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Portada de la novela La Chica Invisible y el Millonario

La Chica Invisible y el Millonario

Beatriz Sosa sobrevive en Villa Esperanza con la carga de salvar a su familia. Su realidad da un vuelco cuando Eduardo Moura, un soberbio heredero, le exige convertirse en su espía personal a cambio de seguridad y dinero. Atrapada entre la opulencia y el engaño, ella deberá decidir cuánto vale su integridad. En este juego de traiciones y secretos, surge un romance prohibido donde los sentimientos y el poder chocan en un destino incierto.
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Capítulo 3

Beatriz no había dormido en toda la noche.

El sonido del viento golpeando las ventanas del modesto apartamento de su madre le parecía casi un murmullo lejano, incapaz de ahogar la tormenta que rugía en su interior. Sus pensamientos no dejaban de girar en torno a la propuesta de Eduardo Moura. Un ofrecimiento que la atrapaba como una red, una propuesta demasiado tentadora para ignorarla, pero que al mismo tiempo la asfixiaba con la misma fuerza con la que la mantenía cautiva.

"Trabajo para mí. A cambio, tendrás todo lo que tu hermano necesita."

La promesa de dinero, de medicamentos para Tomás, de una vida menos marcada por la miseria, la torturaba. ¿A qué precio? ¿Qué tipo de juego estaba dispuesto a jugar él? ¿Y cómo iba a salir ella de esa red de mentiras y poder?

A lo lejos, en su cama, Tomás suspiraba. Su fiebre no había cedido, y la situación se había vuelto insostenible. La desesperación empezaba a invadirla, no podía esperar más. Su hermano la necesitaba, y su madre, agotada por las noches en vela, estaba al borde de la desesperación. La elección era clara, aunque su corazón se retorciera al tomarla.

Al amanecer, Beatriz tomó la decisión.

Se vistió rápidamente con lo primero que encontró, una camisa descolorida y unos pantalones desgastados, lo suficientemente cómodos para enfrentar lo que estaba por venir. Cuando salió a la calle, el aire fresco de la mañana parecía darle un último respiro de calma antes de lo que se avecinaba. El camino hacia la mansión Moura era largo, pero ella lo caminó con determinación, como quien se dirige a su destino sin posibilidad de escape.

El portón de hierro de la mansión, que siempre le había parecido imponente desde la distancia, ahora parecía aún más formidable frente a ella. La casona estaba silenciosa, como si la espera de su presencia la hubiese detenido en el tiempo. Los jardines bien cuidados, los árboles enormes que adornaban la propiedad, todo parecía una imagen sacada de un sueño de riqueza, muy alejado del mundo que ella conocía.

Con el corazón golpeando con fuerza en su pecho, Beatriz tocó la aldaba dorada de la puerta principal. Su mano tembló ligeramente, pero se armó de valor. Un mayordomo alto y de rostro severo apareció detrás de la puerta. Sus ojos, como dos pozos oscuros, la estudiaron de arriba abajo.

-¿Qué quieres? -preguntó sin dar tiempo a que Beatriz dijera una palabra.

-Soy Beatriz Sosa. Vine a ver al señor Eduardo Moura -respondió ella, tratando de mantener la calma, aunque la tensión en su voz no pudo evitar delatarla.

El mayordomo la observó unos segundos, como si la estuviera evaluando, y finalmente, con un gesto de desaprobación, abrió la puerta.

-Sígueme.

Beatriz no tuvo opción más que hacerlo. A medida que avanzaba por los pasillos de la mansión, el lujo la asfixiaba. Todo a su alrededor brillaba con opulencia, desde las lámparas de cristal hasta las alfombras de seda. Cada paso que daba sobre el suelo de mármol era como una patada a su sentido común, recordándole constantemente lo lejos que estaba de este mundo.

Finalmente, llegaron a una sala amplia, con grandes ventanales que daban a los jardines de la propiedad. La luz del sol entraba de manera que parecía iluminar el rostro de Eduardo Moura, quien se encontraba de pie frente a una mesa, mirando unos papeles con concentración.

Cuando levantó la vista y la vio, Beatriz sintió que el aire se hacía más espeso. Su mirada era tan fría, tan calculadora, que hizo que sus nervios se dispararan. Él dejó los papeles sobre la mesa y caminó hacia ella con una arrogancia que casi la hizo retroceder.

-Así que llegaste -dijo con voz grave, sin mostrar ningún atisbo de amabilidad-. ¿Tienes idea de lo que significa estar aquí, Beatriz?

Beatriz no supo qué responder. No se trataba de un simple encuentro. No era solo una propuesta. Era una oferta que, en sus entrañas, ya sabía que no podía rechazar. Había algo en la postura de Eduardo, algo en su presencia, que la hacía sentir que estaba a punto de jugar un juego mucho más grande de lo que podía comprender.

Eduardo dio un paso más cerca de ella, acercando su rostro al de Beatriz, pero sin llegar a tocarla. Sus ojos, grises y fríos, la estudian como si ella fuera una pieza en su tablero.

-Te propongo lo siguiente, Beatriz: Trabaja para mí.

-Pausó un momento, observando cómo ella procesaba sus palabras-. No como sirvienta. No quiero que seas otra más que limpie mis zapatos. Quiero que seas mis ojos y oídos aquí, en esta casa. Este lugar está lleno de secretos que la gente de mi clase prefiere mantener ocultos. Pero tú... tú puedes ver cosas que yo no puedo ver. Puedes oír lo que nadie más oye.

El mundo se detuvo por un instante. Beatriz no sabía si estaba escuchando bien o si su mente la estaba traicionando. ¿Espiar? ¿Ser sus ojos en un lugar donde todo el mundo mentía y manipulaba a su antojo? ¿A qué precio?

-Y, ¿qué gano yo con esto? -preguntó Beatriz, la voz más firme de lo que sentía en su interior.

Eduardo sonrió. No una sonrisa de cortesía, sino una sonrisa que heló el aire en la habitación.

-Todo lo que quieras -dijo con total seguridad-. Dinero, medicamentos para tu hermano, seguridad para tu madre. Y, si juegas bien tus cartas, tal vez algo más.

Beatriz cerró los ojos por un momento, luchando contra el conflicto que hervía en su pecho. ¿Podía confiar en él? No. Nadie podía confiar en alguien como él. Pero su hermano... la vida que había soñado para su madre... ese era el precio que debía pagar. El precio por poder salir del pozo en el que se encontraba.

-Acepto -dijo, con un suspiro que parecía salir de su alma. No era una victoria, ni una decisión fácil. Era una condena disfrazada de oportunidad.

Eduardo extendió la mano, y Beatriz, aunque dudó por un segundo, la estrechó con firmeza. El trato estaba hecho.

-Bien, Beatriz. Ya formas parte de mi mundo. No olvides que en este lugar, las reglas las hago yo. Y tú... serás la última en romperlas.

Beatriz no dijo nada. Sólo se giró y salió de la habitación, consciente de que el precio por su libertad y la de su familia ya había sido establecido. Sin vuelta atrás.

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