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Portada de la novela La Dulce Amargura del Ramo de Lágrimas

La Dulce Amargura del Ramo de Lágrimas

El día de su compromiso, su prometido la abandona y la golpea solo para cocinarle a otra mujer. Tras ser injustamente reprendida por su propio hermano, ella decide cortar lazos en silencio. Mientras ellos disfrutan de un viaje despreocupados, ella se une a un proyecto estatal de investigación de armas estratégicas bajo estricto secreto por diez años. Cuando ellos finalmente intentan buscarla tras semanas de ausencia, descubren que se ha marchado para siempre, desatando el pánico absoluto.
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Capítulo 1

El día de mi compromiso, él quiso irse solo porque Violeta Mendizábal quería comer empanadas caseras hechas por él. Intenté detenerlo, pero me respondió con una bofetada.

—Solo es un compromiso, lo podemos hacer otro día. ¿Y si Violeta se queda con hambre?

Incluso mi hermano me regañó, como si yo fuera la culpable:

—Tú eres mayor que Violeta, ¿no puedes ceder un poco?

No respondí. Solo me di la vuelta y lo dejé ir.

Pensando que era solo una rabieta mía, no le dieron importancia, y cancelaron todos sus compromisos para poder pasear con Violeta por montañas y playas.

Recién medio mes después se acordaron de mí.

Cuando por fin intentaron contactarme, se enteraron de que ya había ingresado a un programa confidencial del Estado, un proyecto de investigación de armas estratégicas que duraría diez años…

Y que no pensaba volver jamás.

Entonces sí, el pánico los invadió.

—Emilia Cordero, ¿estás segura de que quieres unirte al programa de investigación? —preguntó la mentora Valdés con una chispa de esperanza en los ojos, como si temiera que me arrepintiera en el último segundo—. Siempre decías que querías quedarte, casarte, tener una familia... ¿Qué te hizo cambiar de idea?

Tomé el acuerdo de confidencialidad que me extendía y firmé sin dudar.

—Ayer pasó algo tan feo que me hizo entender que mi futuro vale más que quedarme esperando a alguien que ya no me ve.

—¿Aún lo quieres? —preguntó con cautela.

—Justamente por eso no puedo casarme con él. Si lo hiciera, viviría cada día esperando que por fin se dé la vuelta y me mire.

Ella suspiró, aliviada, y tomó los papeles firmados con una sonrisa.

—Así se habla. Eres mi alumna favorita, Emilia. Es bueno que lo entiendas a tiempo.

Me acompañó hasta la puerta y, con voz suave, añadió:

—Y si todavía te cuesta soltarlo… despídete bien.

El invierno en Santa María del Sur calaba los huesos. Me subí el cuello del abrigo, sonreí y asentí:

—Sí.

Ese día no estaba de humor, así que fui a la pastelería donde solía ir de estudiante, y, como consuelo, me compré mi pastel de fresa favorito.

Justo al pagar y darme la vuelta, me lo encontré.

Damián Altamirano.

—Sabías que a Violeta le encanta el pastel de fresa en su cumpleaños. ¿De verdad te llevaste el último a propósito? —me preguntó con el ceño fruncido y los ojos llenos de reproche.

—¿Qué estás diciendo? —pregunté, sin ganas de discutir.

—Emilia, ¿tanto te cuesta dejarle algo?

Aparté la mirada y respondí con calma:

—Si no me lo dicen, ¿cómo voy a saber que hoy es su cumpleaños? Además, la pastelería aún está abierta. Pueden encargar uno para ella con el sabor que prefieran.

Sus ojos se volvieron más fríos.

—Tú ni siquiera comes fresa. ¿No puedes dejar que lo tenga ella?

Respiré profundo, tratando de mantener la compostura.

—¿Y quién dijo que no me gusta...?

—¡Ya basta! —me interrumpió de pronto, con el rostro tenso—. Si no fuera porque Violeta te salvó la vida, ni siquiera estarías aquí para pelear por un maldito pastel. Si llego a saber que eras tan desagradecida, ese día que casi mueres atropellada, mejor hubiéramos seguido de largo.

Me arrebató el pastel de las manos con fuerza.

—Este pastel es de Violeta. Así que ni lo pienses. Y no empieces con tus berrinches.

Apreté los puños, inspiré hondo y volví a encontrar mi tono neutro.

—Está bien. Si Violeta lo quiere, que lo tenga.

Damián se dio media vuelta para salir, pero se detuvo en seco, luego giró el rostro y me lanzó otra frase seca:

—No empieces con tu sarcasmo. Violeta quiere verte. Sube al coche y vamos.

Asentí sin decir palabra, pero, cuando abrí la puerta del copiloto, me detuvo.

—Atrás. Ese asiento es de Violeta.

Entendí perfectamente y me senté en el asiento trasero sin protestar.

Todo el coche olía a durazno, ese perfume que ella usaba siempre, y el estómago se me revolvió al punto en el que, en cuanto bajé, no pude evitar vomitar en la acera.

Damián me miró con asco, y, arrugando la nariz, soltó:

—¡Dios… qué exagerada! Solo era un viaje corto. Termina y entra de una vez. Todos te están esperando.

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