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Portada de la novela La catedral del placer

La catedral del placer

Samuel Straits domina el mundo empresarial mientras protege un secreto turbio. Su estabilidad se quiebra cuando Nikky, una enigmática mujer, se convierte en la jefa de relaciones públicas de su club privado. Ella oculta un plan relacionado con las exclusivas citas mensuales del local. En medio de una fuerte atracción, el pasado de Nikky vuelve con un hombre temible y un pretendiente, creando un triángulo letal que amenaza con destruir su esencia.
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Capítulo 3

Las luces se han encendido pero  ninguno de los dos dice nada.

Yo me abofeteo mentalmente por tan absurdo comentario.

Lo que he dicho les ha dado una equivocada idea de que estoy dispuesta a hacer cosas, que en realidad no pretendo hacer. Tengo mis límites.

Sus ojos me devoran. Los de él, ella tiene otra expresión un poco más inquietante. Casi macabra. Es una mujer extraña...por supuesto es una impresión a priori.

—¡Déjala, Samuel!

Tras la orden de su mujer, el rubio se aleja y desde ese momento todo parece ser de otra forma.

Él toma asiento en su silla detrás de su escritorio mientras su hermosa esposa se sienta en el brazo de esta y apoya su cuerpo en el de su marido para explicarme lo que ha pasado antes, mientras yo soy incapaz de moverme del sitio, aún. Prefiero no resccionar demasiado. Soy cauta. Espero.

—Solo estábamos jugando, Nikky —explica él, recuperando su tono profesional.

—Siéntate —ordena ella entonces.

Se ve que le gusta que le obedezcan. Supongo que me han montado una encerrona y aún no entiendo bien en qué consistió.

Me acerco a la silla frente a ambos y me siento poniendo sobre mis piernas, mi bolso.

—Eres muy hermosa —explica la morena —. Has aparecido de la nada y comprenderás que no me gusta que cualquier mujer ronde a mi marido y a él tampoco. Es un poco...reservado. Digamos.

Mientras me explica cosas que no sé por qué han asumido sin apenas conocerme, él va escribiendo sin mirarme en ningún momento. Ha mutado a un tipo serio y todo lo distante que ya me habían explicado que era.

—Entiendo —me limito a decir. Vuelvo a ser cauta.

La siguiente hora la pasamos entre presentaciones y entrega de documentos que demuestren mis cualidades para el puesto. Se firman los contratos pertinentes y me informan de sus expectativas acerca de mi trabajo con su club, y fuera también.

Sobre todo evalúan mi disponibilidad a tiempo completo. Es un empleo que demanda bastante de mí.

Por suerte para todos, no es algo que desconozca y efectivamente estoy más que cualificada para desempeñarlo. Me dedicaba a las relaciones públicas antes de que mi maldito ex me metiera a la cárcel.

Ella me pide como su marido, que la llame por su nombre: Sheyla. Y lo demás son banalidades. De la fiesta del siguiente mes no se habla nada cosa que me resulta obvia y luego de una merienda, me informan que tendré una oficina al lado de la de Samuel y que en las reuniones de sus empresas es posible que deba asistir para evaluar posibles futuros clientes.

Queda claro que soy soltera, con todo el día disponible para trabajar y que nada me impide estar a su servicio.

Ese hombre nunca más vuelve a mirarme el rostro y eso me preocupa. No sé como se puede seducir a un tipo tan frío y distante que ni siquiera hace contacto visual conmigo.

Contrario a la que pensaba, ellos no lucen muy enamorados aunque se ve que son un enorme equipo en sus negocios.

Y entonces, Samuel me comunica...

—En dos días viajaré a España y vendrás conmigo. Veré como te comportas con algunos socios que se me resisten en el club —me mira por primera vez en toda la tarde.

—Voy a arriesgarme a prometer que conseguiré esos clientes para ustedes —él alza una ceja en tanto su esposa sonríe.

—Espero seas tan eficiente como te vendes.

