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Portada de la novela La deuda de la Carne

La deuda de la Carne

Para salvar a su hermano tras un robo al peligroso Leonid Volkov, Mia acepta un trato implacable: treinta días de entrega absoluta en la mansión del magnate. Sometida a reglas severas y sin prendas que la protejan, se adentra en un juego de dominación y placer oscuro que busca doblegar su voluntad. Aunque el odio motiva su resistencia, su cuerpo empieza a ceder ante el control de Leonid. Al expirar el pacto, ella decidirá entre su libertad o el deseo.
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Capítulo 3

La tinta negra sobre el papel grueso parecía palpitar, como si hubiese absorbido el pulso errático y desesperado de Mia. Mia Rossi. Su nombre. Su condena. Las letras se difuminaron ligeramente bajo el rastro de una lágrima solitaria que no pudo contener y que cayó justo sobre el trazo final de la «i».

Leonid observó la gota de agua salada manchar el documento con una fascinación oscura. No se movió para consolarla; en su mundo, el miedo no era algo que se mitigara, era algo que se consumía. Con una lentitud exasperante, deslizó la carpeta hacia sí mismo, cerrándola con un chasquido sordo que resonó en el despacho como el cierre de un ataúd.

El eco de la orden que él había dado por el intercomunicador -«Tráiganlo»- aún flotaba en el aire gélido, mezclándose con el aroma a cedro y poder absoluto. Mia retrocedió un paso, alejándose del escritorio como si la madera estuviera al rojo vivo. Sus rodillas temblaban con tal violencia que tuvo que clavar las uñas en las palmas de sus manos para mantenerse en pie.

No tuvo que esperar mucho.

El pesado repiqueteo de pasos arrastrados resonó en el pasillo exterior. Las monumentales puertas de roble oscuro se abrieron de golpe, empujadas por los mismos dos mastodontes trajeados que la habían escoltado a ella minutos antes. Entre ellos, sostenido casi en el aire por los brazos, colgaba la figura rota de un hombre.

-¡Julian! -El grito desgarrador brotó del fondo de la garganta de Mia.

Se abalanzó hacia adelante, olvidando por un instante dónde estaba y con quién estaba. Los guardias soltaron a su hermano, dejándolo caer como un saco de escombros sobre el inmaculado mármol negro. Mia cayó de rodillas a su lado, ignorando el dolor del impacto contra la piedra fría.

El aspecto de Julian era una pesadilla viviente. El rostro que una vez había sido apuesto y arrogante estaba ahora hinchado y deformado por los golpes. Su labio inferior estaba partido, manchando de rojo oscuro la barbilla y el cuello de su camisa, que alguna vez había sido blanca y ahora era un mapa de sangre seca y sudor rancio. Tenía un ojo completamente cerrado por un hematoma violáceo y respiraba con un silbido húmedo que delataba, al menos, un par de costillas rotas.

Apestaba a miedo, a cobre y a encierro.

-Julian... por Dios, mírame -sollozó Mia, acunando el rostro de su hermano con manos temblorosas. Sus dedos se mancharon de su sangre-. Estoy aquí. Ya pasó.

Julian tosió, escupiendo un coágulo rojo sobre el mármol, y parpadeó con su único ojo útil. Su mirada, nublada por el dolor y la desorientación, tardó unos segundos en enfocar el rostro de su hermana. Cuando lo hizo, un pánico renovado, mucho más profundo que el dolor físico, distorsionó sus facciones.

-¿Mia? -jadeó él, su voz era un crujido áspero-. No... ¿qué haces tú aquí? ¡Vete! ¡Tienes que irte de aquí!

Julian intentó empujarla con brazos débiles, mirando con terror puro por encima del hombro de la joven, hacia la figura inmóvil que observaba la escena desde la sombra de su escritorio. Leonid Volkov los miraba con la misma expresión de desinterés con la que uno miraría a dos insectos debatiéndose en el suelo. No había placer sádico en su rostro; solo una frialdad absoluta, lo que lo hacía mil veces más aterrador.

-Ya no importa, Julian -susurró ella, intentando forzar una sonrisa valiente que se rompió antes de formarse. Acarició el cabello apelmazado de su hermano-. Vas a irte. Ellos te van a dejar salir ahora. Estás libre.

Julian se paralizó. Su respiración sibilante se detuvo por un segundo mientras su cerebro procesaba las palabras de su hermana menor. Sus ojos bajaron de su rostro empapado en lágrimas hacia el inmenso despacho, y finalmente se clavaron en la inmaculada figura del líder de la Bratva.

-No... -El susurro de Julian fue un gemido ahogado-. Mia, ¿qué hiciste? ¿Qué le prometiste?

-He saldado tu deuda -La voz que respondió no fue la de Mia, sino la de Leonid.

El barítono del ruso cortó el aire como un cuchillo de carnicero. Se alejó del escritorio con pasos silenciosos y felinos. Sus zapatos de diseñador no hacían ruido contra el mármol, pero su presencia pesaba como toneladas de acero. Se detuvo a un metro de ellos. Desde esa perspectiva, arrodillada en el suelo con la sangre de su hermano en las manos, Mia se sintió más pequeña e insignificante que nunca.

