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Portada de la novela LA CONCUBINA DEL REY

LA CONCUBINA DEL REY

Sonya, una talentosa curandera que carece de linaje oficial, se ve forzada a convertirse en la concubina del rey William. Esta drástica medida representa su único recurso para lograr inmunidad y salvaguardar su vida. Inmersa en una corte regida por la ambición y el prejuicio, deberá sortear peligrosos secretos gubernamentales. Mientras pierde su libertad, Sonya pelea por conservar su dignidad ante la hostilidad de una corona implacable y fría.
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Capítulo 3

-La vida de un rey no es fácil, hijo mío. Ahora tienes una gran responsabilidad. Sé siempre diplomático y aprende a escuchar, y a elegir los buenos consejos que tu gente te dé -le dijo su padre, Eduard, mientras colocaba la corona sobre la cabeza de su hijo William, el flamante rey. El ritual de la coronación se había llevado a cabo hacía meses, sin embargo, el ritual de las mañanas de su padre le estaba agotando, le ponía más peso a sus responsabilidades.

-Lo sé, padre. Sin embargo, ¿realmente cree que estoy listo? -preguntó William con dudas.

Ambos se miraron. El padre hizo un gesto con la mano, y los ayudantes de cámara y otros sirvientes presentes salieron de la habitación. Ese día era la primera reunión que tendría con el viejo consejo, y su padre había querido desayunar con él para prevenirlo. No había tenido tiempo a causa de que debió manejar las consecuencias de la última guerra con demasiada urgencia, a penas tenía algo de respiro para esas reuniones.

-Hijo, jamás muestres dudas frente a los demás. El más mínimo comentario en tu contra, dicho por ti mismo, puede volverte tu propio enemigo. Todos los reyes tenemos nuestras inseguridades, pero sabemos expresarlas ante la persona adecuada. Y sí, hijo mío, sé que estás listo para asumir el cargo que te entrego. Eres un buen estratega; sabrás resolver cualquier conflicto que se te presente -lo tranquilizó Eduard.

William desvió la mirada por un momento, luego volvió a mirar a su padre a los ojos y asintió. El exrey le apretó los hombros con afecto y luego se dirigió hacia la mesa donde los esperaba un abundante desayuno. William tomó su lugar en la cabecera, mientras su padre se sentaba a su derecha.

-Debes alimentarte bien para afrontar el día de hoy. Tienes una reunión con el consejo, mi antiguo consejo. Ellos te presentarán la lista de los nuevos postulantes; elige sabiamente. Sé un rey justo. No elijas por favoritismos, sino por lo que el reino necesita -continuó Eduard-. Sé que decidí abdicar antes de mi muerte, pero lo hice para asegurar tu lugar en el trono. Muchos miembros del consejo y del tribunal apoyaban la idea de que tu primo, Antonio, fuera quien me sucediera. Un político, evidentemente. Pero yo jamás estuve de acuerdo. Sé que te puse en una posición difícil al obligarte a ser soldado, en lugar de prepararte tras un escritorio como hicieron los reyes anteriores. Lo lamento, William. Pensé que estarías ahí un tiempo y luego volverías, cuando terminaras de conocer la realidad que hay detrás de una corona. No pensé que te quedarías tantos años.

-No tiene por qué disculparse. Entiendo que un rey no puede mandar a cualquier hombre a luchar en su nombre. Un rey necesita hombres de confianza. Y estoy orgulloso del puesto que tuve. Aprendí mucho más allí que encerrado entre estos muros.

Eduard lo observó. La primera vez que fue a la guerra tenía apenas diecisiete años, aún era un niño. Pero salió victorioso, aunque con una gran cicatriz en el pecho, resultado de haber salvado a sus soldados de una trampa enemiga. Esa experiencia lo había hecho sentirse culpable, y decidió entonces mantener a su hijo lejos del campo de batalla. Sin embargo, William mostró una valentía inquebrantable al desobedecer la orden real. Finalmente, Eduard le permitió elegir su camino. Ahora aquel niño tenía treinta y cinco años, una sólida carrera militar, muchas cicatrices en el cuerpo... y en el alma. ¡Cuántas cosas habría sufrido en silencio para no preocuparlo! Era evidente que se había ganado el trono con creces. Aunque todavía le faltaba dominar la política.

-Sé que no me lo pondrán fácil, aunque usted se los pida. Pero mejor así; podré demostrar mi valía -dijo William mientras bebía su té.

-Recuerda siempre, hijo mío, que habrá veces en que deberás dejarte persuadir. No puedes ir en contra de todo, solo cuando sea necesario. Jamás olvides ser un rey justo -le dijo con serenidad-. Antonio intentará entrar al consejo, de alguna u otra forma. Tomó recientemente el lugar de su padre fallecido. Pero mi consejo es que no lo permitas. Tenerlo solo te traerá complicaciones. Su meta es dejarte en ridículo. No quiero que manche tu imagen. Deja que se encargue de los asuntos de su familia y, si puedes, mándalo al extranjero como embajador. Sé que es hijo de mi hermana, pero nunca estuve de acuerdo con la forma en que lo educaron. Su ambición y egoísmo exceden los límites de un hombre honesto.

