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Portada de la novela La dulce sirvienta y el millonario

La dulce sirvienta y el millonario

Loana crece en los márgenes de la riqueza, observando el lujo de la mansión donde su madre trabaja. Su vida cambia al enamorarse de Mihai, el joven heredero de la propiedad, quien lucha contra las rígidas expectativas de su familia aristocrática. En una Rumanía dividida por clases, ambos inician un romance clandestino. No obstante, las oscuras verdades del pasado y la presión social pondrán a Loana ante el dilema de seguir su corazón o cumplir con su deber.
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Capítulo 3

El sol de la mañana se filtraba tímidamente a través de las hojas doradas de los árboles que rodeaban la mansión, iluminando la fachada de piedra con su luz cálida. Loana se acercaba a la enorme puerta de entrada de la mansión con paso apresurado, un nudo en el estómago que le apretaba el pecho. Ayer, después de su encuentro con Mihai, había dejado su visita inconclusa, sin poder encontrar a su madre, quien trabajaba en la cocina. Su hermano seguía enfermo y su preocupación no la dejaba tranquila.

Hoy había decidido volver, con la esperanza de que su madre estuviera allí y pudiera llevarle algún remedio para el pequeño, quien se encontraba cada vez más débil. Caminó por el sendero de piedra, entre las plantas bien cuidadas, sintiendo una vez más el contraste entre su mundo y el de aquellos que habitaban la mansión. Su madre siempre le había hablado de la grandeza de ese lugar, pero Loana nunca había imaginado que estaría allí, cruzando sus puertas como una sombra, un espectro invisible entre los sirvientes y los lujos de la familia Ionescu.

Al llegar al pasillo de servicio, Loana vio a varias sirvientas trabajando apresuradas, pero su mente estaba ocupada en la necesidad de encontrar a su madre. El ruido de los pasos se desvaneció cuando, al girar la esquina, se topó con una figura familiar: Mihai.

Él la observó de inmediato, sus ojos oscilando entre la sorpresa y la curiosidad. Su presencia en ese pasillo no dejaba de ser extraña, y lo que lo sorprendió aún más fue verla allí, de nuevo, sola, con el cabello recogido y su rostro lleno de una expresión de ansiedad que no había notado la última vez.

-Tú otra vez -dijo Mihai, sin tratar de ocultar el desconcierto en su voz, cruzando los brazos mientras la miraba desde el umbral de la cocina. El tono de su voz era algo duro, pero no estaba tan molesto como el día anterior. Había algo en él, un interés sutil que Loana no lograba comprender del todo.

Loana lo observó por un instante, sorprendida por el hecho de que él la recordara. No entendía qué hacía él en esa parte de la mansión, tan lejos de las áreas de su padre, tan apartado de su mundo de riqueza y poder. Pero la pregunta se quedó atorada en su garganta, porque no se atrevió a cuestionarlo directamente.

-Vengo a buscar a mi madre -respondió ella, intentando sonar tranquila, aunque en su interior sentía una mezcla de incomodidad y ansiedad. Sabía que no debía estar allí, que su presencia no encajaba en ese mundo, pero el amor y la preocupación por su hermano la impulsaban a no retroceder.

Mihai la miró en silencio durante unos segundos, observando su ropa simple y su postura encorvada, como si intentara fundirse con las sombras del pasillo. Ella no era de los suyos, eso estaba claro, y eso solo le hacía sentirse más curioso. La mansión, tan llena de personas que se desvivían por agradarle, nunca había estado tan cerca de la gente común como Loana.

-¿Cómo te llamas? -preguntó él, de manera directa, pero sin la arrogancia que había tenido el día anterior. Su tono era más suave, aunque aún mantenía una capa de distancia.

Loana, sorprendida por la pregunta, levantó la vista para mirarlo a los ojos. No esperaba que él tuviera curiosidad por su nombre. En ese momento, un calor extraño recorrió su cuerpo, y el nerviosismo se apoderó de ella al darse cuenta de que él la estaba observando detenidamente.

-Loana -respondió ella, apenas susurrando, con la mirada fija en sus zapatos, como si la humildad de su nombre fuera una marca que no quería que él viera.

El silencio que siguió se extendió entre ellos, cargado de algo que no podían identificar. Mihai se sentía inquieto, como si, por un instante, la burbuja de su mundo estuviera a punto de estallar, pero se reprimió. Los momentos como ese eran raros en su vida, en la que siempre había sido el centro de atención, rodeado de personas que sabían exactamente qué hacer y qué decir.

-Loana... -repitió él, como si saboreara el nombre en sus labios, y luego frunció el ceño ligeramente-. ¿Por qué no te quedas? Mi madre no está aquí, pero seguro que las cocineras pueden ayudarte con lo que necesites.

La oferta parecía generosa, pero Loana sabía que era una invitación vacía, una cortesía que él no pensaba cumplir. Ella se sintió incómoda con su proximidad, notando la diferencia abismal entre ellos: la riqueza que lo rodeaba a él, la pobreza que la marcaba a ella. Decidió ignorar la invitación, no quería ni imaginarse en una posición en la que tuviera que hacerle algún favor a las sirvientas, o peor aún, sentirse aún más inferior a él.

-No, gracias -dijo rápidamente, girándose hacia el pasillo-. Mi madre debe estar trabajando, buscaré en la cocina.

Mihai observó cómo ella se alejaba rápidamente, una sensación extraña formándose en su pecho. Había algo en ella que lo atraía, algo que iba más allá de la incomodidad del primer encuentro.

Loana, por su parte, no pudo evitar sentir la mirada de Mihai sobre su espalda mientras caminaba. Había algo inquietante en él, algo que la hacía dudar, pero también sentía una especie de imán invisible que la conectaba a él. A lo lejos, escuchó a una sirvienta gritar su nombre, y la voz de Mihai se desvaneció mientras ella se adentraba en la cocina en busca de su madre.

Mientras Loana buscaba a su madre entre las cocineras, Mihai se quedó allí, pensativo, mirando cómo ella desaparecía en la distancia. Algo en su interior no podía dejar de pensar en la joven con la que se había cruzado dos veces en menos de 24 horas. El encuentro, aunque breve, había sembrado una semilla que comenzaba a crecer lentamente. Algo le decía que ese no sería el último encuentro entre ellos.

Pero también sabía que las barreras que separaban sus mundos eran enormes, y que, a pesar de su curiosidad, nunca podría cruzarlas.

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