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Portada de la novela La diosa de la guerra reencarnada

La diosa de la guerra reencarnada

Traicionada por un colega durante una misión confidencial, Lucille fallece para luego despertar en la piel de una pequeña niña que comparte su nombre. Decidida a limpiar el honor de su familia y obtener justicia, emprende una búsqueda de venganza. Sus planes se complican al conocer a Joseph, un experto en combate que oculta su fuerza tras una fachada de fragilidad. El intenso amor que él le profesa se convierte en un dilema para su misión.
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Capítulo 3

......

El silencio en la habitación era tan denso que prácticamente se podía tocar.

Charles miró asombrado a Lucille, y la desilusión e indiferencia que encontró en sus ojos le congelaron la sangre. 

Fue entonces cuando recordó que la noche anterior ella había estado en un estado de crisis constante, interrogando sin parar a Samuel y Zoey, con el rostro bañado en lágrimas.

Nunca había intentado agredir a nadie. De hecho, fue Zoey quien le había tendido la mano. Y cuando esta cayó por las escaleras, Lucille reaccionó sorprendida, como si hubiera sido algo inesperado. 

¿Podría haber estado equivocado acerca de ella todo este tiempo?

"Charles, me duele muchísimo" gimoteó Zoey, tapándose el rostro e intentando llamar su atención. "¿Crees que tengo moretones en la cara?"

Esta vez, definitivamente no estaba fingiendo.

Su muñeca se sentía como si miles de hormigas la hubieran picado, y su rostro estaba ardiendo. 

"Mald*ta Lucille" pensó Zoey. No sabía muy bien como lidiar con esta nueva Lucille, pero definitivamente se vengaría cuando tuviera la oportunidad.

Charles miró disgustado la cara hinchada de Zoey y se enfureció: "¡Lucille, eres un monstruo! ¡Por poco le desfiguras la cara a Zoey!"

Lucille sonrió burlonamente y respondió con sarcasmo: "Ah, pero su cara no está desfigurada, ¿verdad?"

"¡Mald*ta...!" Charles estaba tan furioso que ni siquiera fue capaz de terminar la frase.

Samuel dirigió una mirada de disgusto a Lucille. "Lucille, amo a Zoey, y ya no soporto tener que verte. Encontraré la manera de romper nuestro compromiso. A partir de ahora, estás sola". 

Tras decir eso, alzó en sus brazos a la sollozante Zoey y salió de la habitación. "No llores, Zoey. Te llevaré a ver a un médico".

Charles se mantuvo donde estaba, mirando furioso a Jules. "Samuel y Zoey son la pareja perfecta, ya no tienes ninguna oportunidad con él. Mi consejo es que dejes de acosarlo, o te convertirás en un hazmerreír".

Dijo eso y se marchó, hecho una furia.

Lucille respondió con una mueca de desprecio. 

El compromiso entre Samuel y la antigua poseedora de este cuerpo había sido presidido por los ancianos de ambas familias, y había quedado asentado en un contrato de compromiso, redactado por el abuelo de Samuel. La propia ceremonia de compromiso se celebró según las tradiciones y costumbres ancestrales. Todo eso constituía un claro indicio del compromiso que ambas familias tenían con dicha unión.

Dado que había sido Samuel quien había engañado a la dueña original de este cuerpo, resultaba irónico que ahora quisieran culparla a ella.

¡La familia Jules ignoraba por completo lo que estaba sucediendo!

Lucille sintió que un dolor le oprimía el pecho. "¿Te das cuenta ahora? No vale la pena angustiarse por gente tan desalmada como esta".

Muchos años atrás, ella también había sido testigo de la caída en desgracia de su familia, y se había visto obligada a asumir la responsabilidad de vengarla, y continuar con su legado. 

Siendo muy joven, la situación política de Dilsburg le había resultado muy complicada de manejar, con alianzas secretas y engaños a cada paso. Los enemigos de su padre estaban por todas partes. 

De modo que no le había quedado más remedio que esperar el momento oportuno, preparando el terreno con cautela y acumulando poder en secreto hasta que llegara la ocasión propicia para asestar el golpe.

Sin embargo, todavía no había limpiado el nombre de su padre, ni había conseguido una cierta medida de justicia para la gente de su familia que había muerto injustamente, y en cambio había sido traicionada por aquellos que tenía más cerca.

Pero eso ya no tenía importancia. ¡Lucille nunca había creído en el destino!

Estaba decidida a aprovechar  plenamente esta nueva posibilidad de vivir, y se había propuesto sacarle el máximo partido a todas las oportunidades que se le presentaran.

Reescribiría su propia historia, y crearía el futuro que sabía que merecía. Y nada se interpondría entre ella y su objetivo.

Con eso en mente, respiró hondo, se levantó de la cama y abandonó la habitación.

Cuando llegó a la entrada, vio a Howard salir precipitadamente de su auto y entrar corriendo en el hospital, luciendo asustado y preocupado. Debía estar aquí por Zoey.

Si Lucille no supiera lo contrario, habría pensado que él estaba yendo a reclamar el cadáver de Zoey.

¡Pff!

¡Qué hombre tan ciego! 

Su propia hija estaba ahí, justo frente él, pero sólo podía pensar en Zoey.

Lucille hizo un gesto de desprecio y apartó la mirada, dirigiéndose directamente hacia la acera para llamar a un taxi.

Del otro lado de la calle, un Maybach negro estaba estacionado.