William asintió, y justo en ese momento, la conversación fue interrumpida.

-Mi señor, el consejo ya se encuentra en la sala principal -anunció Mario, su escudero y ayudante de cámara de toda la vida.

Ambos tenían la misma edad, aunque Mario había participado en la guerra antes que William, por lo que tenía más experiencia y había sido un excelente maestro. Se conocieron en una de las tantas batallas donde un reino enemigo trataba constantemente de invadirlos. Ellos pertenecían al reino del Este, próspero gracias a sus pozos de agua dulce, la pesca y sus tratos comerciales. Era un reino fuerte, con muchos soldados y hombres robustos, por lo que solían salir victoriosos.

William se levantó, hizo una breve reverencia de respeto a su padre y salió de la habitación. El castillo era inmenso, pero gran parte estaba cerrada e inhabilitada, ya que no vivía mucha gente en él. Estaban preparados para recibir visitantes, pero en realidad solo lo habitaban unas pocas personas: la familia real, compuesta por William, su padre Eduard, su primo Antonio, la esposa de este, Estefanía, y su hijo Alonzo, además de su prima Evangelina, quien siempre lo rondaba. El resto eran sirvientes.

William no estaba comprometido aún, por lo que no tenía una familia propia.

Caminó por varios corredores hasta llegar a la sala de juntas. Los guardias le abrieron paso, y los hombres presentes se pusieron de pie e hicieron una reverencia mientras él avanzaba por el centro hasta ocupar su asiento, una especie de trono de oro cubierto por una tela aterciopelada azul, el color real.

-Buenos días, Consejo. Damos inicio a la audiencia -dijo con voz calma pero firme.

Desde niño había asistido a esas reuniones como oyente, sentado junto a su primo, sin decir palabra hasta que los venían a buscar para almorzar. Conocía bien los protocolos, los temas importantes a tratar y cómo debía actuar un rey. En esas juntas solo participaban los miembros masculinos de mayor edad de las casas más ricas. Había diez hombres: cinco a la izquierda y cinco a la derecha, ordenados según su rango e importancia. Todos ayudaban a la corona con recursos y dinero, por lo que era fundamental escucharlos.

-El tema a tratar hoy es la formación del nuevo consejo. Sabemos que los aquí presentes somos parte de las diez familias, pero algunos no tenemos hijos varones ni sobrinos que puedan heredar nuestra posición. Así que, considerando que hay nuevos señores con riquezas y recursos que pueden aportar al reino, presentamos una lista de quince candidatos: nuevos señores y herederos de los presentes -comenzó el señor Grinpot, el hombre más rico y vocero real-. A continuación, mencionaré sus nombres y atributos...

Eran quince hombres, de los cuales solo debía elegir diez. William supo entonces que la mañana sería larga.

-El primero es Frederick Grinpot -"Claro, al ser el más rico, empieza por su casa", pensó el rey-. Tiene cuarenta años, experiencia en política y finanzas, un patrimonio de más de tres millones de monedas, y una herencia futura de más de diez millones, además del título de duque que obtendrá tras la muerte de su padre -"¿Un futuro duque y solo ha generado tres millones por su cuenta? Poca riqueza para tanto nombre", pensó William, aunque no dijo nada.

Grinpot siguió describiendo los atributos: conocimiento financiero, posibilidad de incrementar las arcas reales, etc. William miró al tesorero real, Alexander, quien también parecía dudoso. Luego hablaría con él en privado.

Los candidatos continuaban: hombres entre cuarenta y cincuenta años, con patrimonios diversos y recursos como caballos, azúcar o minas.

-El último es Sebastián Sanderson, de treinta años. Su familia siempre fue acomodada, pero su fortuna ha crecido gracias a unas minas de carbón recién descubiertas en sus tierras. Actualmente posee más de siete millones de monedas. No tiene experiencia política ni título nobiliario, aunque, si demuestra ser capaz, podría concedérsele uno -concluyó Grinpot, mirando al rey.

Su secretario personal le entregó la lista con todos los postulantes. William sabía que al menos cinco debían ser aceptados por herencia, pero quería ser un rey sabio y justo, como le aconsejaba su padre. Al final del día, sus decisiones serían ley y debían ser aceptadas. Entre los nombres, vio el de su primo. Su padre tenía razón: intentaría entrar al consejo. La relación entre ambos era nula. Apenas se dirigían la palabra en reuniones familiares. No lo conocía bien, pero sabía que era el favorito de muchos, sin entender por qué.

-Bien, al finalizar la semana, haré conocer mi decisión -informó, una vez que todos hubieron presentado su sugerencia. Aunque, obviamente, hablaron solo de sus familias y de por qué debían ser elegidos-. Si no hay nada más que decir, me retiro.

Todos los presentes se levantaron e hicieron la reverencia al mismo tiempo. William salió de la sala acompañado de Mario. Una vez que las puertas se cerraron y estuvo fuera de la vista de cualquiera que no fuera su acompañante, tuvo que apoyarse contra una pared, pues comenzaba a sentirse muy mal otra vez, su vista se volvió borrosa y el dolor en el pecho lo estaba descomponiendo nuevamente.

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