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Portada de la novela La Arquitecta de su Venganza

La Arquitecta de su Venganza

Sofía Valdés ha vivido una década de entrega total a Ricardo Montoya, solo para ser víctima de una traición letal. Tras engañarla para que perdiera a su hijo, Ricardo le arrebata la médula ósea para salvar a su amante, Isabella, y la arroja al vacío. Milagrosamente viva, Sofía regresa con una sed de justicia implacable. Para destruir a su verdugo, propone un matrimonio estratégico a Alejandro Herrera, el mayor enemigo de Ricardo, iniciando un plan de venganza sin retorno.
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Capítulo 3

Silencio. Un silencio tan denso que Sofía podía oír el latido acelerado de su propio corazón, un tambor de guerra contra sus costillas. El único sonido al otro lado era la respiración ligeramente agitada de Alejandro y el chasquido metálico de su encendedor Zippo, un tic nervioso que ella recordaba de la única vez que lo había visto en persona.

-¿Sofía? -repitió él, su voz ahora teñida de una incredulidad palpable-. ¿Estás bien? ¿Ricardo te hizo algo?

Ella apretó el teléfono con más fuerza.

-Estoy bien. O lo estaré. Ya no quiero estar con Ricardo. Se acabó. La chispa de devoción que alguna vez sentí, la que me hizo sacrificarlo todo por él, se extinguió. Hoy. Definitivamente.

-¿Y por qué yo? -La pregunta de Alejandro era directa, sin rodeos, como su reputación en los negocios. Un hombre que no perdía el tiempo.

Sofía sonrió con una tristeza infinita.

-Porque eres su mayor enemigo. Porque nada le dolería más. Y porque… porque el boceto de un perfil de mujer que siempre guardas doblado en cuatro en tu cartera… soy yo. Lo vi una vez, hace años, cuando fui a tu oficina en Monterrey a entregar unos documentos urgentes para Ricardo. Se te cayó al suelo cuando sacaste unos billetes. Lo recogí. Vi mi perfil, dibujado a carboncillo. No dije nada. Tú tampoco. Pero lo sé.

Otro silencio, más largo esta vez. Sofía esperó, el aire contenido en sus pulmones. Sabía que era una apuesta arriesgada, una locura, pero era la única salida que veía, la única forma de recuperar el control de su vida y, quizás, de encontrar una justicia poética.

Finalmente, Alejandro habló, su voz ahora grave, decidida.

-Ven a Monterrey. En una semana. El próximo martes. Nos casaremos en cuanto llegues. Pero tengo una condición, Sofía. Una sola, pero innegociable: nunca más, bajo ninguna circunstancia, tendrás contacto alguno con Ricardo Montoya. Ni una llamada, ni un mensaje, ni un encuentro casual. Nada. ¿Aceptas?

Sofía no dudó.

-Acepto.

Colgó el teléfono y, con una calma que la sorprendió a sí misma, abrió la aplicación de la aerolínea. Compró un boleto de avión solo de ida a Monterrey para el próximo martes.

Los siguientes días fueron una tortura disimulada. Ricardo seguía ausente la mayor parte del tiempo, supuestamente "atendiendo crisis" en la tequilera, aunque Sofía sabía, por las miradas compasivas de las enfermeras y los comentarios que llegaban a sus oídos, que pasaba sus horas al lado de Isabella, mimándola, cumpliendo cada uno de sus caprichos. Le enviaba flores insípidas y mensajes de texto superficiales, preguntando cómo seguía, prometiendo compensarla por "este mal rato".

El día que le dieron el alta, Ricardo apareció, radiante, vestido con un traje impecable.

-Mi amor, te tengo una sorpresa. Algo que llevamos mucho tiempo esperando.

Sofía se dejó conducir, su rostro una máscara de impasibilidad. Presentía la catástrofe.

La llevó directamente a la majestuosa hacienda de la familia Montoya en Tequila, Jalisco. Al bajar del auto, la música de un mariachi inundó el aire. El patio principal estaba decorado con profusión de flores blancas, mesas elegantemente dispuestas, y docenas de invitados, la crema y nata de la sociedad jalisciense, aplaudiendo.

¡Era una fiesta de compromiso! ¡Su supuesta pedida de mano!

Ricardo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos, la tomó de la mano, la condujo al centro del patio y se arrodilló. Sacó una caja de terciopelo azul que contenía un anillo de diamantes absurdamente grande.

-Sofía Valdés, mi amor, mi compañera, la mujer que me salvó y me dio todo… ¿quieres casarte conmigo?

Los invitados vitorearon. Sofía sintió la bilis subirle por la garganta. La ironía era tan espesa que podría cortarse con un cuchillo. Sus sueños de juventud, pisoteados y servidos en una bandeja de falsedad.

Pero antes de que pudiera articular palabra, un murmullo recorrió a la multitud. Las cabezas se giraron. Isabella Romero hacía su entrada triunfal, o más bien, trágica. Pálida, temblorosa, apoyada en el brazo de una enfermera particular, avanzaba con pasos débiles. Llevaba un vestido vaporoso que acentuaba su fragilidad.

Al llegar cerca de ellos, Isabella suspiró, se llevó una mano al pecho y, con un gemido lastimero, se "desmayó" dramáticamente en los brazos de la enfermera, quien apenas pudo sostenerla.

Ricardo se levantó de un salto, olvidándose por completo de Sofía, del anillo, de la propuesta.

-¡Isa! ¡Isa, mi amor! ¿Qué te pasa?

Corrió hacia ella, apartando a la enfermera, y la tomó en sus brazos con una ternura desesperada. Los invitados murmuraban, algunos con compasión fingida, otros con malicia evidente.

Mientras Ricardo la acunaba, Isabella abrió ligeramente los ojos, lo suficiente para que Sofía, que había quedado abandonada en medio del escenario, viera la sonrisa de triunfo que se dibujó en sus labios. Luego, con una voz apenas audible, pero cargada de veneno, le susurró a Sofía, asegurándose de que solo ella la escuchara:

-Nunca podrás conmigo, arquitecta de quinta. Él siempre será mío.

Y volvió a cerrar los ojos, entregándose al papel de víctima.

Los murmullos de los invitados se hicieron más fuertes.

"Pobre Ricardo, siempre Isabella..."

"Dicen que está muy enferma..."

"Pero dejar así a Sofía, en plena pedida..."

Sofía sintió la humillación como una bofetada. Pero ya no había dolor. Solo una fría y calculadora rabia.

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