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Portada de la novela LA CONCUBINA DEL REY

LA CONCUBINA DEL REY

Sonya, una talentosa curandera que carece de linaje oficial, se ve forzada a convertirse en la concubina del rey William. Esta drástica medida representa su único recurso para lograr inmunidad y salvaguardar su vida. Inmersa en una corte regida por la ambición y el prejuicio, deberá sortear peligrosos secretos gubernamentales. Mientras pierde su libertad, Sonya pelea por conservar su dignidad ante la hostilidad de una corona implacable y fría.
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Capítulo 1

La primera vez que lo hizo, sintió mucho miedo, especialmente por temor a ser descubierta. Pero pronto entendió que, si se vestía de mucama y llevaba un par de cosas en las manos, nadie la miraba.

Hacía cinco años que se dedicaba a atender tanto a personas de bajos recursos como a damas nobles que la solicitaban en secreto. Fue sencillo hacerse conocer, ya que, por casualidad, una de las mozas del burdel descubrió que estudiaba medicina en secreto y, poco después, la llevó ante una condesa que necesitaba atención urgente. La joven había sido violada y luego brutalmente golpeada por su flamante marido. En ese momento, el destino de Sonya pareció marcarse hacia un buen futuro... o al menos eso creía.

Ahora se encontraba metiéndose a hurtadillas en otra mansión, con el mismo fin, pero con una paciente distinta. Aún no sabía de qué se trataba; nunca lo sabía hasta verlas, así que por las dudas siempre llevaba su bolsa con todo lo que creía que podría necesitar. Usualmente trataba embarazos y problemas de salud provocados por la misma familia de sus pacientes.

-Mi lady la está esperando en su habitación. A esta hora, nadie las va a molestar. De todas formas, tenga cuidado. Le dije a los demás que tú serías momentáneamente mi reemplazo porque mi ama me mandó a buscarle algo fuera de la mansión. Así que ten cuidado con lo que dices -le advirtió la dama de compañía, señalándole el camino.

-Gracias -dijo Sonya, observando el lugar.

Fueron hasta la parte trasera de la mansión, la cual usaba la servidumbre para entrar y salir sin ser vista, y así poder limpiar sin molestar a nadie. La doncella la dejó sola al final, y Sonya recorrió el pasillo señalado hasta llegar a una gran puerta blanca adornada con oro. No se detuvo a pensar si era oro auténtico o solo pintura; la mayoría de los ricos solía ostentar oro de verdad. Golpeó con delicadeza y, desde adentro, escuchó un apenas audible: «Pase».

Dentro de la habitación, una mujer de unos treinta años se sentaba frente a un tocador ornamentado, lleno de maquillaje y perfumes. Se peinaba su larga melena rubia, ya vestida con su ropa de dormir. Todo en la habitación estaba decorado en blanco y oro; incluso su vestido era de un blanco impoluto. El lugar rebosaba orden, limpieza y riqueza.

Sonya se quedó parada en medio de la habitación, en silencio, esperando que su paciente hablara. Aún no se habían visto cara a cara, aunque podía verla reflejada en el espejo. Sin duda, era una mujer muy hermosa: delgada, pálida y de rasgos delicados. Una belleza que muchos hombres desearían tener entre sus brazos.

-Entiendo que eres... médico -dijo por fin la mujer, dejando el cepillo sobre la mesa y levantándose.

-Sí, señora.

-Bien. Te llamé por ese motivo, aunque es obvio. Te han recomendado muy bien. Dicen que eres discreta y sabes guardar secretos. Necesito eso. Que todo lo que vaya a ocurrir entre nosotras quede entre nosotras. ¿Sí? Espero que comprendas las consecuencias de hablar con alguien, ¿verdad? -preguntó mientras iba hacia un armario oculto en la pared. Lo abrió y sacó un pequeño cofre. Caminó con paso tranquilo hasta acercarse a Sonya.