Dicho esto que para nada me agrada, se levanta y se marcha sin decir una sola sílaba más y su mujer me palmea el hombro al acercarse a mi y masculla...

—Ya irás conociendo a mi marido —asumo que le excusa por su frialdad —. Que no te engañe su manera prepotente de ser, es un buen tío. La mayor parte del tiempo.

No sé por qué, tengo la sensación que detrás de esas palabras hay algo más oculto y que ella es la primera sorprendida de las dos en cada cosa que ha dicho.

No me compro la imagen de pareja perfecta que suelen dar. Detrás de esos ojos profundos de ambos, hay más desdén del que yo puedo adivinar en dos horas al lado de ambos.

...Los siguientes dos días de los que habló el Señor Straits, fueron como una maratón para mí.

Me sentí una esponja llenándose de información constantemente y poniendo a prueba mis propios límites.

Trabajar en un club como este, lleno de luces, colores, ropa cara, gente con un estatus vip y elegantes perfumes y estilos, me resultó un contraste increíble con la cárcel de la que acabo de salir prácticamente.

Claudio ni me ha llamado. No sé si es por alguna especie de vigilancia que me tienen montada o simplemente están dándome el tiempo de reunir la suficiente información para redirigir el rumbo de la investigación. El resultado es el mismo: he tenido que ponerme en contacto yo.

Sin embargo he tenido que llamarle varias veces hasta dar con él y me ha obligado a recibirle en mi casa. Nada de exposición al aire libre para nuestros encuentros...me ha dicho.

Hoy tengo que viajar con Samuel y necesito el permiso de mis superiores para hacerlo. A fin de cuentas soy una reclusa.

Tengo todo listo para viajar estos dos días y cuando paso la cremallera del neceser siento el timbre.

Camino hacia la puerta, todavía no  noto que tengo una bata de seda roja y nada más debajo cuando abro la puerta y los ojos que no esperaba encontrar, se comen mi cuerpo con la vista.

—¿Samuel?

Me sale una especie de quejido ronco y creo que el miedo a que Claudio pueda llegar justo cuando lo ha hecho mi jefe, me devora.

No dice nada. Su fría personalidad parece descongelar ante la reacción de mi cuerpo desnudo prácticamente y cuando noto los pezones endurecerse bajo su fija mirada, me cubro los pechos con un brazo y me excuso.

—Pasa, lo lamento mucho no te esperaba —camino hacia atrás sin saber como darme la vuelta, sigo desnuda y ni tanga llevo. Si me doy la vuelta me verá el culo.

—¿Siempre abres la puerta así de...,cómoda? Es una interesante forma de cumplir con tus obligaciones.

No sé si sea una buena elección de palabras pero invento una rápida sonrisa y niego siñencioda y nervisoa cuando le veo acercarse.

—Acostumbro a ver mujeres desnudas a menudo —llega a mi oído y apoyando las manos en mis caderas se inclina y susurra —. No voy a abalanzarme sobre tí porque me hayas mostrado tu esplendorosa belleza. ¡Relájate!

No puedo estar más incómoda que en este momento. Es muy poco sutil la manera en que me aborda y siento entre los dos un deseo que no pretendo sentir y el trata muy mal, de esconder.

Los pulgares se abren hasta unirse en mi ombligo y sus ojos ven como lo hacen. Aprieta un poco y finalmente deja ir la tela de mi poca ropa hasta que suspiro silenciosa.

—¡Buenas tardes!...¿Interrumpo algo?

Si estar desnuda frente a un hombre con el que trabajo es incómodo a pesar de su intento por insinuar una seducción que en realidad no existe, estar frente a dos es el tope ya de la vergüenza.

Y si encima uno de ellos es el policía que me ha puesto en esta situación frente al supuesto empresario de la mafia que ahora conoce el tacto de mi cuerpo desnudo, ya es para colapsar.

—¿Qué dices Nikky...? —se muerde el labio Samuel sin dejar de mirarme los ojos —.¿Interrumpe o no interrumpe algo, tu amigo?

¡Dios, ayúdame!

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