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Portada de la novela La Cocinera Millonaria: Arruinando a la Familia Castillo

La Cocinera Millonaria: Arruinando a la Familia Castillo

Ana Trebor es la cocinera de los Castillo, una familia que maltrata a Sofía, la heredera legítima. Mientras los padres y una hermana adoptiva cruel desprecian el arte de la joven, Ana recibe una advertencia de un sistema misterioso: debe apoyar la rebelión de Sofía o morir. Ante la maldad de Ricardo y Elena, la protagonista abandona su papel pasivo para luchar por su supervivencia y lograr que la justicia se imponga en un hogar lleno de abusos y secretos.
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Capítulo 2

«Bip... Trama corregida en un 5%. Recompensa inicial: 50,000 dólares transferidos a su cuenta designada».

La voz metálica y sin emociones del Sistema sonó en mi cabeza justo cuando abría los ojos.

Parpadeé, desorientada por la luz brillante del lujoso salón. El olor a café recién hecho y a arepas calientes llenaba el aire, un aroma que debería ser reconfortante, pero que se sentía extrañamente tenso.

Frente a mí, una escena sacada directamente de la telenovela que había estado criticando con tanto fervor anoche se desarrollaba en tiempo real.

Una joven delgada, con pintura seca en las yemas de los dedos y una mirada desafiante en sus ojos oscuros, estaba de pie en el centro de la habitación. Era Sofía Castillo, la protagonista original, la verdadera heredera silenciada por el trauma.

A su alrededor, la familia Castillo la rodeaba como una manada de lobos.

«¡Qué vergüenza!», gritó el Señor Ricardo Castillo, su rostro enrojecido por la ira. «¡La heredera de Cafés Castillo, trabajando como una delincuente callejera en la fiesta de tu propia hermana! ¿Qué van a decir nuestros socios?».

Su esposa, Elena, se abanicaba el rostro con dramatismo.

«Sofía, cariño, ¿cómo pudiste hacernos esto? Isabella está tan decepcionada. Su fiesta de quinceañera, arruinada por este... espectáculo».

Isabella, la falsa heredera, estaba sentada en el sofá, con una mano delicadamente apoyada en su pecho, luciendo pálida y frágil.

«Mamá, Papá, no sean tan duros con ella», dijo con una voz suave y temblorosa. «Seguro que sus amigos de la comuna la presionaron. Ella no sabe cómo funcionan las cosas en nuestro mundo».

Era una actuación digna de un Óscar, y yo, Ana Trebor, ahora la cocinera de esta familia, tenía un asiento en primera fila.

Antes de que pudiera procesar completamente mi nueva realidad, la voz del Sistema volvió a sonar.

«Misión principal: Ayudar a la protagonista original, Sofía Castillo, a enfrentarse a su familia opresiva y reclamar su lugar. Cada acción que corrija la trama será recompensada monetariamente. El fracaso resultará en la eliminación permanente de la existencia».

Tragué saliva. ¿Eliminación permanente? ¿Y una fortuna si tenía éxito?

Mi indignación por la trama mal escrita se mezcló de repente con un instinto de supervivencia muy real y una pizca de avaricia.

Vi a Sofía apretar los puños, sus labios apretados en una línea delgada, incapaz de defenderse. Su silencio era un grito que nadie en esa habitación quería oír.

Nadie excepto yo.

Mateo, el hermano menor, se burló.

«Mírala. Ni siquiera puede decir una palabra. Probablemente gastó todo el dinero que le damos en latas de pintura barata».

Esa fue la gota que colmó el vaso. El guion original, grabado a fuego en mi memoria, me dio toda la munición que necesitaba.

Salí de la cocina, secándome las manos en mi delantal.

«Disculpen que interrumpa, señores», dije, mi voz sonando sorprendentemente firme.

Todos los ojos se giraron hacia mí, la humilde cocinera.

«Pero creo que hay un malentendido».

Miré directamente a Ricardo y Elena.

«Ustedes afirman que le dan dinero a la señorita Sofía, ¿verdad?».

Ricardo frunció el ceño.

«Por supuesto que sí. Somos su familia».

Sonreí, una sonrisa que no llegó a mis ojos.

«Entonces, no les importará mostrar los registros de las transferencias bancarias a su cuenta. O quizás los recibos de los cheques. Algo que demuestre su generoso apoyo financiero».

El silencio en la habitación fue absoluto.

Elena se puso pálida. Ricardo abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua.

Continué, mi voz cortando el aire tenso.

«Porque, según tengo entendido, la única que recibe una generosa asignación mensual para ropa de diseñador, tratamientos de spa y fiestas de lujo es la señorita Isabella. La señorita Sofía, por otro lado, no ha recibido ni un solo peso de ustedes desde que llegó a esta casa».

La cara de Isabella perdió su fragilidad fingida por un segundo, reemplazada por una mueca de puro odio.

«¿Cómo te atreves? ¡Eres solo una empleada!».

Ignoré su chillido y me centré en los padres.

«La señorita Sofía tuvo que usar su talento, el único activo que ustedes no pudieron quitarle, para ganar algo de dinero. No porque quisiera avergonzarlos, sino porque ustedes la dejaron sin otra opción. La humillación no es que ella trabajara, señores. La humillación es que la hija biológica de una de las familias más ricas de Antioquia tuviera que hacerlo para sobrevivir mientras vivía bajo su propio techo».

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