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Portada de la novela La cicatriz de mi devoción

La cicatriz de mi devoción

Pasé diez años construyendo el imperio de Alejandro, incluso arriesgando mi vida, para descubrir en mi boda su romance prohibido con su sobrina. Tras morir a sus manos, despierto en el pasado, justo el día de nuestro compromiso. Con el dolor de la traición aún latente, decido cambiar mi destino. Busco a Ricardo, su mayor enemigo empresarial, para aceptar la boda que una vez rechacé. Es el momento de iniciar mi venganza contra el hombre que me destruyó.
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Capítulo 3

Mi cuerpo entero temblaba, un eco fantasmal del dolor que había sufrido. Podía sentir una punzada sorda en mi costado, justo donde Alejandro me había golpeado, un recordatorio físico de una herida que en esta línea de tiempo aún no existía, pero que mi alma recordaba con una claridad aterradora. La sensación del vestido de seda contra mi piel se sentía extraña, demasiado ligera, como si mi cuerpo esperara el peso de la traición y la muerte.

Miré a mi alrededor, asimilando los detalles del salón del hotel St. Regis, los arreglos florales extravagantes, los rostros sonrientes de la élite de la Ciudad de México. Vi a mi lado a Alejandro, radiante, aceptando las felicitaciones. Su mano estaba en la parte baja de mi espalda, un gesto posesivo que antes me habría hecho sentir segura y que ahora me causaba una repulsión profunda. Todo era real, había vuelto al día de nuestra fiesta de compromiso.

De repente, la música se detuvo. Un silencio incómodo llenó el salón. Alejandro soltó mi espalda y caminó hacia el centro del espacio, tomando un micrófono del atril. La confusión se reflejó en los rostros de los invitados, y en el mío. Esto no había pasado en mi vida anterior.

"Amigos, familia," comenzó Alejandro, su voz resonando con una emoción extraña, casi febril. "Les agradezco a todos por venir a celebrar mi compromiso con Sofía."

Hizo una pausa, y su mirada barrió la multitud hasta que se fijó en alguien. Sus ojos se suavizaron, se llenaron de una devoción que nunca, ni en mis sueños más salvajes, me había dirigido a mí.

"Pero hoy, he comprendido algo," continuó, y su voz se quebró ligeramente. "He comprendido que la vida es demasiado corta para vivir con arrepentimientos, para no seguir a tu corazón, sin importar las consecuencias."

Mi propio corazón se congeló. Comprendí en ese instante. No era la única. Él también había vuelto.

Alejandro extendió su mano, no hacia mí, sino hacia una figura joven que se encontraba cerca de su padre.

"Camila... ven aquí."

Camila, con su vestido rosa pálido y su aire de inocencia estudiada, pareció sorprendida, pero caminó hacia él, con las mejillas sonrojadas.

El murmullo de la multitud se convirtió en un zumbido de incredulidad. Podía sentir cientos de ojos sobre mí, algunos con lástima, la mayoría con un morbo apenas disimulado.

Alejandro tomó las manos de Camila y se arrodilló frente a ella, ignorando por completo al resto del mundo, ignorándome a mí, su prometida oficial.

"Camila, mi amor," dijo, su voz cargada de una pasión que me revolvió el estómago. "He sido un tonto, un cobarde. No puedo vivir un segundo más sin ti. No me importa lo que digan, no me importa nadie más. Cásate conmigo."

El silencio que siguió fue atronador. Luego, estallaron los murmullos, las risas ahogadas, las miradas de burla dirigidas directamente hacia mí. Me convertí en el chiste de la noche, la mujer abandonada en su propia fiesta de compromiso por la sobrina de su prometido.

En ese momento, tuve la certeza absoluta. Alejandro también había regresado, pero a diferencia de mí, no había vuelto para enmendar sus errores, sino para reclamar lo que creía haber perdido, para corregir su "único" arrepentimiento: no haber elegido a Camila desde el principio.

Camila se cubrió la boca con las manos, sus ojos brillando con lágrimas fingidas. Miró hacia mí con una expresión de falsa preocupación.

"Tío Alejandro... pero... ¿y Sofía?" su voz era un susurro dulce y venenoso. "Esto no está bien... ella ha hecho tanto por ti."

Era una actuación magistral, diseñada para pintarla como la víctima inocente atrapada en un torbellino de pasión, mientras me dejaba a mí como el obstáculo, la carga.

Alejandro ni siquiera se molestó en mirarme. Su atención estaba completamente en Camila. Se levantó y la abrazó.

"Shhh, no te preocupes por ella," dijo, su tono despectivo y cruel, lo suficientemente alto para que yo y todos a nuestro alrededor lo escucháramos. "Sofía es solo mi asistente, siempre lo ha sido. Es reemplazable. Tú, mi amor, eres irremplazable."

Sus palabras eran dagas, pero esta vez, yo llevaba una armadura forjada en el fuego del infierno que él mismo había creado. El dolor no me atravesó, se estrelló contra una muralla de hielo.

"Acepto, Alejandro, acepto," sollozó Camila, aferrándose a él.

Alejandro la besó, un beso largo y apasionado, frente a todos, frente a mí. Los flashes de los celulares de los invitados comenzaron a dispararse, capturando mi humillación para la posteridad.

Él finalmente se separó de ella y se giró hacia mí, su rostro era una máscara de triunfo y desdén.

"Sofía," dijo, como si se dirigiera a una empleada que acababa de cometer un error. "Entenderás que nuestro compromiso queda anulado. Ya no te necesito."

La multitud esperaba mi reacción. Esperaban lágrimas, gritos, un escándalo. Esperaban que me desmoronara como la patética mujer enamorada que había sido.

Pero esa mujer había muerto en el suelo de su despacho.

Levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos, mi voz salió tranquila, fría y clara.

"Por supuesto que lo entiendo, Alejandro."

Di un paso atrás, creando una distancia deliberada entre nosotros.

"De hecho, te lo agradezco."

Mi calma lo descolocó. Esperaba histeria, no gratitud.

"Nuestro compromiso," continué, mi voz resonando en el repentino silencio, "no solo está anulado. Para mí, nunca existió. Y en cuanto a mi puesto..."

Hice una pausa, saboreando el momento.

"Considera esta mi renuncia. Ya no trabajas para mí."

Le di la espalda, dejando atrás a un Alejandro confundido, a una Camila triunfante y a una multitud boquiabierta, y caminé hacia la salida sin mirar atrás.

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