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Portada de la novela La Bigamia del Oficial: Mi Hijo, Mi Lucha

La Bigamia del Oficial: Mi Hijo, Mi Lucha

Sofía vivía una vida tranquila en un pueblo cafetero junto a Mateo, un oficial, y su pequeño hijo Leo. Su felicidad se desmorona al descubrir la doble vida de su pareja, quien está casado con otra mujer y desprecia a su propio hijo. Tras perder a Leo en un secuestro y sumirse en la desesperación, ella decide acabar con su vida. No obstante, el destino le otorga una segunda oportunidad al despertar en el pasado. Ahora, Sofía luchará por cambiar su futuro y salvar a Leo.
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Capítulo 2

En mi vida anterior, me arrojé a las heladas aguas del río.

El torrente me arrastró, y el último recuerdo que tuve fue el rostro borroso de mi hijo Leo, gritando mi nombre desde la orilla, mientras Mateo lo sujetaba con fuerza, impidiéndole saltar tras de mí.

Mateo, mi pareja, el padre de mi hijo, un oficial de la Policía Nacional. El hombre al que amé desde que éramos adolescentes en nuestro pequeño pueblo cafetero.

El hombre que nos destruyó.

Todo comenzó ese día, el día en que intenté registrar a Leo para que tuviera los beneficios de salud y educación que la institución ofrecía a las familias de los policías.

Fue entonces cuando descubrí la verdad. Mateo ya estaba casado.

Su esposa era Valeria, la viuda de un compañero caído en combate. Y no solo eso, había registrado al hijo de ella, Santiago, como si fuera suyo.

Las reglas de la institución eran claras y crueles: solo un hijo podía recibir los beneficios más importantes. Mi Leo, su verdadero hijo, quedaba fuera.

"Sofía, es complicado", me dijo por teléfono, su voz sonaba distante, molesta. "Valeria está muy mal, era mi deber cuidar de ella. No puedo abandonar al hijo de mi compañero caído, ¿entiendes? Sería una mancha en mi carrera".

Yo, ingenua y sumisa como era entonces, le creí.

"Pero Leo necesita el seguro, Mateo. Necesita ir a la escuela".

"Lo sé, lo sé", me interrumpió. "Tengo una solución. Trae a Leo a la base. Lo registraré como mi sobrino. Vivirá con nosotros, tendrá todo lo que necesita. Solo tenemos que ser discretos".

Acepté. Empaqué las pocas cosas de Leo y nos subimos a un autobús que cruzaba las peligrosas carreteras de montaña, un nido de bandas criminales que el gobierno apenas controlaba.

Durante el viaje, el autobús fue interceptado.

Un grupo de hombres armados subió. Se llevaron a los niños. Se llevaron a Leo.

Llamé a Mateo, gritando, suplicando.

Su respuesta fue un golpe helado. "Cálmate, Sofía. No podemos hacer un escándalo. Si se sabe que mi 'sobrino' fue secuestrado, y luego se descubre que es mi hijo ilegítimo, mi carrera se acabará. Valeria no lo soportaría. Tenemos que manejar esto con cuidado, sin llamar la atención".

Se negó a iniciar una búsqueda oficial a gran escala.

Su "perfecta" nueva familia era más importante que nuestro hijo.

Mi mundo se derrumbó. La culpa me consumió. Sin Leo, mi vida no tenía sentido. Corrí hacia el río más cercano y salté.

Pero desperté.

El sol entraba por la ventana de mi humilde casa. El olor a café recién hecho llenaba el aire. A mi lado, en su pequeña cama, dormía Leo, con sus cinco años y su rostro tranquilo.

Estaba vivo. Estábamos vivos.

Miré el calendario. Era el día. El día en que, en mi vida anterior, había llamado a Mateo y había comenzado nuestra tragedia.

Esta vez, no lo llamaría.

El amuleto de jade que colgaba de mi cuello, el que Mateo me regaló diciendo que era una reliquia de su abuelo, se sentía frío contra mi piel. Una mentira más.

Me levanté, me vestí y desperté a Leo con suavidad.

"Mi amor, hoy vamos a hacer algo muy importante".

No llamé a Mateo. Fui directamente a la notaría del pueblo. Con el certificado de nacimiento en mano y mi cédula, registré a Leo.

Leo, mi hijo. Solo con mi apellido. Leo Gaviria.

Luego, con el papel oficial en mi mano, caminé hacia la estación de policía local.

Entré sin dudar. El aire olía a papeleo y a desinfectante. Varios oficiales me miraron con curiosidad.

"Buenos días", dije, mi voz fuerte y clara, sin el temblor de la Sofía de antes. "Vengo a denunciar a un oficial de la Policía Nacional, destacado en una unidad especial. Su nombre es Mateo Rincón".

El oficial de turno levantó la vista de su escritorio, aburrido. "¿Y cuál es el delito, señora?"

"Bigamia", declaré, mi voz resonando en el silencio de la estación. "Y abandono de hogar. Aquí tengo la prueba de que tenemos un hijo en común, y tengo testigos de que ha vivido conmigo por años. Ahora me he enterado de que se casó con otra mujer en la capital".

El escándalo acababa de empezar.

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