-Sí, señora. Sepa que jamás diré nada. Soy su confidente -le aseguró, tomando el cofre. No lo abrió; lo haría una vez que regresara al burdel. El pago siempre lo decidían las pacientes: a veces monedas, otras veces joyas... incluso una vez recibió diamantes.

-Perfecto... Hace semanas que me siento mal. Tengo náuseas, mareos... Me siento más cansada de lo habitual. Pensé que era por una mala alimentación, pero un comentario de una amiga, la que te recomendó, me puso los pelos de punta. Así que quiero sacarme las dudas.

-¿Cuándo fue su último sangrado? -preguntó con tranquilidad Sonya.

-Sinceramente, no lo recuerdo. No suelo llevar la cuenta. Mi doncella sí. A ella deberías preguntarle...

-No se preocupe. Pero, ¿ha tenido algún sangrado reciente? Aunque haya sido leve, de color distinto al habitual o de corta duración. ¿Algo fuera de lo común?

-Sí, eso sí. Fue de un color débil y me duró dos días. ¿Tiene algo que ver? Pensé que era por el estrés, así que no le di importancia.

-Podría ser, pero necesito revisarla. ¿Podría acostarse en la cama, por favor? -pidió con amabilidad.

Sonya ya tenía una idea de lo que era, pero no podía afirmarlo así sin más. El leve abultamiento del vientre la delataba, aunque en otros casos aún podía pasar desapercibido. Vio cómo la mujer se ponía levemente nerviosa, pero siguió la instrucción y se acostó. Sonya dejó su maleta a un lado y se arrodilló frente a ella. Luego de pedir permiso, le levantó la falda del vestido. Tocó con delicadeza pero con mano firme el bajo vientre, y sintió una pequeña "bolita".

-Está embarazada, puedo sentirlo -dijo al fin.

La mujer comenzó a llorar. Sonya no dijo nada.

-No puede ser... En serio que nos cuidamos... Tomé esas semillas que me recomendaron. Me dijeron que funcionaban... No lo entiendo -lloraba la mujer.

Sabía perfectamente a qué semillas se refería, e intuía que no las había preparado como correspondía. Era algo que pensaba explicarle luego.

-Mi marido se fue al Este hace cinco meses... ¿entiende? ¿Qué le voy a decir cuando vuelva? ¡Él me matará! ¡No puedo tener a este bebé! -dijo desesperada.

-Puedo... puedo ayudarla a interrumpir el embarazo. Sin embargo, debo advertirle que hay muchos riesgos...

-No creo que sean tan graves como los que me esperan con mi marido -la interrumpió, sentándose de golpe.

-En serio, son graves. Puede morir desangrada o por una infección. Incluso el procedimiento puede convertirse en un trauma -siempre intentaba ser sincera. Los problemas psicológicos podían ser tan difíciles de tratar como los físicos, más aún cuando no se creía en la salud mental.

-No me importa eso. Cargaré con las consecuencias de mis actos. No quiero esto. Por favor, haga lo que sea para que nadie se entere de mi estado -le suplicó, agarrando sus manos.

Sonya la miró y asintió.

-Iré a preparar lo que necesito. Por favor, usted también debería prepararse para lo que viene. No quiero asustarla, pero esto será doloroso -le advirtió.

Salió de la habitación y fue a la cocina por agua. Tenía que preparar un té con plantas y semillas para inducir el parto; además, necesitaría agua para ayudarla a asearse después.

Ya era de noche. La mayoría de los sirvientes se había retirado, y solo quedaban aquellos de guardia, por si llegaba algún invitado inesperado. Al entrar a la gran cocina, vio a una joven sentada en una silla cerca del fuego, tejiendo.

-Perdón... Mi lady necesita agua. Dice que no se siente bien y quiere darse un baño caliente para relajarse, así que necesito llevarle agua -explicó Sonya, quedándose parada a la mitad de la habitación.

