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Portada de la novela La chica de las caras rotas

La chica de las caras rotas

El intento de Lily Rousse por quitarse la vida saltando desde un puente se ve frustrado por Alejandro, su nuevo coordinador laboral. Al salvarla, él descubre el secreto mejor guardado de la joven: su identidad real. Este encuentro inesperado desbarata los planes de Lily, obligándola a encarar el miedo a la vulnerabilidad. A medida que sus defensas ceden, nace en ella un deseo de vivir. ¿Cumplirá su objetivo inicial o aceptará la ayuda para escapar del abismo?
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Capítulo 3

Pasa que un día desperté y me di cuenta que no quiero seguir viviendo, así de fácil.

¿Y cuáles son tus argumentos para no querer seguir viviendo?

¿Debo tener una razón? Simplemente… me levanté y me di cuenta que esta vida es un sinsentido, una monotonía agobiante y las personas que me rodean son peor.

Pero todo depende de la mirada que le pongas a la vida, Lily.

La vida de por sí no tiene sentido, puede llegar a tener sentido, sin embargo, si tú misma le das un sentido. Pero si ves la vida como un sinsentido, claramente así lo será y las cosas que hagas, será aún peor. Pero si ves la vida con ganas de vivirla, todo será más claro, con mucho más sentido, porque tú eres quien le pone ese sentido.

¿Y cómo le pondría sentido a la vida?

Haciendo las cosas que siempre has deseado hacer.

¿Alguna vez has pensado en hacer una lista de deseos?

Sí… el profe de filosofía en el colegio nos lo recomendó, intenté hacerlo, pero nah… esas cosas no van conmigo.

¿Qué escribiste esa vez?

Que quería ahorrar cien dólares.

¿Por qué cien y no mil?

¿Eres bueno para ahorrar?

No mucho.

Bueno, yo tampoco (emoticón riendo con lágrimas en los ojos).

¿Por qué querías ahorrar?

Quería comprarme cien libros y con eso podría comenzar.

Pero esta vez, Lily, aparte de los cien dólares podrías hacer una lista con esas cosas que siempre has deseado hacer en tu vida, ¿qué siempre te ha apetecido hacer?

Humm… —emoticón pensativo— No lo sé, yo qué sé…

¿Ves, Lily? Aún no sabes qué querés hacer en tu vida, debes preguntártelo, ¿qué te gustaría hacer antes de morir?

Quedé congelada observando la pantalla y cómo aparecía un último mensaje que me arrancó el alma e hizo que la vomitara.

Querés morir, pero aún no has comenzado a vivir.

Miré la hora y noté que ya era momento de entrar a la clase, así que me despedí de él aún sonando en mi mente eso que me acababa de escribir.

¿Alguna vez te has detenido a pensar qué te gustaría hacer antes de morir? Y, si lo has hecho, ¿en cuánto tiempo quieres cumplir esas metas? Esos eran mis interrogantes por el resto del día y no podía concentrarme en nada más, porque sentía que me acababa de quitar una venda y veía por primera vez el mundo real, ese del cual estaba huyendo; aunque era demasiado miedosa para irme del todo de él.

En la noche, mientras estaba en el supermercado haciendo la compra con mi madre, la observé de lejos: las líneas en su rostro que denotaban la edad, su manera encorvada de revisar los estantes y las canas que se asomaban en el cabello porque tenía el tinte oscuro desgastado.

Vi que en el pequeño mundo de mi madre era más importante elegir cuál de las botellas de litro de aceite barato era mejor, que la caja de huevos había subido de precio y lo más recomendable era comprarlos en el mercadito cerca de la casa que en este supermercado, para ahorrar esos doscientos pesos que podría gastar en las cebollas.

Por un instante desee tener ese mundo, no preocuparme tanto por vivir y que esas cosas que llegaban a atormentarme la vida desaparecieran.

Me acerqué empujando el carrito metálico de las compras donde ya reposaban los insumos del aseo y un poco alejados de ellos, por un divisor metálico, la paca de arroz y las bolsas de los granos.

—Mañana me quedaré a dormir en casa de Marcela porque tenemos un trabajo de la universidad que debemos terminar —avisé mientras observaba los potes de aceite en la estantería.

—Bien —soltó sin mucho interés—. ¿Cuál crees que debemos llevar?

—El de siempre —contesté tomando uno. Era mejor, porque ella podía pasar una hora decidiéndose.

—Pero ese es muy caro, mejor vamos a probar con otro —sacó del carrito el pote de aceite y lo volvió a poner en la estantería.

—Mami, ¿te sientes feliz al lado de mi papá? —pregunté de manera abrupta.

Ella quedó paralizada, pero no fue capaz de verme, simplemente quedó ahí, pensativa mientras observaba los aceites.

—No lo sé —contestó—, con esta situación económica creo a veces que hubiera sido mejor quedarme soltera en la casa de tu abuela, tal vez… así no se hubiera muerto tan temprano.

Creo que mi madre se culpa de la muerte de mi abuela, siempre se queja que ella pudo haberla atendido mejor que mi tía, que si hubiera vivido con ella… tal vez estaría ahora con vida.

—¿No quieres a mi padre? —inquirí con curiosidad.

—No lo sé —esbozó comenzando a caminar mientras empujaba el carrito de la compra y yo la seguía con paso lento, siguiendo su ritmo pensativo—. Creo que únicamente nos acompañamos para no estar solos. —Se detuvo a observar otra marca de aceites.

—¿Crees que realmente los extraterrestres nos dominan como dice mi papá?

—Ay, ¿ya vas a comenzar con eso? —resopló con tono aburrido.

—Pero te veo leyendo ese libro con mi papá —repliqué.

—Lo hago porque él quiere que yo lo lea, ya te dije, Lily. Además, no puedes decir que no —y ahí comenzaba la defensa de mi madre…—, ¿tú qué sepas que realmente sea cierto lo que dice ese libro y sí estamos dominados por los extraterrestres? Mira que yo he encontrado que muchas cosas que dice ahí tienen lógica y las puedo corroborar con la Biblia.

Dejé salir un suspiro mientras nos acercábamos a los jabones de lavar loza después que mi mamá se decidió por el aceite más barato y tomé un jabón lentamente, lo observé mientras mi madre volvía a su debate de cuál elegir.

En ese momento me di cuenta que quería irme un tiempo de casa, unas vacaciones, para estar lejos de todos: mi padre, mi madre, mi vecindario, la ciudad… de todo: no quería morirme, simplemente deseaba descansar de mi realidad.

Y fue ahí, comenzó la larga lista de mis deseos antes de morir.

Esa noche llegué a mi cuarto y observé a mi hermana acostada en su cama con los ojos clavados en su celular mientras soltaba grandes carcajadas. Vanessa (mi hermana) no sabe concentrarse en sus cosas sin hacer silencio. Yo la llamo “La escandalosa” porque todos deben enterarse de las cosas que hace en su celular.

Me senté frente a mi escritorio y le escribí un mensaje a Gabriel:

¿Podemos hablar?

Sentía mis sentimientos a flor de piel. Tomé una agenda que estaba arrumada en el librero junto con mis pocos libros viejos y desgastados, la abrí y escribí en una de sus hojas “escapar de mi vida, irme muy lejos y respirar paz”.

Claro, ¿ya pensaste en lo que hablamos por la mañana?

Sí, acabo de anotar la primera cosa que deseo hacer en mi vida —emoticón sonriente—. ¿Podemos hablar por llamada?

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