Leonid miró a Julian con una repulsión gélida.

-Tu vida no valía los dos millones que me robaste, basura -dijo Leonid, cada palabra destilando un desprecio letal-. Iba a despellejarte vivo esta noche y enviar tus restos a los buitres del puerto. Pero resulta que tu hermana posee un activo que me interesa mucho más que tu miserable existencia.

Julian intentó levantarse, la furia de la humillación inyectando una última y patética chispa de adrenalina en su cuerpo destrozado.

-¡Hijo de perra! -escupió el hombre, logrando ponerse sobre una rodilla y alzando un puño-. ¡No la toques! ¡Te mataré si le pones una mano enci...!

Antes de que Mia pudiera gritar, antes de que Julian pudiera siquiera equilibrarse, Leonid se movió. Fue una ráfaga de violencia pura y elegante. El jefe de la Bratva no utilizó los puños. Simplemente levantó una pierna y conectó una patada brutal, fría y calculada, directamente en el pecho de Julian.

El crujido de las costillas resonó en todo el despacho. Julian salió despedido hacia atrás, deslizándose por el mármol hasta chocar contra las pesadas puertas. Quedó tendido en el suelo, tosiendo sangre, incapaz de respirar.

-¡No! -gritó Mia, intentando correr hacia él, pero una mano gigantesca y firme atrapó su brazo izquierdo.

El agarre de Leonid era como un grillete de acero fundido. La detuvo en seco, tirando de ella hacia atrás hasta que la espalda de Mia chocó contra el pecho sólido y cálido del ruso. Ella forcejeó, pateando y sollozando, pero él ni siquiera se inmutó ante sus esfuerzos. La inmovilizó con una facilidad que la hizo sentir humillada.

-Levántenlo -ordenó Leonid a sus hombres, sin soltar a la chica que se retorcía contra él-. Sáquenlo de mi vista. Tírenlo en un callejón cualquiera.

Los dos mastodontes agarraron a Julian por las axilas, levantándolo en vilo. Julian apenas estaba consciente, sus ojos rodando hacia atrás, pero logró enfocar a Mia por última vez.

-Julian, escúchame -gritó Mia, dejando de forcejear. Las lágrimas corrían libres por su rostro, pero su voz adquirió una fuerza desesperada-. ¡No vuelvas! ¡Prométeme que no intentarás buscarme! ¡Vete lejos, huye! ¡Si vuelves, todo esto no habrá servido de nada!

Su hermano intentó balbucear su nombre, pero los guardias ya lo estaban arrastrando hacia el pasillo oscuro.

Leonid, aún sosteniéndola, levantó la barbilla ligeramente y asintió a los hombres.

Los guardias dieron un paso atrás, llevando a Julian consigo, y agarraron los enormes tiradores de bronce. Las puertas de roble macizo comenzaron a cerrarse lentamente, reduciendo el campo de visión de Mia a una franja cada vez más estrecha del rostro ensangrentado de su hermano.

Bam.

El impacto de las puertas al cerrarse sonó como el disparo de un cañón en el estómago de Mia. El eco rebotó contra los altos techos, contra los ventanales y contra las paredes llenas de libros, hasta extinguirse en un silencio absoluto y asfixiante.

Se habían cerrado. Estaban cerradas.

Julian se había ido. Y ella estaba sola.

Completamente sola.

De repente, la inmensidad del despacho pareció encogerse. El oxígeno se volvió escaso. Mia se quedó inmóvil, mirando la madera lisa de las puertas, esperando estúpidamente que se volvieran a abrir, que alguien entrara riendo y dijera que todo era una broma de mal gusto. Pero lo único real era la mano que aún sostenía su brazo, quemando su piel a través de la tela del abrigo.

Leonid no la soltó. Por el contrario, deslizó su otra mano por la cintura de Mia, atrayéndola aún más contra su cuerpo. La diferencia de tamaño era abrumadora. Mia podía sentir el latido rítmico y tranquilo del corazón del monstruo contra sus omóplatos, una calma que resultaba infinitamente más aterradora que la ira.

-Se acabó el tiempo de llorar por los muertos, Míshka -susurró él, bajando el rostro hasta enterrarlo en el hueco del cuello de ella. Inspiró profundamente, como si estuviera memorizando su aroma de terror y vainilla-. El contrato ha comenzado.

Mia cerró los ojos, un gemido de derrota escapando de sus labios temblorosos.

Con un movimiento brusco pero preciso, Leonid la hizo girar sobre sus talones. Mia quedó frente a frente con él, atrapada entre su cuerpo y la inmensidad de la jaula de cristal en la que se acababa de encerrar. Sus ojos azules brillaban con una intensidad oscura, desprovistos de su característica frialdad; ahora, estaban encendidos con el fuego de la posesión.

-Cláusula número uno -recordó Leonid, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplica. Llevó sus manos a las solapas del modesto abrigo negro de Mia-. El despojo. Quítate esto. Ahora.

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