La joven asintió con la cabeza y la llevó hacia la parte trasera, donde había barriles llenos de agua fresca. Sonya siempre notaba la comodidad que tenían los ricos, mientras que las personas de bajos recursos debían salir al río por agua, sin importar la hora. Tener barriles en casa era costoso, debido a los químicos necesarios para limpiarlos y evitar que el moho contaminara el agua. En realidad, solo necesitaba un balde lo suficientemente grande, así que tomó uno y, sin decir nada, salió en dirección a donde estaba la dama.

La mujer caminaba de un lado a otro, apretándose las manos, claramente nerviosa. El miedo se reflejaba en su rostro.

-Quiero decirle que habrá sangre, sin duda. En el momento en que se sienta mal, deberá colocarse sobre una fuente, para evitar manchar algo. Cubriremos el lugar con alguna prenda oscura, para evitar que la sangre traspase -advirtió Sonya. A veces, las mujeres solían sangrar mucho en las primeras horas. Luego continuaban sangrando por un par de días más, pero con menor intensidad. Tendría que idearle una dieta nutritiva para compensar la pérdida de sangre.

-Mi marido me regaló este vestido cuando cumplimos dos años de matrimonio. Es de seda, lo mandó a buscar desde el Oeste. Lo usé una sola vez... puede funcionar -el vestido era precioso, con una cola larga y muchos vuelos-. Podemos poner otro vestido debajo, por si acaso, y luego tirar todo...

Sonya comenzó a preparar el té, y una vez que tuvo todo mezclado, lo dejó infusionar en agua caliente. La mujer se sentó a observarla, sin decir una palabra, siguiendo cada uno de sus movimientos.

-Bébalo todo. Es amargo y fuerte, trate de no vomitarlo. En unas horas sentirá dolor, y será el momento de expulsarlo. Es probable que grite, ¿alguien podría escucharla? -preguntó Sonya. Los gritos solían deberse más a la desesperación y angustia que al dolor físico, pero eso no lo dijo.

-No... no lo creo...

-Bien. No quiero asustarla, disculpe si lo hago.

Volvió el silencio. Tal como lo había previsto, horas después la mujer comenzó a sentir dolor, a sudar y a tener náuseas. Con la ayuda de Sonya, llegó al lugar preparado en el suelo y se colocó en cuclillas sobre el fuentón con agua. Sonya había dejado todo lo necesario a su alcance.

-Cuando le diga que puje, hágalo. El cuerpo es sabio, sabrá qué hacer -le indicó.

El proceso fue largo. La mujer sangró mucho, pero finalmente logró expulsarlo. Sonya retiró el fuentón con rapidez para evitar que la mujer viera algo. Aun así, se desmayó al llegar a la cama. Sonya la revisó: estaba más pálida y fría. La limpió lo más rápido posible y luego la abrigó. Le colocó muchas vendas a modo de apósito para evitar que manchara la cama. Ya no sangraba como antes, gracias a un segundo té que le había dado para controlar la hemorragia. Estaría varios días sintiéndose muy mal, así que le preparó varias infusiones que debía tomar en el horario indicado. Por precaución, le dejó todo por escrito, incluyendo el uso correcto de las semillas que impedirían una futura concepción. Aunque tenía miedo de que no pudiera quedar embarazada después de esto; un aborto era un procedimiento invasivo, y la fertilidad podía verse comprometida.

Cuando llegó la dama de compañía, no hizo preguntas. Solo escuchó atentamente los consejos y las señales a las que debía estar atenta.

-Si la fiebre no baja en tres días, llámame.

Había sido una noche larga. El deseo de llegar a su cama era tan grande que, al salir de la habitación, prácticamente corrió hacia la salida. Apenas estaba saliendo el sol, así que debía darse prisa antes de ser vista. Primero tenía que deshacerse de la ropa, luego descansaría.

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