El hombre que estaba dentro bajó la ventanilla trasera y miró con interés a Lucille. Observó a una mujer alta y esbelta, con su bata de hospital tan holgada que parecía colgar de ella. Se veía como si una ráfaga de viento pudiera llevársela.

Su rostro limpio y delicado estaba ligeramente pálido, lo que provocaba una sensación de fragilidad.

Bajo su bata, se podía observar un cuello alargado, que recordaba al de un cisne, y una pequeña zona de su exquisita clavícula brillaba a la luz del sol.

El hombre la miró a los ojos, y quedó atónito por unos instantes. 

Eran de una claridad y un brillo extraordinarios, incluso más que el cristal, y tenían un aura glacial. 

La mujer tenía una actitud distante, coloreada con una buena dosis de orgullo.

Y se veía tan familiar...

Joseph Collins entrecerró los ojos, y su voz grave y seductora llenó el auto. "Culver, conduce hasta allí".

Culver Johnson, sorprendido, dio la vuelta y se encontró con su jefe mirando por la ventanilla con una expresión de inusual intensidad en sus ojos.

Siguiendo su línea de visión, pudo observar a Lucille, que en ese momento se sacudía el pelo con impaciencia.

"¡¿Ella?!" exclamó Culver. "Señor, quizás usted no lo sepa, pero esa mujer es Lucille, la hija menor de la familia Jules. Es famosa por ser terrible: no solo es melancólica y antipática, sino que también le hace la vida imposible a Zoey, la hija adoptiva de la familia!"

"¿Lucille Jules?" Joseph repitió el nombre en un murmullo, con un brillo en sus ojos.

"Una persona melancólica y antipática no es el tipo de persona que le hace la vida imposible a los demás".

"Señor..."

"Solo conduce hasta allí". La voz de Joseph era tranquila, pero transmitía una impresión de profunda autoridad, que hacía que fuera imposible negarse.

A Culver no le quedó otra opción que hacer lo que le indicaban.

Lucille llevaba mucho tiempo esperando un taxi, pero ninguno se había detenido por ella. 

El sol abrasador la estaba irritando cada vez más. En ese momento, el Maybach negro se detuvo lentamente frente a ella. 

La ventanilla trasera descendió, revelando el impresionante perfil del hombre que había dentro. 

Lucille lo miró, y quedó impactada por su atractivo.

Se trataba de un hombre con un mentón cincelado, ojos penetrantes y nariz altiva. Sus exquisitos rasgos eran incomparables, y el traje negro que vestía ceñía su musculosa figura y le confería un aire de sofisticación. Su presencia era impactante y su notable porte imponía respeto.

Sintiendo la mirada de ella, Joseph giró ligeramente, revelando un rostro increíblemente apuesto. Sus ojos almendrados insinuaban una cierta coquetería, y tenían las comisuras ligeramente levantadas.

A primera vista, Joseph era absolutamente encantador.

Pero su mirada fría y distante le restaba atractivo, y le confería un aire de frío desinterés.

Lucille levantó una ceja, sin hacer ningún intento por ocultar su asombro.

No podía negarlo: era el hombre más atractivo que había visto en su vida. Pero no le gustaba la manera en que la miraba.

Tenía una actitud tan serena y analítica que parecía estar evaluando una futura presa. 

Los ojos de Lucille se entrecerraron, y su expresión se volvió glacial. "¿Qué es lo que quieres?" preguntó. 

Joseph se sintió aún más intrigado. Era la primera mujer que se atrevía a hablarle en ese tono. 

Le dedicó una leve sonrisa, y con una voz sedosa dijo: "¿Adónde quieres ir? Déjame llevarte".

Lucille, que había comenzado a impacientarse esperando algún medio de transporte, no se lo pensó dos veces antes de abrir la puerta del auto y subir. "Gracias" dijo simplemente. 

Los ojos de Joseph brillaron divertidos mientras admiraba su exquisito perfil. "¿No tienes miedo de que sea un tipo malo?" preguntó en un tono bajo y seductor.

Lucille miró al frente con indiferencia, y levantó una ceja. "¿Qué piensas hacer, comerme? ¿A plena luz del día?"

A fin de cuentas, ella era la Diosa de la Guerra, y estaba acostumbrada a vivir al límite. Incluso dos tipos grandes como estos no tendrían ninguna posibilidad frente a ella.

Joseph se rio de su actitud despreocupada y preguntó: "¿A dónde vamos?"

Lucille nombró el hotel donde la propietaria original de este cuerpo había celebrado su fiesta de cumpleaños la noche anterior. Joseph asintió, y se volvió hacia el atónito Culver. "¿No sabes el camino?" preguntó con una ceja levantada.

Culver recuperó la compostura y puso en marcha el vehículo.

"Santo cielo, el Sr. Joseph no solo invitó a la tristemente célebre Lucille a viajar con él, sino que también está conversando con ella, e incluso le sonrie. Debo estar soñando".

Lucille miró por la ventanilla mientras el Maybach negro se abría paso entre la congestión del tráfico. 

El auto apenas se movía, y no pudo evitar sumirse en sus pensamientos.

Habían pasado casi 20 horas desde el incidente de la noche anterior.

Era probable que las imágenes de las cámaras de seguridad ya se hubieran borrado, pero ella estaba decidida a buscarlas de todos modos. Mandaría personalmente a la cárcel, uno por uno, a los que habían matado a la dueña original de este cuerpo.

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