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Portada de la novela La Décima Vez Separación

La Décima Vez Separación

Era la décima vez que Máximo y yo rompíamos. Estaba comprando un cochecito de bebé carísimo para su amante en una tienda de lujo. Él me llamó para ordenarme que me mudara a un apartamento de servicio y me preparara para cuidar a su futuro hijo con ella. Escuché su desprecio, su risa, su afirmación de que yo era tan patética que aceptaría cualquier cosa. Luego, Sabrina, su amante, exigió la pulsera de mi abuela. Máximo me la arrancó de la muñeca, hiriéndome, y se la dio como un trofeo. Ella la tiró al suelo, llamándome "niñera" antes de atropellarme con su coche. Desperté en un hospital, la enfermera me dijo que había perdido a mi bebé. Máximo entró, sin preguntar por mí, solo por Sabrina. ¡Me obligó, aún convaleciente y habiendo perdido a mi hijo, a donarle sangre a la mujer que me había arrollado! ¿Cómo podía alguien ser tan cruel, tan vacío de alma, tan cegado por el egoísmo? Mientras mi sangre fluía, el hombre destinado a cambiar mi vida apareció, y con él, un plan para mi venganza.
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Capítulo 3

Máximo no tardó en llegar.

Entró en mi apartamento sin llamar, como si fuera de su propiedad. Sabrina venía detrás de él, con una sonrisa triunfante.

"¿Dónde está?" preguntó él, sin rodeos.

No respondí. Me quedé mirándolo, desafiante.

"Te lo advertí, Lina."

Se abalanzó sobre mí. Luché, pero era inútil. Era mucho más fuerte. Agarró mi brazo con una fuerza brutal y me arrancó el brazalete de la muñeca.

Un dolor agudo recorrió mi brazo. La piel estaba roja y arañada, sangrando ligeramente.

Le entregó el brazalete a Sabrina como un trofeo.

"Aquí tienes, mi amor."

Sabrina lo tomó, lo examinó con desdén y luego, mirándome directamente a los ojos, lo tiró al suelo.

"Es feo. No lo quiero."

El sonido del oro golpeando el mármol resonó en el silencio.

Mi corazón se rompió en mil pedazos. No por el objeto, sino por el desprecio, por los nueve años de humillaciones concentrados en ese gesto.

"Ahora, recoge tus cosas y lárgate al apartamento de servicio," ordenó Máximo, como si nada hubiera pasado. "Y no te olvides de pasar por el supermercado. Quiero lentejas para cenar."

Se dieron la vuelta para irse, dejándome sola con mi dolor y el brazalete abollado en el suelo.

Me arrodillé para recogerlo, las lágrimas nublando mi vista.

Mientras lo hacía, mi teléfono vibró. Era un mensaje de Roy.

"Estoy en el aeropuerto. ¿Estás bien?"

Leí el mensaje y sentí una oleada de fuerza.

"Estaré mejor cuando te vea," respondí.

Me levanté, guardé el brazalete en mi bolso y salí del apartamento sin mirar atrás. No iba a ir a ningún apartamento de servicio. No iba a cocinarle lentejas a nadie.

Iba a empezar mi nueva vida.

Caminaba por la calle, sin rumbo fijo, tratando de procesar todo lo que había sucedido. La adrenalina me mantenía en pie.

De repente, un coche deportivo rojo frenó bruscamente a mi lado.

Era Sabrina.

Me sonrió con malicia desde el asiento del conductor.

"¿A dónde vas, niñera?"

Aceleró de golpe. No tuve tiempo de reaccionar.

El coche me golpeó. Sentí un impacto terrible y luego todo se volvió negro.

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