

Rebecca Ardelean:

Abrí los ojos a duras penas sintiendo el dolor extenderse por cada partícula de mi cuerpo.

Pero no se debía a algo físico.

Todo iba más allá.

Mi alma era la que estaba completamente rota.

Hundida en la miseria, yo estaba ardiendo, sucumbiendo en lo oscuro y caótico.

Hace un par de días nunca me hubiera esperado esto.

Mi padre.

Quien siempre me trató como a su niña había sobrepasado los límites conmigo y me había terminado golpeando después de una noche de borrachera.

Estaba tan furioso que sentí un miedo atroz apoderarse de cada músculo de mi cuerpo.

Esa violencia era inesperada e injustificada.

No entendía qué era lo que le estaba pasando pero bien sabía que no era nada bueno.

Después del primer golpe vino una lluvia de ellos.

Traté de huir en medio de mi aturdimiento pero él no me dejó hacerlo.

Tiró de mi pelo largo con tanta fuerza que sentí que casi se desprendió de mi cabeza y como consecuencia me hizo caer al suelo.

No entendí ni una palabra de lo que estaba diciendo porque no sólo él lloraba sino que yo también lo hacía.

En un momento me levantó del suelo y me arrastró descalza a un lugar.

No pregunté.

Me limité a quedarme callada en medio de mi llanto.

Como si conociera perfectamente mi destino.

Cosa totalmente absurda porque yo no soy de darme por vencida pero que mi papá me tratara de esta manera quebraba todas mis defensas y rompía mi corazón en pedazos.

¿Qué podía hacer?

Me sentía como un cascarón vacío.

No sé a qué me trajo a Rumanía.

Vivimos en Italia hasta que se le ocurrió la maravillosa idea de traerme aquí.

Sé hablar Rumano, mi padre lo es al igual que yo pero creo que él mismo a veces lo olvida.

Me llevó a vivir a Italia desde que tengo uso de razón así que el italiano es más como una lengua materna para mí que el mismo rumano.

No sé quiénes son estas personas que lo rodean pero soy consciente que no son nada buenas.

Puedo sentirlo.

Le hablan deprisa a papá y con violencia pero no soy capaz de entender absolutamente nada.

Soy un manojo de nervios.

Me abrazo a mi misma guardándome del frío asesino que cala mis huesos aunque estoy segura que no es el clima lo que precisamente me afecta.

Trago saliva inquieta.

Temerosa.

Pero la sensación se vuelve mucho peor cuando uno de los hombres me mira de una manera que me hace temblar.

Tengo tanto miedo que doy un paso atrás pero la firmeza del agarre de mi padre en mi codo me detiene.

No me permite huir.

—Entonces dámela, nos pertenece. Le pertenece al club —dice el hombre en perfecto rumano y esta vez si logro entender a la perfección porque lo dijo de forma tan suave y letal que lo capto todo.

Yo niego con la cabeza asustada por sus palabras mientras las lágrimas caen a borbotones por mis mejillas sin poder detenerlas.

Me siento humillada.

Dolida.

Pero no sólo eso.

Mi voluntad se quiebra.

—No —susurro a la nada como si fuera posible poder evitar lo inminente, mi padre. Mi propio progenitor estaba dándome a estos hombres—. ¡No!

Grité con tanta fuerza que mi garganta comenzó a doler de repente.

Comencé a correr tratando de escapar de mi destino pero mi padre una vez más no me lo permitió.

Tiró de mi cabello como había hecho en casa logrando derrumbarme.

La cabeza me dolía.

De hecho todo mi cuerpo lo hacía pero nada era peor que el dolor en mi alma.

—No lo entiendes Rebecca, no puedes irte.

Lo siento hija, yo...

— ¡No me hables! —grité rabiosa mirándolo con cólera cuando estos dos hombres me tomaron de los brazos levantándome del suelo—. Eres despreciable ¡Te odio tanto, no quiero volver a verte en mi vida! —chillé histérica.

Él comenzó a balbucear y vi lágrimas en sus ojos pero no logró mover ninguna fibra en mí.

Puede que realmente no lo odiara porque era mi padre pero esto sería algo que jamás en mi vida le perdonaría.

¿Y se atrevía a mostrarse dolido cuando él mismo me había vendido?

La rabia consumía mi corazón golpeando bajo mi pecho.

—Re...

—Cállate —susurré negando con la cabeza y él apartó la mirada.

Los hombres comienzan a llevarme por las calles oscuras siendo guiado con el que dijo que yo le pertenecía y tengo tanto miedo.

¿Qué sería de mí ahora?

¿Van a violarme?

¿A dónde me llevarán?

Todos mis sueños e ilusiones se desploman frente a mí martirizándome.

Quebrándome.

Todo es su culpa.

Las piedras se clavan el mis pies y debería dolerme pero no lo hace.

Con cada paso que doy siento que pierdo mis fuerzas.

Me paraliza y lo odio.

Porque no me gusta sentir debilidad.

Mucho menos frente a estos bastardos a los que no conozco en lo absoluto.

Nos detenemos frente a un club.

Sé muy poco sobre la ciudad porque a penas salí a caminar cuando llegué pero he visto este lugar.

El mismo a donde las señoritas como yo jamás podrían acercarse.

Me horrorizo pensando mil posibilidades por segundo y ya estoy llorando otra vez.

El hombre nos conduce, no por la puerta principal, sino por otra que yo no había notado y nos encontramos de frente con una mujer hermosa quien dirige toda su atención en mí.

— ¿Una nueva? —entiendo perfectamente y el hombre que nos había estado guiando no le responde pero sorprendentemente tira de su cintura para atraerla mucho más hasta su cuerpo y besarla con ardor.

Aparto mi mirada ruborizada por la muestra pública asqueándome aún más de este sitio.

—Lubirea mea, no puedes hacer eso frente a las muchachas. Vamos fetiță, te guiaré a tu habitación.

Los hombres me sueltan enseguida cuando la mujer me tiende su delicada mano y yo como acto reflejo decido correr en el camino contrario a donde íbamos.

A la salida pero ellos no tardan en detenerme logrando que volviera a llorar.

El hombre que besó a la mujer se detiene frente a mí me aprieta la barbilla con firmeza pero no causándome dolor antes de clavar sus ojos penetrantes en mí logrando que me estremeciera de miedo.

—No vuelvas a intentar huir, fetiță —gruñó él visiblemente molesto —fetiță quería decir niña, creo que es así— me repito mentalmente tratando de recordar las palabras en rumano—. Christel va decirte todo lo que tienes que hacer si quieres salir de aquí con vida, porque supongo que eso es lo que quieres ¿O no?

Su tono es sarcástico.

Mortal.

Como si estuviera hipnotizada por sus ojos azul eléctrico asiento y él me empuja ligeramente hasta la mujer que en silencio me guía a la habitación que supuestamente debo ocupar.

Aprieto mi labio con mis dientes sacándome sangre de estos y cuando ella me ve niega con la cabeza repasándome lentamente con la mirada de pies a cabeza.

—Eres muy guapa, fetiță. Es una lástima que hayas caído en este lugar —murmuró como si realmente sintiera lástima por mí—. Te enseñaré todo lo que tienes que saber. Será un camino largo pero puede que no espinoso si pones de tú colaboración.

—No, por favor señora. Yo no vine aquí voluntariamente, tiene que ayudarme —le supliqué acercándome a ella apretando mis manos con las suyas sin detener las lágrimas que seguían cayendo—. Mi padre me vendió.

—Fetiță, casi todas están aquí sin opción. Tu padre le debía mucho dinero a Răzvan y el precio fue pagado por ti. Cuando te entregó canceló toda la deuda.

—No por favor, no fue mi culpa. Tienen que liberarme.

Vi la compasión brillando en las pupilas de la mujer y tuve un deje de esperanza pero lo que salió de su boca a continuación no fue nada esperanzador.

—Gagică yo no puedo hacer nada para salvarte. Lo siento, la única que puede hacerlo eres tú misma.

— ¿Pero cómo? —le pregunté con desesperación y ella apartó la mirada de mi rostro pareciendo ligeramente avergonzada.

—Tienes que pagar el dinero que debía tu padre y si no puedes hacerlo entonces tendrás que trabajar.

— ¿Trabajar? Bueno, puedo hacer lo que quieran, puedo...

—No un trabajo común, tienes que prestar tus servicios al club hasta pagar el último centavo. Tienes que ser una de nuestras păpuşi.

Su declaración me hizo estremecer de miedo —păpuşi quería decir muñecas y estoy segura de que no se refiere a las de niños—.

—Yo tengo que... ¿Acostarme con los hombres? ¿Tengo que convertirme en una prostituta? —le pregunto casi sin voz y ella se queda mirándome por un tiempo hasta que rompe el silencio.

—Eso o también puedes bailar para ellos pero te garantizo que encontrarás el dinero mucho más rápido acostándote con ellos gagică.

Sólo tienes que usarlos como moneda de cambio.

Volví a negar con la cabeza.

Yo no puedo hacer eso.

No puedo.

Me sentía rota.

Como una muñeca, sí, pero sin alma.

Vacía.

Pero eso es mejor que sentir el dolor de mi ser quebrándose y dejándome sin aliento.

—Por favor, no... —susurré pero sabía que nadie iba a ayudarme.

Nadie iba a meter las manos por mí porque mi propio padre decidió venderme.

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